Un mundo mejor en 10 sencillos pasos (2019), por Cordillero Sáez.

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El alicantino Cordillero Sáez, nacido en 1943, es uno de los politólogos contemporáneos más leídos de la actualidad. Cercano a Mao y a Revilla en lo político, la base metafísica que sustenta su pensamiento parte de la negación de la idea leibniziana de que “vivimos en el mejor de los mundos posibles”. Y es que para él el “ser” y el “deber ser” no concuerdan en nuestro mundo, lo que provoca en el ser humano una especie de estado de ánimo, de alienación mental, que Cordillero ha denominado “carita triste”. Pero, alejado del pesimismo, él piensa que esto de vivir en un mundo mejorable puede, y debe, cambiar.

El problema aquí es que, cuando nos ponemos manos a la obra y buscamos transformar el mundo, no hacemos si no empeorar nuestra situación. En Un mundo mejor en 10 sencillos pasos Cordillero nos dice que “soñamos con construir utopías para acabar despertándonos en frente de un nuevo Sportium”. Esta ineficacia se debe, en su humilde opinión, a que la “peña filosófica” es en exceso dogmática, así como muy dada a “rebuscar con vocablos abstractos lo que es más llano que una pista de pádel: unos hablan del noúmeno, de la masa de los cuerpos celestes o de otras cien mil gilipolleces varias, mientras la vida, individual y colectiva, se nos va agostando”.

Cordillero recoge las aportaciones que hicieron al desarrollo de la filosofía Sartre, Camus, Heidegger y compañía. Defiende que el existencialismo dio un gran paso en dirección a solucionar el problema del ser humano y su organización en sociedad al hablarnos de las limitaciones de la razón y de la absurda condición humana. Pero, y he aquí el problema, estos filósofos “seguían hablando de cosas muy serias, muy elevadas, olvidando a los patos en sus ecuaciones […] dejando de lado a las servilletas en sus sistemas”. Precisamente este hueco epistemológico es lo que Cordillero pretende solucionar con esta obra. Cree que este momento histórico lo pide: “los hijos de la posmodernidad entienden que el absurdo no es solo nuestra situación, si no la solución a todas las cosas”.

Consecuentemente, dar soluciones absurdas es, ni más ni menos, lo que realiza Cordillero en esta obra de cerca de ochocientas páginas. Por solución absurda entiende “toda aquella acción (ya sea llevada a cabo por mecanismos políticos o no) que busca mejorar el mundo sin tener en cuenta lo que la razón nos dice al respecto”. De ahí que esta obra se haya encuadrado por los expertos en la llamada “política patafísica”, una rama del saber muy recientemente creada por el propio Cordillero.

Por último, si bien algunas de estas soluciones son indudablemente incompatibles entre sí, su creador afirma que para su correcto funcionamiento deberían adoptarse conjuntamente. Según sus propias palabras, “esto es lo que tiene el absurdo: que puede caer en contradicciones y seguir andando como si nada”. Sin más, una vez dicho que las diez medidas las diremos aquí fingiendo ser el propio Cordillero, he aquí como cambiar el mundo en diez sencillos pasos:

1) Reforma de la Ley de Pesca española. 

Dice un antiguo proverbio chino (aunque en la actualidad se estudia que esta expresión pueda tener orígenes extremeños) que “el aleteo de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo”. Como dice el propio WIKIPEDIA (2019; p. ?), con esto se alude a que hay que entender que vivimos en un mundo en el que “todos los acontecimientos estarían relacionados y repercutirían los unos en los otros”. Esta teoría, llamada el efecto mariposa, ha sido matemática y científicamente contrastado, por ejemplo, en acontecimientos históricos como la conquista de las Galias o el ascenso al poder de Pedro Sánchez.

