Deadwood (2004)

En un momento de necesidad ante la falta de referentes en cuanto a series se refiere, uno llegó a Deadwood por casualidad. Sin saber previamente apenas de qué trataba, la cara del que resultaría el perfecto antihéroe, Al Swearengen (Ian McShane), me resultó tan divertida y agradable con esa ceja enarcada al más puro estilo canallita, que me decidí a catar el primero de lo que posteriormente hayan sido treinta y seis capítulos.

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Hace ya un tiempo que no dedicaba unas líneas a las series, y a pesar de que sé fehacientemente que nadie lo ha echado en falta en absoluto, Deadwood las merece y quien mejor para dedicárselas que yo mismo. Ni idea tenía yo del enorme movimiento que hay alrededor de esta serie. Es un tanto bizarro, y buceando por internet me ha recordado un poco al que ha surgido en nuestro país con el clásico de José Luis Cuerda Amanece que no es poco: cientos de personajes que se juntan todos los años para comer y hacer representaciones recitadas de memoria. Tal es el forofismo con Deadwood que la serie, cancelada en su día, se va a cerrar con una película que, parece ser, se va a estrenar la próxima primavera y apunta a súper producción.

Dejando de lado los movimientos fanáticos y los cierres de series y precuelas de obras clásicas a los que estamos asistiendo últimamente cuando parece que es más mejor dedicarse a la nostalgia y estirar series y sagas fílmicas más allá de lo deseable, encontrar una serie que, a pesar de haber sido cancelada sin finalizar, termina en un momento de la trama adecuado, sin complicarse la vida en exceso, sin arriesgar haciendo giros de guión imposibles o eliminando a un personaje del reparto cada día por dar cambios a la trama, es profundamente satisfactorio.

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De ahí que Deadwood se haya convertido por sus propios méritos en un must para todas aquellas personas que disfrutan de seguir tramas capítulo tras capítulo en forma de serie. Hay que poner en valor la sencillez argumental en comparación con muchas de las ficciones a las que estamos acudiendo hoy en día, a pesar de que se tratan temas como la misoginia, las adicciones, la renuncia a la felicidad por el mantenimiento de las tradiciones y de lo socialmente aceptable o los límites de la acción humana. Es remarcable que no es necesario aludir a sucesos grandilocuentes o a giros innecesarios en las tramas para desarrollar series o películas de interés para el espectador.

La creación de Deadwood es realmente curiosa. En un tiempo en que la cadena HBO comenzó su apuesta por las súper producciones que han dado resultado hoy día a series como Juego de Tronos o Westworld, el creador de Deadwood, David Milch, tenía entre ceja y ceja desarrollar una serie basada en la idea del surgimiento de una sociedad estructurada a partir del caos. Su intención era basarla en la antigua Roma, pero la cadena estaba produciendo de manera simultánea Roma o Carnivale, primigenias en esto de las series de época con presupuestos exorbitados, por lo que se negó. Sin embargo, le dieron la oportunidad de basarla en otro momento histórico que le sirviera para desarrollar su teoría.

Y esto hizo. Eligió el antiguo oeste norteamericano en la época en que los incipientes Estados Unidos luchaban contra los nativos americanos por arrebatarles sus territorios. Así, Deadwood es un campamento situado fuera de los límites fronterizos de los Estados Unidos, establecido por fugitivos o buscavidas que se situaban fuera de las fronteras legales de un país en crecimiento para buscar su suerte o para huir de lo que fuera que les persiguiese. De hecho, el pueblo de Deadwod existe en la actualidad gracias a los aventureros que lo fundaron en el Siglo XIX y, además, muchos de los que lo fundaron realmente son los que parecen en la serie. Personajes históricos como Wild Bill Hickock (Keith Carradine), el sheriff Bullock (Timothy Oliphant) o Alma Garret (Molly Parker), además del ya mencionado Swearengen, son algunos de los personajes basados en personas que existieron en la época.

David Milch puso un cuidadoso empeño en que el espectador percibiera la serie tal y como se percibía en la época el pertenecer a un pueblo situado fuera de los límites de la vida civil. Para esto leía la prensa que se realizaba en el pueblo de Deadwood. Por otra parte, quiso que el aspecto de este fuese lo más parecido al original, por lo que se basó en las fotografías del archivo del pueblo. No conforme con esto, incluso, según cuenta el propio creador, los insultos, abundantes y llegando a rozar lo excesivo, son fundamentales en la serie.

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Los vocablos malsonantes del idioma inglés han cambiado notoriamente desde la época de Deadwood hasta ahora, siendo más comunes palabras que aludían a las partes pudendas de las personas que a insultos como hoy los entendemos. De ahí, que ante la intención de incluir insultos a mansalva con la idea de transmitir estar fuera de los límites de la legalidad, se tomase la decisión de utilizar insultos actuales. De hecho, la palabra fuck se dice de media 1.56 veces por cada minuto de emisión según nos comentan cortésmente nuestros amigos de Wikipedia.

La teoría del desarrollo social se consigue a lo largo de la serie, y se toma de una forma por completo alegórica en torno a las minas de oro que parecen existir alrededor del pueblo. Un espectador que no sepa en absoluto (como fue mi caso) qué es lo que pretende mostrar la serie o qué pretende contar, se da cuenta de que hay algo más que las rencillas que se suceden en torno a las gentes del pueblo. Deadwood parece ser una serie al estilo de las sitcom, con un desarrollo lineal hecho para durar muchos años en torno a un puñado de personajes protagonistas alrededor de los que sucede absolutamente todo. Pero se aleja bastante de ser una serie de este estilo.

Deadwood es una serie igual de válida para un espectador interesado en ir más allá del mero entretenimiento como para aquellas personas que buscan pasar un rato delante de una pantalla disfrutando de una ficción. Y es que, a pesar de que han pasado casi 15 años de su estreno, Deadwood sigue mereciendo la pena.

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