El viaje extático de un soñador por las nubes.

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Las nubes son el espejo en el que el soñador contempla su caprichoso arte.

Para el que sueña, contemplar las nubes es atravesarlas.

Como las nubes del suelo, así de distantes están siempre para el soñador sus sueños.

Para envestirse en pastor de nubes, el soñador no debe sino hacerlas seguir con su dedo.

Extensión del mismo, el cigarrillo del soñador se eleva hacia las nubes.

El buen soñador tiene para su contemplación sus propias nubes dentro.

Para que al soñador le arropen las nubes en su algodonado seno, debe, primero, volar con los aires pero sin el miedo.

El verdadero soñador, aun en las nubes, no ceja de buscarlas.

En un rostro soñador cabe hallar la misma especie de melancolía que trae consigo una nube gris.

El soñador camina por sus sueños con la esperanza del campesino que observa, a lo lejos, nubes cargadas de uvas.

Soñar nubla la realidad sin que esta pierda brillo.

El soñador es capaz de hallar un rayo de luz donde solo hay nubes negras.

El soñador y el materialista nunca miran la misma nube.

Felicidad en el dolor, pacto arco-iris del soñador con sus nubes.

Una nube inofensiva puede convertirse en nubarrón si el soñador persiste en retrotraerse por una senda dolorosa.

La escalera de Jacob, un cúmulo de cúmulos por el que suben y bajan los que sueñan.

Cuando dos almas sueñan juntas, juegan a discernir formas de nube entrambas.

No cabe si no desear para el alma un sueño eterno semejante a la plácida calidez de una nube naranja.

Usando su imaginación, fuerza inalámbrica, el soñador se sube a sí mismo a la nube.

No debe confundirse a quien sueña con quien se pone metas: sería llamar nube a la contaminación.

Si le invade la tristeza, el soñador se confunde con las nubes para poder ir a encharcar con lágrimas sus sueños rotos.

Las nubes cargadas de promesas siempre encuentran en el pecho soñador un valle fértil dónde poder depositarse.

El soñador en barco siempre tendrá ante sí un mar de nubes.

El soñador deja de formar parte de las nubes cuando se precipita.

El soñador no necesita mover ni un dedo para correr una cordillera entera de nubes y hacer que salga el Sol.

Soñar no siempre es fácil: pero debe intentarse aun cuando el día este nublado.

El soñador que deja de serlo, cambia las nubes por el cemento.

El soñador inveterado lleva nubes por paraguas cuando llueve.

Para el soñador, el Cielo es una televisión en la que pasar la tarde zapeando de nube en nube.

No siempre el soñador es un sujeto activo que debe remontarse hasta las nubes: no pocas veces un determinado objeto, un parecido de un rostro, una tonadilla semienterrada en su memoria… obligan a sus ojos a adentrarse en la niebla del ensueño.

El soñador siempre tiene en la boca pepitas de nube.

La realidad se esfuerza en tirar con su escoba todo aquello que el soñador pone por las nubes.

Como si fuera un coche, la nube transporta al soñador.

No hay nube que nuble al soñador cuando este confía en el porvenir.

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