Torrezno 13º

Aconteciéronse los sucesos en las mayores fiestas navarras, días de enaltecimiento del alcoholismo y las farras, comunes cosas en las juventudes de España. No quisiera serles yo un pedante sin complejos, pero amárrense los machos, perplejos quedarán releyendo este torrezno. Del santo Fermín hácense las fiestas, quien fuese aquel fulano cosa es que no interesa, pero lo que aquí acontecesé cosa será muy torrezna.

Resúltase un buen muchacho que en Pamplona trabajare, y al pasar su tercer año decidió darse homenaje. Nunca antes participase de las fiestas patronales, tanto bullicio y ruido traíanle los siete males. Además, era sabido, que era hombre responsable y aprovechare sus asuetos en visitare a su madre.

Como hombre merecido y castizo que él era quiso darse a la fiesta, pero con la tripa llena. Miserable escusa por supuesto, por devorar lo que hubiere y transformárese en cerdo, dándose a mucha honra un festín suculento. El primero día de fiestas, día del chupinazo, acostumbra el pamplonica almorzar a destajo. Desayuno de valientes, matanza siempre presente, chorizos bien freidos, jamón curado, huevos fritos y variados aguardientes.

Avanzose algo la tarde y apretárales el hambre, propusiéronse embriagarse, no sufrir un tripisín. En mejorable compañía discurrieron un buen plan: almorzar como marranos encerrados en pocilga, beber cual irresponsables en la comunión de su sobrina y cuando hambrientos se hallaren tornarse para su morada, dejar sus tripas saciadas, sestear como osos panda, tragar incontables almax y a la noche y refrescados continuar con la parranda.

Como plan de desgracia no hubiérase par, pero ya sabrán lectores, que en la juerga y los alcoholes lo último es planificar. Fuéronse bien los comienzos, hasta el culo en el almuerzo, pero torcióse la situación, cuando uno de los panas pidióse pacharán, siendo servido el peleón. De un momento al siguiente y no sabiéndose el por qué, a estos tiernos muchachos saliósle la vena del querer. “El tío más grande de España tocóme trabajar con, no imaginárense ustedes lo que le tengo al Juan de amor.” “Asturias patria querida, yo jurále amor a la sidra.” Y consideraciones demás, por juerguistas bien sabidas.

Decidiéronse unos pocos marchar temprano pá casa, nuestro amigo, razonable, pensase que ya bastaba. El problema, mis leyentes, es que en la ciudad hubiérase mucha gente, y en la parada del bus, encontráronse a su jefe. “Venga acá caballerete con usté he de hablar yo. Quiéro San Roque libre e incrementar mis emolumentos. Si me lo concede, Don Jacinto, le diré que yo le quiero.” La cosa fuese de madre, Don Jacinto, un borrachín, no quería tantos te quieros sino hincharse más de Dyc.

Con el sol que preparase para empezarse a esconder, decidióse nuestro sujeto a seguir aún con el plan, y encaminase al autobús para mandarse a acostar. En el primero que parase decidióse a encaramarse, dirección oeste se iba, no podríase así perder. Sus posaderas apoyadas en el asiento de plástico, resoplante y fatigado, deprisa se amodorró. Un bache mal situado despertale de su sueño, y perdido y desubicado nerviosismo a este le entró. “Viviendo aquí por tres años no conozco este lugar, el cabrón del conductor debiose de equivocar. Como que me llamo sin nombre ahorita le iré a increpar.”

El conductor, anonadado, echóse fuerte a reir: “aquesta ruta, caballero, encaminose hacia el sur, y por su aliento, diría yo, bebió usté cual mamuth. Amarre un taxi cuando pueda y vaya a su vecindario, allá descansará el hígado, créolo yo necesario.” Nuestro amigo enfureciose y apareciósele un ángel: “mi casa está situada en la ladera de aquel valle. Hágame un favor buen hombre y detenga aquí su bus, o le desorino en la puerta y tendráslo que limpiar tú.”

Con rumbo ya establecido y decisión y coraje, nuestro ebrio amigo a su casa encaminase. Paseo largo y costoso sabíase iba a venir, pero es que ni Homero imaginaríaselo así. La mirada establecida siempre en el gran valle, un cigarro tras otro el camino hacían agradable, cervecita fresquita para no deshidratarse y amenizarse el alma con canciones populares. Tan contento aqueste iba que no notare hasta tarde, que una autopista estorbale para alcanzar el valle. Sus conocimientos de la vía eran más que respetables, dado que la conocía de sus días laborables. La salida de su casa érase la veintisiete, solo habría de encontrarla y caminar hasta llegarse.

En el arcén caminare, tres kilómetros faltaren, pero no había más remedio, su cama harta estaba de llamarle. Con paciencia y saliva nuestro compadre caminaba, pero amigos míos, san fermines son de todos, y los graciosos conductores, al verle embriagado y solo, el día del chupinazo, lo mínimo que hacíanle, fuere sonarle el claxon. De borracho adjetivarle, reducir marcha a su paso, hasta hubo un gracioso que en la ventanilla hízole un calvo. Unas mozalbas que pasaren ofreciéronse a llevarlo, pero tras lamentar su estado hubieron de abandonarlo.

Puñetazos a mansalva los guardarraíles lleváronse, isultos al creador y a los que de él burlábanse, mas no todo estaba perdido, pues su casa acercábase. Su salida era la próxima, sus ánimos incrementábanse, y tras envalentonarse decidiose por correr. Maldito loco, dirán, correr quinientos metros, pero la desesperación, lectores, puede mover cimientos.

En su salida hallábase, jadeante y tembloroso, sudores etílicos emanaban de todo su tejido poroso. Agonizante y fatigado, abandonando la autopista, acercábase a su casa. Ya nada le importaba, solo la cercanía a su cama. Caminando decidido comenzose a emocionar, y como alguien poco macho, arrancose a llorar. A voz en grito a la calle comenzola a gritar: “lo bien que hoy lo pasare no puedenmelo quitar, el resto del día lo perdono, hoy solo faltame sobar. Mañana no volveme a casa hasta lograr volcar y además, juro por mi tripa que del tío del calvo voime a vengar.”

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