Diccionario de botánica oculta: las plantas mágicas, por Paracelso.

Lo primero que hay que destacar de este libro es la falta de honradez y transparencia de quien lo editó. Me explico. Tras leer en la portada que la autoría de lo que tiene entre sus manos se achaca Paracelso, uno no puede sino sentir sorpresa al ver que, a lo largo de estas páginas, se nombra a dicho a autor en tercera persona. El lector se queda con la intriga, pues, de saber quien lo escribió realmente, o cuanto menos el nombre del compilador del saber botánico, entre científico y mágico, de Paracelso y otros alquimistas como Agrippa o Alberto el Grande. Y si dicho lector es tan gilipollas, como un servidor, de pasarse la tarde buscando quien podría ser consecuentemente el escritor anónimo, al final se encuentra con un tal Rodolfo Putz, cuyo nombre si que aparece, hay que reconocerlo, en otras ediciones de este libro.

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Por lo tanto, uno no sabe hasta que punto cuanto de lo escrito corresponde al alquimista, astrólogo, adivino, médico, suizo… del XVI y cuando al ya mentado Putz. Y como si nos da por buscar una biografía del segundo por la red no solo no la encontraremos, sino que veremos que este es el único libro que ha escrito en vida, es más fácil, como hizo la editorial de mi edición, ningunearle y obviar su trabajo. Si, al leer esto, alguien se sintiera tentado a reclamarnos algo judicialmente, adelantamos ya que nos personaremos en el juicio no solo en nuestro nombre, si no también en el de Paracelso y, si es preciso, en el del propio Putz

Una vez soltada esta diatriba, toca hablar un poco de quien era Paracelso, quien naciera en un pequeño pueblo de Suiza allá por 1493 bajo el nombre de Theophrastus Phillippus Aureolus Bombastus von Hohenheim. Y es que el apodo por el cual hoy es conocido lo escogió el mismo, ahorrando de paso a la posteridad el tener que gastar medio minuto en leer su nombre, por otra parte sublime, de nacimiento. Paracelso, que significa “semejante a Celso”, coge pues su nombre de un enciclopedista romano así llamado que transmitió a la posteridad el corpus del saber médico de la época.

En su infancia y adolescencia destacan dos figuras, siendo la influencia de ambas el factor clave para explicar la vida profesional y académica posterior de Paracelso. La primera de las mismas fue su padre, que compaginó el trabajo de médico con empleos relacionados con la metalurgia. Junto a esto, destaca que tuviera fama de atender a todo enfermo que le requiriera, independientemente de que este pudiera pagar o no sus servicios, algo que su hijo emularía en vida. Su otro gran mentor en esta época fue el religioso Trithemius, uno de los grandes ocultistas de la época, y quien le iniciara en el mundo de la alquimia. Pese a lo dicho, el propio Paracelso reconoció que “no había mirado un libro hasta los veinte años”.

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Tras su paso por las universidades de Basilea, Viena y Ferrara, comienza a recorrer el mundo en busca de nuevos saberes. Y es que para él “la escritura se estudia en los libros, pero la naturaleza se investiga caminando de país a país, que son las verdaderas hojas del libro de la naturaleza”, y lo que cree que facilita la formación de un espíritu crítico. A este respecto, cabe destacar que en aquella época en Europa le estaba vedado a los médicos estudiar cadáveres y que todavía se seguía recurriendo a la anatomía del cerdo para explicar la humana a los alumnos. Sea como sea, uno de los viajes más importantes que acometió Paracelso le llevó hasta Constantinopla, donde entró en relaciones con otro aclamado alquimista de la época, Salomon Trimosin, quien aseguraba haber confeccionado la famosa piedra filosofal. Paracelso, por su parte, da crédito de este hallazgo

Gracias a haber evitado, con sus remedios, siempre entremedias de lo médico y lo mágico, la amputación de una pierna a un amigo de Erasmo de Rotterdam, Paracelso se encontró impartiendo docencia en la Universidad de Basilea. Sin embargo, que no fuera precisamente lo que se llama ortodoxo en su praxis médica y que “provocara” al resto a los que sí quemando públicamente las obras de Galeno y Avicena (pues según él “en las correas de mis zapatos hay más sabiduría que en todos esos libros) acabaron por provocar en 1529 su expulsión no solo de las aulas, sino de la propia Basilea. También es destacable que se negase a dar las clases en latín, algo que no gustó nada al academicismo de la época.