Pasando de la teoría a la práctica llega uno a la conclusión de que cambiando un solo artículo de la Ley 3/2001, de 26 de marzo, de Pesca Marítima del Estado Español, podemos (al menos potencialmente) mejorar el mundo hasta alcanzar límites hoy insospechados. Por ejemplo, permitiendo la pesca de los mal llamados “pezqueñines” (pues una anchoa se pesca y es “pezqueñín” con todas las de la ley) en territorio español a barcos marroquíes podría mejorar la relación entre ambos países, primero en lo relativo a la pesca y luego en el resto de ámbitos. De ahí a mejorar las relaciones entre Europa y África hay solo un paso, y estando ya dos de seis continentes en el ajo, alcanzar un orden mundial idílico sería cuestión de tiempo. El único gran pero que muestra la adopción de esta alternativa es que, si bien podría convertir el planeta en un paraíso en cuestión de horas, también podría acabar con él igual de rápido. Y es que de legalizar la pesca de “pezqueñines” puede resultar en el estallido de una guerra nuclear.

2) Prohibición de las prohibiciones.

Esta medida es un poco como el marxismo: busca hacer desaparecer algo llevando primero ese algo a su grado superlativo. Siguiendo con el símil, aquí la prohibición de prohibiciones sería la dictadura del proletariado de la que hablara Carlos, es decir, ese momento histórico en el que es necesario leviatanizar al Estado para poder extinguirlo después. Así, para acabar con todo lo que nos coarta (el liberalismo económico incluido), habría primero que proscribir la prohibición. De esta manera llegaríamos al estado social ideal al que los marxistas llaman comunismo. En nuestro caso, este sería un mundo en el que no existiría siquiera la prohibición de prohibiciones, pues esta se prohibiría hasta a sí misma.

Desgraciadamente, para llevar esto a la práctica siendo coherentes habría que guillotinar tanto a los legisladores que acaben con la prohibición prohibiéndola (pues al fin al cabo estarían prohibiendo, la propia palabra lo dice) como a todos aquellos que trabajen en el BOE el día de su publicación. Estos proletarios serían el precio a pagar por el triunfo del cambio. Y, como la revolución será feminista y no será, se buscará que la mitad de estos mártires sean mujer. Por último, habrá que vigilar que la adopción de esta medida no sea pervertida por los servicios secretos estadounidenses.

3) Reactivar a la clase política haciendo entretenido su trabajo.

Los políticos no son malos porque sean malvados, no, si no que lo son por lo mucho que se aburren. Esto es verdad aquí, en el Universo, y en prácticamente toda España. La clase política está hasta la raíz de la polla, y tiene tan metido dentro el asco que siente hacia la ciudadanía, que se diría que lo lubrica con Vaginesil. Condenados a chupar cámara, trabajo más agotador que las galeras, nuestros dirigentes se hallan trasfigurados en una especie de Raúl González Blanco incapaz de decir algo más allá de “si bueno no” a todo lo que se le pregunta.

La cuestión radica en que los políticos, al contrario que los futbolistas, están en un partido que no acaba a los noventa minutos. Intenta ahora ponerte en su piel: imagínate todo el santo día (pues el político lo es algo más de 24 horas diarias) perdiendo el tiempo en un trabajo en el que no se permite ejercitar los músculos, y menos la mente. No hay mordida que pueda compensar este sufrimiento, esta desidia en la que se le convierte la vida al político. Si al menos el curro fuese más divertido…

Esto es precisamente lo que hay que cambiar para que, usando la jerga política al uso, llegue el cambio. Me explico: lo que aquí se propone es convertir la política en un juego. Esto es aplicable a todas las facetas democráticas, y puede realizarse de mil y una maneras. Por ejemplo, el pueblo podría elegir a sus representantes entre aquellos que más hayan destacado en el torneo de beer-pong que se celebraría en lugar de las elecciones; las sillas se distribuirían atendiendo a quien haya dicho “¡Por mi!” primero tocando su respaldo; las disputas políticas entre distintas ideologías se dirimirían dando la razón al partido que haga el castell más alto; el nombramiento de jueces se jugaría a las tabas; las ruedas de prensa serían ahora más bien Pasapalabra o similares; y la asistencia al Congreso y Senado se premiaría con positivos y notificaciones a los padres de los afectados.

