Don de la ebriedad (1953), por Claudio Rodríguez.

Para Claudio Rodríguez el afán de definir, de encorsetar con palabras lo que es y no es poesía no solo es una quimera, sino algo contraproducente en cuanto que corre el riesgo de dejar sin vida al arte sobre el que pretende arrojar luz. Él mismo afirmaba no poder dar una explicación racional a todos sus versos. Pese a lo dicho, el poeta zamorano habló en más de una ocasión de la poesía como participación “que el poeta establece entre las cosas y su experiencia poética ante ellas”.

Esta forma irracionalista de entender el arte aparece magistralmente en el primer poemario que escribiera Rodríguez en vida, Don de la ebriedad. Aquí el poeta intentó reflejar, y esta es la idea que vertebra el libro, su noción de la poesía como don, como gracia inmerecida que sitúa al creador de la misma en un estado de ebriedad inefable en el que el mundo se le aparece de una forma harto inusual, efímera e irrepetible.

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Fuente: RTVE

Claudio nació un 30 de enero de 1934 en Zamora. Desde su más tierna infancia se sintió muy cercano a la tierra, al mundo rural español, lo cual es fácilmente apreciable en el vocabulario empleado en la mayoría de sus obras. También desde muy joven gustó de la poesía, y si bien escribió sus primeras rimas siendo un niño, más tarde afirmó que estas respondían más a una forma de entretenerse que a una forma de expresarse artísticamente. En 1947 el fallecimiento de su padre, con quien compartiera el amor a los libros, marca mucho al joven, así como complica la situación económica de su casa, nunca excesivamente boyante. Ya con dieciocho años, en 1951, viaja a Madrid a estudiar Filosofía y Letras. Antes de abandonar Zamora ha concebido el proyecto de escribir el Don de la Ebriedad, que publicará en 1953 en la capital.

Este poemario, galardonado con el Premio Adonais, cautiva desde su aparición el interés de los amantes de la poesía. Muchos son los que se sorprenden de que esta obra esté firmada por un joven de tan solo diecinueve años. Especial consideración merece la carta que al poeta zamorano le escribiera Vicente Aleixandre; quien con el paso del tiempo se convertirá no solo en amigo de Rodríguez, si no en una especie de mentor, de “guía moral o espiritual”. En dicha carta, el poeta sevillano afirmó “en presencia de algo auténtico y real […] me causa sorpresa verle a Ud. tan joven y con un dominio de la palabra propio ya de un poeta muy elaborado”.

Si bien, por suerte para los amantes del quehacer poético de Rodríguez, esto no llegó a cumplirse, Aleixandre también advirtió al joven poeta zamorano de que corría el riesgo de, como le ocurrió “a Rimbaud”, no poder volver a escribir tras alcanzar tan elevadas cotas poéticas. A dicho autor francés Rodríguez le descubrió, junto al resto de simbolistas franceses (Valéry, Verlaine, Mallarmé…), en la biblioteca de su padre. Y, tras la aparición de su Don de la ebriedad, han sido comparados en innumerables ocasiones. Y es que a ambos autores no solo les une su sorprendente precocidad, si bien esto es lo que más llama la atención a simple vista.

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Fuente: clubdelecturazamora.com

Junto a este grupo de autores franceses, otra de sus grandes influencias literarias fueron los clásicos de la mística española, con especial atención a Santa Teresa y a San Juan de la Cruz. Rodríguez, quien se consideraba a sí mismo “partidario del sentido moral del arte”, afirmó en una ocasión que en su obra cabe hallar cierto sentimiento religioso, pero “no en sentido dogmático y menos confesional”.

Si bien, como es consabido, Rodríguez no cayó en la agrafía, su producción poética no es que sea especialmente prolija. Junto al Don de la ebriedad, sus otros poemarios son Conjuros (1958), Alianza y Condena (1965), El vuelo de la celebración (1976), Casi una leyenda (1991) y, aparecido póstumamente, Aventura, (2005). Como se aprecia en dicha cronografía, las publicaciones distan temporalmente bastante las unas de las otras, lo cual se debe principalmente a dos cuestiones: en primer lugar, a que el poeta afirmase que escribir para él no era una necesidad imperiosa siempre presente; y a que, en segunda instancia, el poeta soliese tardar meses en acabar un poema.