Volvió pues Paracelso a su vida errante, manteniéndose a duras penas por el camino, hasta que finalmente falleciera en 1541 en Salzburgo. Y si bien la sombra de la herejía y la brujería siempre había planeado sobre él, la Iglesia católica no tuvo reparos en enterrarle cristianamente. Sobre su tumba, reza lo siguiente: «Con artes maravillosas, curó heridas horrendas, lepra, gota, hidropesía y otras enfermedades contagiosas, legó a los pobres todos sus bienes».

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A grandes rasgos, Paracelso sustenta en cuatro pilares el arte médico: la astronomía, la alquimia, la naturaleza y el amor, entendido este último como el deseo del médico de curar sin importar el lucro, algo que no se puede enseñar en universidad alguna, sino que se tiene o no se tiene. Muchos son los descubrimientos y teorías que aún hoy los discípulos de Asclepio deben a este ilustre y controvertido suizo situado entre la Edad Media y el Renacimiento.

Paracelso es pionero en añadir minerales a la farmacopea, así como medicamentos como el láudano. Por ejemplo, gracias a su método de combatir la sífilis con mercurio se pudo reducir drásticamente la mortandad que esta enfermedad venérea, aparecida recientemente, estaba causando en Europa. También es el padre de la toxicología, sentando sus bases al afirmar que “todas las sustancias son venenos, no existe ninguna que no lo sea. La dosis diferencia un veneno de un remedio”, si bien ya el propio término griego phármakon tenía como acepciones veneno y remedio. También se quiere ver en su frase es médico quien sabe de lo invisible, de lo que no tiene nombre ni materia, y sin embargo, tiene su acción” una brillante intuición sobre la existencia de los microbios  No menos importante que todo esto, por último, es que Paracelso realzase la importancia de la cirugía como práctica médica, ya que por aquel entonces esto estaba reservado a los llamados barberos, cuya fama no es que fuese precisamente buena.

Llega ahora de dejar la ciencia atrás y hablar de fumadas. Como hemos visto en el párrafo anterior, con Paracelso la alquimia pasó a ser algo que cabe tildar de protoquímica. Pero el caso es que las bases teóricas, metafísicas si se quiere, de su proceder médico responden más a la religión y a la astrología que a las pautas del método científico. Depositario de la idea de microcosmos y macrocosmos, Paracelso habla de una especie de fuerza universal, invisible y que asocia al elemento fuego, que infunde el soplo de vida a los seres. Más parapsíquica que positivista también es la siguiente frase sobre la magia:

La Magia es sabiduría, es el empleo consciente de las fuerzas espirituales para la obtención de fenómenos visibles o tangibles, reales o ilusorios, es el uso bienhechor del poder de la voluntad, del amor y de la imaginación. Es la fuerza más poderosa del espíritu humano empleada en el bien. La Magia no es Brujería”.

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En el Diccionario de botánica oculta, también llamado las Plantas Mágicas, puede uno apreciar a este Paracelso mitad científico mitad astrologo, mitad médico mitad mago. Se puede apreciar, digo, olvidándonos de que el libro fue escrito por un tal Rodolfo Putz, al que nos supongo mucho más contemporáneo. Sea como sea, el libro arranca con la información, inatacable, de que “la influencia que ejercen los astros en nosotros ha sido harto reconocida y patentemente demostrada por los sabios más eminentes de todos los tiempos y todos los países”. Así, por ejemplo, mientras que a Aries le corresponde la cabeza o Escorpio los órganos sexuales, el día fuerte del Luna es el Lunes y el del Sol el Sunday…

El diccionario recoge tanto “los usos medicinales que nos enseña la ciencia oficial” como “sus virtudes mágicas, según la ciencia oculta”, sin olvidar que “registramos las creencias y prácticas supersticiosas sobre las plantas que tan pródigamente nos ofrece el ancho campo del folclore”. Junto a esto el lector también encontrá ilustres nombres del mundo del ocultismo como Porta (el rapero, claro), H. P. Blavatsky o J. B. Thiers, así como títulos tan sugerentes Dictonnarie Infernal, Páctum o Gran Grimorio del Papa Honorio.

