Los Peligros de la Obediencia, por Harold Laski

Harold Joseph Laski (1893, Mánchester – 1950, Londres) fue un politólogo, economista y escritor inglés. Profesor de la London School of Economics durante más de 25 años, se dice que destacaba por sus clases de ciencia política en las que se ganó la admiración de todos los alumnos por su facilidad discursiva y su gracia a pesar de sus controvertidas ideas. Esto llevó al mismísimo Albert Einstein a tratar de ficharlo poco antes de su muerte para impartir clase en la universidad que regentaba. Puesto al nivel de Keynes o Hayek en el debate económico y político de la época, influyente miembro del partido laborista (odiado a partes iguales por las ramas más conservadoras y las más revolucionarias), asesor del presidente estadounidense Theodore Roosvelt, admirado por Charles Chaplin o George Orwell… Laski es un personaje de profunda importancia en el periodo de entreguerras del que apenas se oye hablar en la actualidad.

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Con unas ideas llenas de puntos aparentemente opuestos, como por ejemplo querer que triunfe el régimen de Stalin en Rusia o que la clase obrera inglesa se levante en una revolución violenta, pero sin embargo siendo un profundo defensor de las libertades individuales, las ideas de Laski son llamativas e interesantes. En estos escritos que vamos a presentarles, publicados entre 1929 y 1930 en el Harper´s Monthly Magazine, se plantean cosas que están tanto o más de actualidad que cuando se publicaron.

En los textos, Laski se muestra más que convencido de sus pensamientos y nos lo expresa así en su estilo. Lleno de frases lapidarias, de sentencias afirmativas que parecen verdad solo por su sencillez con respecto a los postulados que defiende y por lo directo que se muestra en cuanto a lo que quiere expresar, además de repartir “collejas” a todos aquellos que son contrarios a su pensamiento, se nos desarrollan una serie de ideas mezcla del liberalismo moral clásico y de las teorías comunistas. Y es que Laski da la impresión de que es un hombre que gustaría de unir la tradición inglesa liberal y el comunismo que estaba boyante en su época.

En el primer texto, Los Peligros de la Obediencia, Laski avisa de los peligros que pueden entrañar en las sociedades occidentales la falta de protestas contra el Estado. En un momento en el que los totalitarismos están a la orden del día en Europa, Laski argumenta que lo más importante para una persona es su libertad, y que una de las mejores maneras de ponerla en práctica es expresando sus opiniones, sobre todo sus disentimientos en cuanto a las acciones del Estado.

Para Laski la libertad es “expresar sin trabas la propia personalidad”, esto es, poder expresar nuestra opinión sin trabas y sin miedo. La protesta se convierte en el eje central del texto, dado que Laski considera que las personas que no se quejan están aceptando las cosas tal y como son, mientras que los que protestan son los que quieren cambios y proporcionarán avances sociales significativos. Las normas sociales y las leyes cambian y evolucionan, ambas son construcciones basadas en experiencias del pasado, y, si cambia el presente, estas lo habrán de hacer también.

Laski defiende que las sociedades occidentales han avanzado siempre gracias “a hombres que (…) se han mostrado deliberadamente escépticos frente a verdades hasta el momento indubitables”. Dado que las sociedades se mantienen tal y como son gracias a las pautas comunes de normalidad, los Estados han de tratar de que a los individuos que quieren dejar atrás las costumbres la sociedad les asegure que puedan hacerlo, por lo que Laski considera fundamental para el avance social “preservar los cauces por los que pueda fluir lo nuevo”.

Por esto los ciudadanos se han de quejar a sus gobiernos, para que estos modifiquen las leyes y se adapten a las nuevas necesidades y costumbres. “Los ciudadanos más leales son sin duda aquellos que recuerdan insistentemente a nuestros gobernantes las condiciones bajo las que los han puesto a gobernar”. Estas protestas, además, pueden jugar en favor del Estado, dado que un Estado democrático necesita contar con el apoyo de la sociedad, puesto que al fin y al cabo los ciudadanos son los que los eligen. La opinión pública es fundamental en estados verdaderamente democráticos, dado que pueden poner y quitar gobiernos a placer. Esto hace más eficaces las protestas.

