De la autorrealización como absurdo

Eudemonismo es la corriente filosófica que apela a la búsqueda de la felicidad como la máxima del ser humano y, por supuesto, no será mi persona la que afirme que no hay fin más noble que el de hallar la felicidad. Pero, ¿qué precio estamos dispuestos a pagar? La felicidad, el ser felices, vivir en busca de la felicidad, ha sido siempre una de las preocupaciones de la filosofía más pureta. Cada señor desde su atril nos explicaba la manera más adecuada de llegar a la felicidad para, posteriormente, enfrascarse en discusiones discursivas y metafísicas sobre qué teoría era mejor que las demás. Diversión asegurada, sobre todo si se seguían las pautas del banquete griego: beber vino a cascoporro a la vez que se ingería una pantagruélica merienda y, después, decidir cómo terminarla: o bien manteniendo etílicas discusiones y haciendo lo que en nuestros días conocemos por filosofía clásica, o bien realizar intensos rituales orgiásticos, a ser posible con tersos y jugosos mancebos.

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Hasta aquí todo bien. Personajes históricos de la Antigua Grecia sentados a una mesa y dejando anonadada a la humanidad durante al menos dos milenios con sus pensamientos de borrachera. Jódete, tío turras del fondo de la barra. Sin embargo, tuvieron que avanzar mucho los tiempos para que saliera a la luz la, por desgracia famosa, pirámide de Maslow. Ni siquiera los zapatos de hombre con borlas provocan en mi persona tanta aversión como el nombre de Maslow. Mis peores pesadillas consisten en Maslow escribiendo su idea de la autorrealización personal calzando unos zapatos con borlas. Pelos como escarpias.

Pues bien, a este señor se le ocurrió que las necesidades vitales que tiene una persona se pueden almacenar en una pirámide cuya cúspide es la autorrealización. ¿Autorrealizarse? ¿La vida ya no era demasiado complicada con la necesidad de ser feliz que ahora también hay que autorrealizarse? Si ya bastante penitencia era ser consciente de que la meta de toda persona es alcanzar la felicidad mediante el conocimiento de uno mismo, ahora también llegaba a nuestras cabezas la novedosa idea de la autorrealización.

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La idea de autorrealizarse viene a expresar que cada persona individualmente ha de tratar de conseguir sus objetivos vitales para, posteriormente, poderse sentir satisfecho por ello. Y claro, todos como locos a cumplir nuestros sueños ahora mismo. Casémonos a la fuerza con nuestro amor platónico, adoptemos y convivamos con un asno en nuestro minúsculo apartamento, pongamos una piscina olímpica en el cuarto de estar, aprendamos a hablar tagalo a pesar de nuestra dislexia. Con las ideas de autorrealización todo es posible. Hasta podremos elegir nuestra estatura. Con una simple cirugía, le añadirán partículas óseas de marrano a sus fémures, ¡metro noventa y cinco asegurados!

Libros de autoayuda con ideas completamente destructivas se han multiplicado en los hogares de todo el Mundo. Frases como “puedes tener cualquier cosa que quieras si estás dispuesto a renunciar a la creencia de que no lo puedes tener”, obra del incomprensiblemente nombrado Doctor, Robert Anhony; o “la autorrealización es crecimiento intrínseco de lo que ya está dentro del organismo o, para ser más precisos, de lo que el organismo es él mismo” del vomitivo Maslow. Sentencias tajantes carentes de todo sentido, salvo el que el lector quiera darles según le convenga en el momento. Todo un arte he de reconocerles, pero una enfermedad contra la que hemos de luchar.

Pero no todo ha sido causado por las concepciones filosóficas, no. Un tal Johannes Gutemberg tiene también una gran parte de culpa en que estos conocimientos se expandieran por todo el Mundo y, que a día de hoy, cualquier personaje pueda disponer de un libro de autoayuda en su mesilla. Y no digamos ya de los perniciosos poderes de internet. El mal está dentro de nuestros teléfonos móviles y ordenadores personales. En la Alta Edad Media, los humildes campesinos bastante tenían con ir a labrar la tierra y sacar lo suficiente para vivir mal alimentado, pagar el diezmo a la Iglesia y los impuestos de su señor. Una vida completamente alejada de las preocupaciones filosóficas y morales: no había tiempo ni ganas de pensar en estupideces.

Estupideces que, paradójicamente, son socialmente impuestas. La paradoja de las ideas  individualistas, como es el caso de la autorrealización, es que nunca vienen de la mano de cada miembro de la sociedad por sí mismo. La autorrealización lleva por unos cauces concretos, no por lo que cada cual guste hacer. En primer lugar, la manera de autorrealizarse de cada persona ha de verse incluida en los límites de lo que el grupo social al que pertenezca considere como aceptables. En segundo lugar, la manera escogida de autorrealizarse que debe de caber dentro de las posibilidades del sujeto en cuestión. 

Hay maneras de autorrealizarse que son socialmente inconcebibles y otras que no lo son, pero deberían. Por ejemplo: seguramente que para Charles Manson, el famoso asesino en serie estadounidense, se sentía autorrealizado tras cometer uno de sus múltiples asesinatos, lo que, obviamente, está legal y socialmente penado. Sin embargo, la sociedad, erróneamente admite que haya personas que dediquen su tiempo libre en hacer que tocan una guitarra eléctrica imaginaria. Y no digamos ya de la vergüenza social que supone que aceptemos a los que simulan tocar un bajo.

Así, como autorrealizarse tiene unos cauces muy concretos, socialmente se acepta la idea de llegar a nuestro culmen vital mediante hacer muchas cosas, sean las que sean. Parece que es obligatorio estar siempre ocupados haciendo algo más o menos provechoso, no vaya a ser que nos autorrealicemos poco. Cuántas veces habremos escuchado la dramática frase de “me sentía mal conmigo mismo porque estaba perdiendo el tiempo”. ¿Pero es que acaso perder el tiempo no es una de las más nobles actividades que un ser humano puede llevar a cabo? Nos hemos dejado engañar. Vivir ya no significa vivir. Desde las ideas de Maslow vivir significa hacer algo. A ningún sujeto motivado por sus pisapapeles de autoayuda, convencido de estar cumpliendo su autorrealización, puede si quiera procesar que se pueda gozar de no hacer absolutamente nada. Nos están robando el derecho a la pereza.

Esos domingos haciendo zapping en la televisión viendo como pasan las horas inconmensurablemente hasta que llega la hora de meterse en la cama, caminar por las calles de la ciudad o por el campo sin establecer un rumbo fijo, sentarse en la cola de un vagón de metro y recorrer túneles sin más, conducir en hora punta a través de la M-40, o como hacían los antiguos griegos: reunir en torno a una mesa un grupo de personajes y alcoholizarse. Cosas que cualquier persona supuestamente racional vería como irracionales por el mero hecho de que significan una pérdida de tiempo y les sería imposible comprender que el que las realice no se sienta miserable y asqueado consigo mismo.

Haríamos bien si aprendiéramos de nuestros mayores y disfrutáramos de mundanos placeres como ojear obras dando lecciones de cómo se han de poner los adoquines en las calles, a pesar de que nuestra vida profesional haya sido cartografiar la provincia de Badajoz y apenas sepamos coger una pala.

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