De las 129 plantas (sí, las sumé), no todas tienen propiedades medicinales. Algunas solo se utilizan, pues, en ritos ocultistas o religiosos. Ocurre asimismo lo contrario: son muchas las veces que se nos dice que “desconocemos sus propiedades mágicas, si las tiene”. Por otro lado, se recomienda que sustancias como el acónito, el azafrán, o el beleño negro no sean utilizadas sin mediar de por medio un facultativo, así como se advierte de la importancia de tener en cuenta el momento astrológico y la relación de las plantas con los planetas a aquellos que deseen jugar a los brujos. Es más, se recomienda la madera de avellano a la hora de confeccionar varitas adivinatorias.

Para no aburrir al lector en demasía, además de escribir esta presente reseña en un tono jovial y pizpireto, he decidido (lo cual me apetecía mucho) no hablar aquí de todas y cada una de las sustancias recogidas en este diccionario. Por ello, me he limitado a escoger tan solo un impar conjunto de ellas guiándome por el santo motivo del gusto personal. Así, tras leerme desde el alpha, el abrótano, hasta la omega, la zarzaparilla, escogí siete plantas de entre todas ellas. Nótese que dicho número es bastante mágico, según la númerología, y no poco efectivo según la ciencia del clickbait. Sin más dilaci…

Ajo (Allium Sativum): En lo que respecta a sus usos médicos, el ajo es recomendado aquí para combatir enfermedades como la sarna, la rabia o la tiña, así como la “hidropesía y el mal de piedra”. Junto a esto, si lo que quiere uno es quedarse “libre de hechizos para toda la vida”, lo que se tiene que hacer es seguir estos sencillos pasos: “se cogen siete ajos a la hora de Saturno, se ensartan en un cordelito de cáñamo y se llevan suspendidos en el cuello durante siete sábados”. ¿Fácil, no? También se recoge aquí la curiosidad histórica de que en Grecia no se permitiese entrar en los templos a quien hubiese tomado ajo ese día. Eso sí, nada se nos dice de los vampiros.

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Beleño Negro (Hyosciamus Niger): Esta es una “planta algo peligrosa, por lo cual deben emplearla solo los médicos”, lo cual sigue diciendo letra por letra nuestra aclamada Wikipedia. Siendo uno de sus principios activos la famosa burundanga, no debe extrañar esta advertencias. Esta era una de las drogas que untaban las brujas en sus escobas para asistir al aquelarre y matar a niños por las noches. Y es que algunos “brujos malvados aprovechan las propiedades maléficas del beleño negro para producir la locura y, a veces, la muerte, obrando a distancia y con toda impunidad”.

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Cáñamo indio (Cannabis Índica): Como su nombre índica, el origen de esta variedad proviene de la India, dónde era usada por los antiguos brahmanes en sus ritos religiosos. También fue usada por budistas y musulmanes, llegando a convertirse en la droga top del rastafari siglos después. Al igual que ocurre con el beleño, Paracelso nos dice que “es activísima, no debe usarse sin el concurso facultativo, pues sin él se corre el peligro de envenenamiento”. Sobre todo advierte sobre los efectos de su resina, el hachís, que induce “éxtasis místicos, diabólicos o extremadamente eróticos, según la moralidad o mentalidad del individuo que lo usa”. Entre sus usos médicos, Paracelso lo indica para neuralgias, úlceras estomacales y como hipnótico. Y tú que pensabas que era tu colega Jarocho quien había inventado eso del Buenas noches.

