Adelanto de un libro de viajes que posiblemente nunca se escriba.

Esto que aquí transcribo, bajo el dictado totalitarista de una saudade tan dulce como dolorosa, no es sino el relato de aquella etapa de mi vida, tristemente irrecuperable, en la que un colchón y una ducha con agua caliente y una mínima regularidad en el escancie se me antojaron como el mejor de los lujos y el mayor de los placeres carnales. Ahora, de vuelta al sedentarismo de la vida del urbanita, hecho que motivó la falta de peculio -esa mosca pertinaz que siempre nos acompaña-, siento cómo se emborrona en mí esta bella impresión; siento, lastimeramente, cómo se envuelve en bruma el hecho de vivir y ser consciente de este regalo, sensación que hace tan poco tenía nítidamente ante mis ojos.

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Y yo, que ansío con toda mi alma retener lo máximo posible esta sencillez de espíritu contra mi pecho, que deseo a más no poder enraizar lo que vislumbré andando en mi pensamiento y regarlo día tras día con mis actos cotidianos; intento, aun sabiendo lo fútil de esta empresa, conjurar con palabras un momento que, de pretérito e idílico, se ha convertido en mi particular Paraíso Perdido. Una espada llameante impide que vuelva a este vergel: una espada que responde al nombre de Yo, y que es sustentada por las férreas manos de un sistema.

Nada más aparcar mi macuto en el parqué de mi casa, me asaltó de lleno un sentimiento difuso que, aunque disto de ser ningún experto en mí mismo, califiqué en primera instancia de ambivalente: estaba tan triste como feliz. Pero ahora, al alzar en este instante la vista del cuaderno que me ocupa, lo hago con los ojos anegados en algo aún más triste que las lágrimas: la indiferencia, ligeramente patinada por la melancolía. A mi alrededor, el mobiliario que me rodea calla, incapaz de decirme nada. El humo, en espiral, se eleva mientras mi alma se anquilosa. Azulado con vetas grisáceas, su aroma ocupa por completo a un olfato aburrido.

Y es que la lavanda y el romero, la hierbabuena y la jara pegajosa, botafumeiros invisibles que todo lo inundan, de lejos que están, ya no encuentran huecos en mi nariz por los que filtrarse. Los coches han matado en mis oídos a los pájaros. Todo es ahora comodidad, utilitarismo y asepsia sensorial: las farolas, allá fuera, son estrellas con motivo y sin misterio. Siento, en definitiva, como me fagocita para sus propios intereses el gris mate de la mediocridad burguesa. Si al menos tuviese confianza en el poder redentor del trabajo… 

Podría dedicarme aquí, mientras la noche engulle el exterior invitándome tácitamente a meterme en mí mismo, a ensartar, siguiendo la lógica de la linealidad, las vicisitudes del viaje. Podría, decía, ufanarme en desgranar una a una las treinta y una etapas de esa peregrinación que, en compañía de mi buen amigo Q, incoé hace más de un mes, allá a principios de septiembre, desde la propia puerta de lo que era entonces mi casa, mi hogar, y que ahora hoy tildo de prisión. Sin embargo, hacer todo esto no sería sino usar la memoria con pretensiones onanistas. Y yo no quiero procurarme, sin curarme antes, placer ni sosiego. Primero es una necesidad imperiosa el ser espada y carne. Y es que tan solo profundizando en la herida encontraré la punta de lanza que la provocó. Además, es mi natural forma de ser: soy nervioso hasta la férula a la que me obliga mi bruxismo.

Aunque quisiera, lo que me es imposible es hacer partícipe a nadie, siquiera a mí mismo, del motivo por el cual nos pusimos a andar. Tan solo sé que así lo hicimos. Al igual que tampoco priman las leyes ordinarias de la física en las singularidades espacio-temporales a las que recurre la ciencia para tratar de explicar lo que se le escapa; aquí, al tratarse de una decisión irracional, no cabe realizar una exégesis en clave teleológica. Como decía Wittgenstein, “de lo que no se puede hablar hay que callar”.

Sea como sea, es innegable que la conflagración de ciertos factores, entre los que destaca la amistad existente entre dos espíritus aventureros como el de Q y el mio, que también gustan de la bohemia (en cuya forma de vida vemos una estética y moral encomiables) y repudian de todo lo que hay de monotonía, de estancamiento, en la vida moderna; tuvieron su importancia. Pero nada de esto es radical, es decir, que no llega a la raíz última de la cuestión. El primer motor, aun si mi capacidad de introspección desbordara sus actuales fronteras, aun si tuviera la eternidad para dedicarme a ello, permanecerá siempre oculto, impasible ante nuestros esfuerzos; que, de minúsculos, tienen algo de irrisorio.