A la hora de implementar esta medida, hay que tener muy en cuenta las idiosincrasias de las distintas naciones. Y es que el Risk y el Monopoli no son tan universales como pensamos, además de que la política actual ya es una especie de mezcla de ambos juegos. Habría que evitar a su vez que los distintos partidos políticos intenten imponer un juego por su poderío en él. En España, por ejemplo, el PSOE de Sánchez intentaría que se decidiese quién es el próximo presidente echando un concurso de triples, mientras que Abascal buscaría que llegase al poder ejecutivo aquel político que ande con la espalda más erguida y Puigdemont que se independizase toda región de España que hiciese más referéndums en una hora.

4) Cambiar todos los timbres por aldabones.

Como diría cualquier político al referirse a cualquier política, esta medida es de sentido común. Pongamos sobre la mesa primero un par de datos de perogrullo: los seres humanos viven en una especie de cuevas llamada casas; para entrar a las mismas muchas de ellas, con el paso del tiempo, han interpuesto primero aldabones, y más tarde timbres; estos, por su parte, son aparatos electrónicos que suenan, incluyendo los más modernos la posibilidad de abrir, hablar y/o ver desde dentro a aquel que llama a la puerta (nótese que a lo que se llama no es a la puerta, si no al timbre).

Este paso del aldabón al timbre fue un avance que muchos comparan a la revolución cuántica o incluso a la adopción mundial de la Declaración de los Derechos Humanos. Pero ¿acaso un aldabón no cumple la función esencial del timbre consumiendo menos energía eléctrica? Siendo los recursos como son escasos, esto merece estudiarse.

Y es que, si atendemos a los datos1, cerca de 12,5 mil millones de hogares y otros edificios (pues hay casas que no son casas) en el mundo tienen uno o más timbres. Y como el timbre estándar, que se pulsa unas tres veces por hora, gasta de media unos 10 vatios-hora, la “población mundial” de timbres consume ~375 millones de MEGA vatios al año, es decir, el equivalente al 0,16% del total del consumo de electricidad mundial.  ¡Imagínense la de cosas que podríamos hacer con tanta luz! ¡Por no hablar de que los timbres son todos de plástico y que no verás ninguno tan zoomórfico como un buen aldabón! De ahí que esta medida sea, como dijimos al principio, de sentido común, por muy absurda que a los más ignorantes pueda parecer.

5) Domesticar al castor.

Vivimos con perros, gatos, cobayas, ratas, loros, personas… pero no con castores. Muchos son los que ya piensan que esto se debe, principalmente, a que hay intereses en que esto siga así. Las élites económicas no quieren vernos acompañados de un castor que es autosuficiente, y que quizá sea capaz de hablar y resolver ecuaciones de segundo grado una vez domesticado. Y es que tener un castor por mascota nos haría a todos mucho más outsiders, es decir, críticos con el mundo que nos rodea. Y, como decíamos, hay mucho interés de que esto no ocurra.

Un perro es fiel pero tonto: el castor es prágmatico. Un gato es acariciable pero interesado: el castor muerde que da gusto. Una cobaya es un puto hámster, y de las ratas, los loros y las personas que tenemos como animal de compañía en nuestras casas no merece la pena ni hablar, pues el castor las supera en pelaje a todas. Domesticarle requería de jaulas, guantes y un par de palos para ser empleados como cebo. Educarles a no hacer sus necesidades en casa podría hacerse fácilmente con el tradicional método de dar con el periódico en el hocico. Eso sí, habría que vigilarles mucho: pues este animal es potencialmente superior, y pronto podríamos convertirnos a nosotros en sus mascotas. Para evitar esto no estaría mal castrarles hasta que se extingan. Para todos aquellos que todavía quisiesen tener un castor en casa, se podría fabricar modelos sintéticos.

6) Obligar a beber por las mañanas.

Desde los tiempos más remotos la noche…

 

Lamentamos informar que la Guardia Civil detuvo al becario que se estaba haciendo pasar por Cordillero Sáez antes de este pudiera acabar esta su reseña del libro Un mundo mejor en 10 sencillos pasos. Es por ello que, a la espera de que nos manden otro becario, hemos de hacer un breve descanso en nuestra narración. Mientras tanto, recomendamos a nuestros oyentes hidratarse con zumo de achicoria.

Atentamente, el bedel.


iEl Anacoreta, P. (2007). El impacto del timbre en el medio ambiente. (23rd ed., pp. 761-812). Ciudad Real: Rebuscados Editor.

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