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Mandrágora (Pánax Quinquefólium): Leer lo aquí escrito retrotraerá a la infancia a todo aquel que haya leído o visto Harry Potter, si bien advertimos el toque de Paracelso en eso de que “la raíz es un poderoso condensador de las fuerzas astrales”. Y es que, tal y como aparece en una de las primeras entregas de tan difundida saga, aquí se nos cuenta, invocando a la creencia popular, que la raíz de la mandrágora tiene forma humana y chilla cuando es arrancada. Eso sí, lo que no nos dice J. K. Rowling es que sus propiedades mágicas aumentan si ha sido regada con los orines de un ahorcado.

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Muérdago (Viscum Álbum): Fue el pueblo celta quien instauró la costumbre de besarse bajo este planta semiparásita a la que tanto le gusta cubrir la corteza de manzanos, álamos y pinos. Esto se debía a que se la consideraba afrodisiaca, así como también simbolizaba el amor y la paz conyugal. Asimismo, los druidas de esta civilización cogían sus bayas en Navidad, cuando las mismas estaban “saturadas del triple fluidismo del árbol, de los astros y de la fe de los asistentes a la ceremonia” lo que convertía a dicho fruto en “poderosos condensadores magnéticos que utilizaban para realizar todo tipo de curas maravillosas”. Médicamente, se usaba para facilitar los partos y prevenir la esterilidad.

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Peyote (Echinocactus Vullianosii): Del Peyote, un cactus endémico de México, “desconocemos sus propiedades medicinales”, pero si los viajes que induce a quienes comen uno de sus botones. Esta droga, calificada de alucinógena o visionaria, provoca visiones y sensaciones inefables, que el sujeto relaciona después con lo místico, y que eran usadas por los chamanes desde tiempos inmemoriales. Paracelso recoge el testimonio de que quienes lo han ingerido llegan a un estado en el que “lo sabe todo, lo entiende todo y asegura que lo que experimenta no tiene traducción en lenguaje humano”.

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Trébol (Trifólium Pratense): El único uso médico del que aquí se deja constancia del trébol consiste en fumigarlo para combatir los ataques de asma. Para los ocultistas, por su parte, es el símbolo de la Trinidad, del “misterio del Tres en Uno”, mientras que para el pueblo esta relacionado con la fortuna. Respecto a la creencia popular de que encontrar un trébol de cuatro hojas da fortuna, se nos dice que dicho estilo de trébol “no es tan difícil de poseer como algunos creen; más difícil es, seguramente, que dé el resultado que de él se espera”.

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Falta solo recomendar al lector dos cuestiones, ambas un tanto baladíes. En primer lugar, si se es juicioso, uno entenderá que tal vez no pase nada por aplicarse un emplasto de tomillo y ajenjo en una herida. Pero el uso, medicinal o no (pillín), de otras de las plantas aquí presentes conlleva no pocos riesgos para la salud humana, por lo que debería guiarse por el juicio de un médico o, cuanto menos, utilizarse con cabeza y estudio previo. No quite lo dicho que considere a la naturopatía una alternativa a tener en cuenta antes de atiborrarse a pastillas por un leve dolor de muelas. La otra recomendación que queda es literaria: no cometan el error de leerse este libro sin internet o un diccionario a mano (términos como goético, emenagogo o solanácea lo requerirán) . Incluso, por último, si pueden, eviten directamente leerlo si la farmacología, o la magia, no les interesa lo más mínimo.

Y es que los que ven en la figura de Paracelso a un mago que buscaba, a través de la alquimia y teniendo en cuenta las influencias astrológicas, la panacea universal o el elixir de la eterna juventud no andan muy desencaminados. Además, esta es la visión que más se ha transmitido a la posteridad, gracias sobre todo a la mediación del arte (por ejemplo, es nombrado como maestro en el Frankenstein de Shelley o en el Fausto de Goethe). Sin embargo, y he aquí lo interesante de este personaje histórico, es que tampoco se equivocan quienes lo consideran el padre de la medicina y química moderna. Y este libro, olvidándonos por una última vez que fue escrito por Putz y no por Paracelso, es una muestra perfecta de esta mezcla de ciencia y magia, empirismo y religión.

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