Esta “breve” producción literaria le valió, desde su primera publicación y para sorpresa de su autor, los más variados reconocimientos del mundo de las letras. Junto al ya citado Premio Adonais, cabe destacar que Rodríguez fuese galardonado a lo largo de su carrera tanto con el Principe de Asturias como con el Premio Nacional de Literatura, así como que fuera académico de la RAE. Por todo ello, cuando acaeciera su muerte en el verano de 1999, no debe extrañar que se hablase de Rodríguez como de uno de los mayores poetas de la posguerra española.

Sin que el éxito hiciera mella en su amor por la naturaleza y la vida en el campo, Rodriguez tuvo una existencia tranquila, alejada de los grandes focos, en compañía del amor de su vida, Clara Miranda. Junto a su oficio de poeta, tradujo al español la práctica totalidad de la obra de T. S. Elliot, así como también ejercitó la docencia y, durante su larga estancia en Inglaterra, ocupó el puesto de lector de español en universidades como Cambridge. En vida, cabe destacar que el poeta zamorano se relacionó con muchos otros escritores de su época siendo contemporáneo y amigo de poetas como Jose Hierro, Carlos Bousoño, José Ángel Valente, Blas de Otero o Ignacio Aldocea.

Esta generación se sitúa temporalmente entre los desarraigados de Alonso y compañía y los novísimos de Leopoldo María Panero, Ana María Moix… Es reseñable que en una época (años 50 y 60) en la que primaba la llamada poesía social, cuyo máximo exponente es Gabriel Celaya, Rodríguez, pese a que también pone más interés en el ser humano entendido como ser social que como mero individuo, no encaje del todo en dicho movimiento literario. Esto se debe, seguramente, a que este estilo de poetizar le parecía a Claudio formalmente insuficiente, pues dejaba la forma sujeta y en posición de inferioridad con respecto al contenido, también limitado ideológicamente. Y es que “la finalidad de la poesía, como la de todo arte, consiste en revelar al hombre aquello por lo cual es humano, con todas sus consecuencias”, no solo las puramente sociales o económicas. En relación a la política, Rodríguez, no sin cierta comicidad, contó en varias ocasiones que su militancia en el por aquel entonces clandestino PCE duró escasos quince minutos.

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El poemario Don de la Ebriedad se gestó en la mente del poeta cuando este contaba con apenas diecisiete años y vivía en Zamora. Su proceso de creación es harto interesante: “Escribí casi todo el libro andando. Me sabía el libro de memoria y lo iba repitiendo, corrigiendo, modificando, cuando andaba por el campo”. El vaivén del caminar, su ritmo, intenta ser trasladado a la poesía… si bien reservo a personas más doctas que yo en la materia el afirmar el éxito o no de esta empresa. El libro, dedicado a su madre y escrito cuando el poeta estaba ya perdidamente enamorado de la que acabaría siendo su mujer, toma su forma definitiva cuando el poeta se halla estudiando en Madrid.

El poemario, escrito en su totalidad en endecasílabos y dividido en tres libros, no podría haberse titulado mejor. Y es que a tratar de dilucidar qué es esto del Don de la Ebriedad, así como a describir -en la medida de lo posible- los efectos que esto tiene en su visión de la realidad y lo que le ocurre cuando esta ebriedad se acaba, es a lo que se dedica el poeta en sus paseos. Esto ya se aprecia en los versos que abren el libro:

“Siempre la claridad viene del cielo;

es un don: no se halla entre las cosas

sino muy por encima, y las ocupa

haciendo de ello vida y labor propias”.

Para Rodríguez la poesía aparece aquí como un don, es decir, como una gracia que ni se merece ni es fruto del esfuerzo erudito. Es algo, consecuentemente, exógeno que no puede controlarse. Esta noción lleva al poeta a una sensación de irrealidad, derivada de albergar dentro de sí cosas que no pertenecen a uno mismo, y que son imposibles de controlar. Así surge la comparación entre el crear poético y la ebriedad, entendiendo esta como “un estado de entusiasmo, en el sentido platónico, de inspiración, de rapto, de éxtasis o, en la terminología cristiana, de fervor”.

Esta ebriedad, pues, no es sino un momento fugaz de consciencia plena, de claridad, de simbiosis con el todo que conforma el Universo. Esta especie de despersonalización en el Todo, de contemplación activa, recuerda, curiosamente, a lo que dijera Lao Tse hace miles y miles de años en lo referido al sentimiento de ser uno con el Tao. Y, como esta ebriedad es algo que se obtiene pero que no se consigue, la función del poeta es más ponerse a tono, por así decirlo, que una actuación por su parte.