Conviene remarcar también el hecho de que el que nos pusiéramos por meta Santiago de Compostela y no cualquier otro punto de la geografía mundial fue, más allá del hecho de tener un presupuesto limitado y no excesivamente consistente, mera conveniencia y pragmatismo. Y es que en un primer instante íbamos, no sé si puede llamarse así, a “peregrinar” a Barcelona. Sin embargo, para unos nómadas novatos, las facilidades que nos ofrecía andar por una senda ya trazada (o, si se quiere decir de otro modo, el miedo que supone saberse recorriendo un camino poco trillado) nos indujeron finalmente a decidirnos por Santiago. Pese a lo dicho, no fue sino el azar de una moneda lanzada al aire lo que acabó decantando la balanza.

El camino que recorrimos puede ser viviseccionado (pues, como toda experiencia, todavía la siento palpitar en mi interior) en tres etapas claramente diferenciadas. La primera de ellas, contenida en un segmento que partiendo en Alcalá, nuestra cuna, tocó a su fin en Segovia, fue, pese a sus altiplanos geográficos y emocionales, un valle de lágrimas. Más que seres humanos, parecíamos meros portadores de ampollas. Al dolor de pies se le sumaba el que soportaban, lo más estoicamente posible, nuestros hombros, abrumados bajo el peso de unas mochilas a las que la ilusión apenas podía sostener. Para evitar que el prurito del malestar físico monopolizara nuestro pensamiento, cuestión harto difícil, nos entregábamos de forma recurrente a la conversación… fuera o no banal. Como una pareja en crisis, discutíamos por nimiedades. Este tramo fue, pues, el precio que pagamos por cambiar de hábitos.

En la etapa intermedia de nuestra peregrinación, comprendida entre la urbe segoviana y Sahagún, la serosidad y la carne viva que imperaban en nuestros pies dieron paso al callo. Poco a poco aprendimos a andar en silencio. El parloteo beligerante de la primera semana se transformó, así, en el compañerismo tácito de la introspección, permitida ahora por la ausencia de dolor. En la estepa castellana descubrí, con el pasar de los días y en contra de mis prejuicios, una homogeneidad grata a mi ser. Y es que los interminables campos de cereal, sobre los que se extendían los aun más inabarcables y monótonos campos cerúleos, si bien en primera instancia me provocaban hastío; luego posibilitaron, precisamente por tener siempre lo mismo ante los ojos, que me entregara activamente al recogimiento espiritual, llegando incluso a olvidar el impío influjo del Sol. Comprendí, al fin, que existan poetas que canten a Castilla.

La tercera y última parte de nuestra andadura estuvo marcada por la afluencia de otros peregrinos, fenómeno que empezó, sin gradación alguna, de un día para otro al llegar a Sahagún. En sus calles y, especialmente, en su albergue municipal, nos vimos rodeados de mochileros como nosotros, independientemente de su sexo, nacionalidad o condición, mientras que antes éramos, para bien y para mal, Q y yo contra un mundo que nos miraba raro al pasar. Ahora todo parecía diseñado para nosotros, especialmente los precios de la comida. El polvo que nos recubría a todos los caminantes nos convertía, quisiéramos o no, en parte de una hermandad.

Este brusco cambio nos dejó descolocados. Contradictoriamente, queríamos tanto socializar como recuperar la soledad perdida. Finalmente, acabó primando el afán de conocer nuevos mundos, mundos que merecen tal apelativo, pues la realidad varía en tan grado sumo según qué ojos la miran. Incluso un alma como la mía (que, de pura timidez, tiende a rumiar para sí todo lo que ama o repudia) gustó de poder abrirse ante extraños; extraños que, con el pasar de los días, fueron convirtiéndose en conocidos; y, algunos, incluso, en amigos. Consecuentemente, si bien seguimos andando solos por voluntad propia, las tardes las pasábamos en compañía. Y así, y esto es un dogma que para mí no admite discusión, es como el vino y la cerveza saben mejor.

Pero todo, especialmente la felicidad, toca a su fin. Al fin al cabo, el trascurrir del tiempo es la cruz que encorva por su peso al ser humano. Arrastramos nuestro pasado, con mayor o menor entereza. Hay quien nos abuchea, hay quien llora con nosotros, hay incluso quien desconoce que él también se dirige al calvario. No hay Mesías, todos somos ladrones: robamos y nos roban pedacitos de alma; pedacitos que, por su idiosincrasia, nos son irremplazables.

