Dé el azar nombres y obedezcan sus criaturas.

En la oficina todos llevaban traje menos Moco Seco Dolby. Él era más de mono azul y camiseta blanca. Hoy también se había puesto tres escarpias negras en el entrecejo y, si bien no se le veía, tenía las orejas taponadas por cera del tamaño de Anthony Davis. En su gorra de comercial, en las botas de alta cocción que tenía puestas sobre pies y la mesa, se apreciaban restos de yeso. Y eso que era mecánico y no albañil. Trabajaba por aquel entonces para una editorial muy poderosa, tanto que revelar aquí su más codiciado secreto bien puede a mí costarme el hálito. Sea: nuestros oyentes deben saber la verdad.


El día de autos, Moco Seco Dolby se estaba hurgando en busca de petróleo y otras viscosidades más renovables cuando, de pronto, un papel se imprimió en sus narices haciéndole abandonar el Nirvana. Él, mientras refunfuñaba oscilando un mondadientes imaginario, acercó la mano y arrancó el fax del fax, machando la esquina del primero de verde seco. Escrita en el más maquinal tipo de letra posible, la misiva decía lo siguiente:

Urgente: máquina de nombres averiada.

Departamento de Negros y Pseudónimos requiere técnico para arreglar máquina de nombres modelo Herpes E982 de manera urgente. Causa error: derramamiento de yerba mate sobre la consola de mandos.  

Como su compañero de turno, Hitler, dormía, Moco Seco Dolby cogió su mariconera de herramientas (un sándwich y una manzana), rascó un acorde en su pandero y se encaminó hacia el lugar del accidente a cumplir con su deber. Se entretuvo tarareando hasta llegar a la planta 1975 del edificio, especializada en novelas de la Guerra Civil. En uno de los casi infinitos descansillos que superó se encontró Jerry el Carca, bot que era corrector ortográfico en la empresa. Este, sin dejar de mirar YouTube en su dispositivo portátil, mostró su enfado, de pasada y más para sí que para nadie, para con Drake. Acababa de escucharle soltar un spanishismo, y para él eso era atentar contra decencia y pureza a partes iguales.

Para acceder al despacho en el que había tenido lugar el siniestro, Moco Seco Dolby, además de sortear con un balón inexiste un par de conos, tuvo que jugar al limbo con una cinta amarilla que atravesaba la puerta. Ya en el interior, le tendió la mano a Silvestre Media Sonrisa, quien le indicó con dedo tembloroso la máquina que había sufrido el derramamiento de mate. Nada más indicarle cual era, corrió a la esquina, donde se estuvo mordiendo los nudillos.

Lo primero que hizo Moco Seco Dolby fue encenderse un cigarrillo. Esperó a apagarlo con el pie para ponerse manos a la obra. Limpió lo mejor que pudo el estropicio soplando y haciendo un gesto como de “vamos, vamos” a unos niños rezagados. Luego pulsó encender y esperó a que saliera un nombre. Tras el correspondiente ruido de tripas, un pequeño papel salió por la única abertura que tenía la máquina.

-Ya está -dijo a la par que extendía el papelito a Silvestre Media Sonrisa.

-Nene, no está.

-¿Por?

-Mira

Jesús García López.

-¿Y bien?

-¿Te parece esto un buen nombre?

-Se lo pondría a mi hijo, sin dudas.

-Arregla la máquina o daré parte a mi superior. Y he decirle que solo reconozco como autoridad a Bhaktivedanta Swami Prabhupada.

Moco Seco Dolby, de cara evitar una regañina del jefe final de la empresa, que no era otro que el difunto líder de los Hare Krishna, intentó solucionar el problema por otra vía. Así, tras fumarse un porro, abrió la caja de la máquina de nombres y gritó a los monos que trabajaban allá dentro que lo hicieran como es debido. Luego cerró la compuerta y volvió a pulsar el botón.

Pedro Gómez Gómez

Moco Seco Dolby fue ejecutado al instante.

PD: Cómo me contó Moco Seco Dolby su vida estando muerto es algo que el secreto profesional me impide desvelar.

PD2: Si piensas que el final es abrupto porque un servidor no quería continuar su historia estás muy pero que muy equivocado.

PD3: Fue porque no supe.

 

 

 

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