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Fuente: Youtube

En este estado de ebriedad el poeta ve como se deforma ante él la realidad, que adquiere un sentido tan indescriptible como efímero, de aquí que los conceptos de duración y perfección actúen en este poemario casi como antónimos. Así, tras que desaparezca la ebriedad llega la resaca, que no es otra cosa que la vuelta al mundo desde este “estado de gracia”. Sin embargo, aquí el poeta ve todo diferente a cómo lo veía antes pese a que ningún cambio se ha producido en la realidad… salvo el operado en los propios ojos del poeta (“me han trasladado la visión, piedra a piedra, como a un templo”). Además, el estado de ebriedad y lo que en él se ve es algo, al igual que ocurre con las experiencias místicas, que constituye una experiencia personalísima, inefable, que puede vivirse pero no transmitirse salvo de forma imperfecta. Esto, sin embargo, no parece preocupar mucho al poeta:

“No sabré hablar de lo que amo, pero

sé la vida que tiene y eso es todo”.

El libro es en sí mismo una repetición de la totalidad de este fenómeno (como el mundo es transformado bajo el estado de embriaguez y como este recupera su forma inicial -pero no obstante distinta- tras perderse esta visión) y de los sentimientos que este vaivén emocional provoca en el espíritu del poeta. Junto a esto cabe destacar que el poeta, de diecisiete de años, compara a la poesía con la adolescencia, por lo que cabe hablar también del acto de existir como ebriedad; y, como no hemos hecho nada para merecer la vida, como don. Sin embargo, esto último no evita que del tono de su poesía se desprenda un cariz trágico, siendo la muerte algo omnipresente en su obra.

El estilo literario de Rodríguez en esta obra es un tanto críptico: ambigüedades, indeterminaciones, versos de los que no cabe hacer una exégesis racional…. Por si fuera poco, las constantes alusiones a la naturaleza y al mundo rural dificultan aún más su lectura al urbanita. Y es que, por ejemplo, cuando Rodríguez compara su corazón a una tolva que anda siempre trillando y clasificando “los granos, las semillas de mi corta felicidad”, es harto probable que el lector deba recurrir al diccionario para enterarse de algo.

Junto a esto cabe hablar de que para el poeta zamorano en la obra de arte, sobre todo si esta es de carácter simbolista, suelen convivir dos planos: el real y el simbólico. El proceder de Rodríguez para lograr crear ambos consistía en insistir en una imagen hasta el punto de convertirla en algo más grande que ella misma, es decir, en un símbolo. Esto conlleva no pocas dificultades de cara a entender el significado que el poeta quiso dar a algunos versos.

Por ejemplo, es muy conocida la anécdota de que en su poema A mi ropa tendida Rodríguez había buscado simplemente describir la escena cotidiana a la que alude este título y los sentimientos que la misma le inspiraban. Sin embargo, al ser leídos estos versos por Aleixandre, el poeta sevillano encontró en los mismos una clara alusión al alma de Rodríguez, quien más que descartar esta interpretación, afirmó simplemente que no era la suya original.

Otra temática recurrente en Don de la ebriedad es el amor. Y si bien en sus páginas aparecen reflejados los sentimientos del poeta para con su amada, Clara Miranda, no es solo de este amor del cual se habla aquí. Y es que el poeta quiere a la naturaleza, al ser humano, a la poesía y, como no, al propio amor, el único “que nunca ve en las cosas || la triste realidad de su apariencia”. Relacionado con esto, cabe destacar que en este poemario Rodríguez se dirige en ocasiones no solo al lector, si no también a su amada y a la propia poesía. Y esta, que de por sí es un don, es un regalo también para sus amantes en cuanto a que hace de la existencia de los mismos algo ilimitado; y, consecuentemente, eterno.

A modo de conclusión, he aquí uno de los fragmentos que más me ha gustado de esta obra:

“Como avena

que se siembra a voleo y que no importa

que caiga aquí o allí si cae en tierra

va el contenido ardor del pensamiento

filtrándose en las cosas, entreabriéndolas

para dejar su resplandor y luego

darle una nueva claridad en ellas”.

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