Al quedarnos Q y yo un par de días más en Santiago, lo cual pudimos hacer gracias a la hospitalidad de un familiar, vimos como uno a uno desaparecían de nuestra vida todos aquellos que empezaban a formar parte de ella. Ya en tierras madrileñas, este proceso siguió con su irrefrenable avance. Hoy, tan solo estirando un poco la mano, puedo ver plasmado este distanciamiento en una pantalla, en la que se van quedando cada vez más atrás sus nombres, hasta que finalmente desaparecerán en el olvido, usurpados sus tronos de preeminencia por nuevas conversaciones. Roto el contacto, aún hoy flotan en el aire promesas de reencuentro. Tenga o no lugar este en el futuro, esté este más o menos próximo en el devenir, siempre nos quedará para el recuerdo aquel París que, entre risas con sabor a licor café, descubrimos en la capital gallega.

En este preciso instante, siento que una fuerza impostergable me despega del papel. Mi habitación, más vacía que de costumbre, se reconstruye a mi alrededor al diluirse el paisaje de acuarela del embelesamiento en el cual me hallaba sumido. Vuelvo a ser presa de la nostalgia, del resquemor. Repaso, mientras prendo otro cigarro, mi escrito. Pese a que no era mi intención, veo que los últimos párrafos no son sino un resumen, carente de vida, de mi peregrina experiencia. Lo único que me impide borrarlos es no poder hacerlo así de mi memoria. Además, pueden servir de base para la tarea que me ocupa: llegar, con mediación de la palabra, hasta lo que siento. 

Lo que es innegable es que echo en falta a la miriada abigarrada de seres, lugares y sensaciones que compusieron para mí el Camino, al cual no puedo negar más tiempo la mayúscula que le corresponde. Si bien la enumeración exhaustiva me ocuparía tomos enteros, echó de menos a Dani, que a sus cuarenta años sigue siendo un chaval; echo de menos el tener que andar como forma de vida, incluso si esto conlleva ampollas; echo de menos a Déborah y a su ecléctico vocabulario de las Indias Occidentales; echo de menos estar rodeado de eucaliptos, robles y hayas, allá en Galicia; echo de menos a Lucas y a su natural desparpajo; echo de menos el dormir cada día en un sitio distinto; echo de menos, en definitiva, al pasado.

Dicho esto, ¡basta ya de compadecerse! Acábese en mí, ordeno, la debilidad a la que induce la melancolía: restitúyase por la esperanza. Pues, ¿acaso no he afirmado al iniciar este relato que mi pretensión es ahondar en la herida para luego restañarla? ¡De nada sirve decir sana sanita mientras me dejo mimar por el recuerdo! Toca pasar a la acción, que trascurre aquí y ahora pero, sobre todo, en la siguiente página. Quédese atrás la visión miltionana de la vida: hay que luchar a brazo tendido por recobrar el Paraíso, que no es otro que la paz de espíritu.

El Camino, que recordaré siempre con una triste sonrisa en los labios, me ha permitido conocerme más a mí mismo. Esto, por encima incluso de las experiencias vividas y de las personas allí conocidas, es lo más importante, el conocimiento más útil, que de esta etapa de mi vida puedo sacar; y algo que, si me esfuerzo, no me abandonará jamás. Otra cosa es que yo y el esfuerzo seamos enemigos declarados… pero esto es algo que puede y debe cambiar.

Ahora, sobre todo, sé que la vida del mochilero, por la cual me sentía atraído, puede ser un modus vivendi factible y de mi agrado no solo en teoría. Me veo de nuevo andando, con la mochila de Sísifo, y me imagino vendiendo libros en puestos de cartón: mi imaginación es tan realista que no veo a nadie comprarlos. Sea como sea, no quiero repetir el Camino de Santiago. Más allá de que sea imposible, no busco que todo vuelva a ser como antes: deseo que la experiencia me dé las fuerzas necesarias para tomar las riendas de mi vida, y no dejar que las prisas de la ciudad me coman. Y si esto conlleva abandonar la casa de mis padres y salir a recorrer el mundo, el miedo no debe ser capaz de frenarme. 

De nuevo, veo como mi habitación y sus inanimados habitantes pierden consistencia a mi alrededor.  El bello azul de la saudade, mezcla de amor y pérdida, da paso al arco-iris de la posibilidad. Esta vez es el futuro el que aniquila al presente.

 

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