“Solo una ciudadanía vigilante de los confines de la legitimidad del poder, podrá aspirar a la libertad”.

La forma mas adecuada que puede tener una sociedad para avanzar es facilitar la libertad de pensamiento y la libertad de expresión, siempre ligadas a la tolerancia. Esto se debe a que, según el autor, como la Historia demuestra, las ideas políticas, económicas, sociales y hasta filosóficas que en un momento parecían las mejore se han superado una y otra vez. Limitar la libertad de pensamiento lleva al “ocaso de la libertad”, al cambiar esta por un pensamiento uniforme, lo que hace que se acabe la libertad de las personas.

La filosofía en la que se apoya Laski para su teoría de las protestas es la de Thoureau: “Bajo un gobierno que encarcela injustamente, el lugar del hombre justo es la cárcel”. Y es que Laski argumenta que los ciudadanos han de mantener siempre informado al gobierno de todo aquello que no les gusta para así hacer trabajar a los políticos en dar soluciones a sus problemas. Si bien sí que es cierto que Laski defiende que las protestas se han de hacer con proporcionalidad a lo que se quiere conseguir.

En ¿Civilizar el mundo de los negocios? En este se plantea si es necesario un cambio de mentalidad en la esfera empresarial de los años 30, justo tras la crisis del año 29 y el capitalismo salvaje que se vivió en aquellos tiempos. En esta época en la que parece que comenzamos a superar la crisis de 2008 pero a su vez estamos viviendo un retroceso en los derechos laborales y un aumento de la precariedad laboral, el artículo de Laski se vuelve interesante y de actualidad a la vez que controvertido.

Según Laski, los empresarios son la clase dominante, dado que son los únicos que se pueden permitir negociar directamente con las instituciones. Son personas “omnipotentes” que se han convertido en el modelo a seguir, y Laski compara la mentalidad de los hombres de negocios y su auge con el de la mentalidad de Mussolini: “se ufana de haber mermado la libertad en Italia a cambio de darle eficiencia: la condición única del éxito económico”.

Laski afirma una vuelta al espíritu calvinista narrado por Max Weber en su fundamental Ética protestante y el espíritu del capitalismo, en el que el ánimo de lucro es la cumbre de la sociedad y según el cual la persona rica y con éxito es la que ha sido llamada por Dios, mientras que el pobre es el que no ha recibido la llamada del Altísimo, por lo que habrá de aguantarse al ser la voluntad del Creador, llegándoselos a criminalizar por no ser ricos y exitosos en algunas sociedades europeas en los albores del capitalismo industrial.

Laski critica con dureza la “vuelta” al ansia de acumulación de riquezas que tiene la clase empresarial, además de la plena libertad del derecho de propiedad. Si toda la propiedad es privada significa que se puede acumular en manos de un solo privado si tiene los medios para conseguirlas, lo que no ve adecuado el autor. Y es que para Laski “el afán de lucro es incapaz de construir una sociedad bien ordenada”.

El autor define lo que él llama “la idolatría de la propiedad privada” en la que lo único que se piensa es en defenderla. Los adinerados defienden que la acumulación de riquezas fomenta el proceso económico, en contra de lo que opina Laski. Este cree que el Estado ha de intervenir en más cosas que en la mera defensa de la propiedad privada para así fomentar el bien común, sobre todo prestando atención de aquellas personas que menos tengan. Cree que se habría de “regular el afán de lucro, de manera que el hombre de negocios se convierta en servidor del Estado, y no en su amo”.

Para Laski una sociedad en la que el Estado tenga que intervenir para proteger los derechos y libertades de los trabajadores ante los abusos de sus empleadores más ricos es una sociedad que no puede perdurar eternamente, por lo que se necesitan cambios. Para ello aboga por “someter los principios de la organización industrial a unos fines morales” que sean deseables socialmente. Para esto le gustaría imponer unos principios que se asemejan a los de algunos teóricos del comunismo, como que los derechos de propiedad vayan ligados a lo que merece cada persona según el esfuerzo que haya realizado, o que la propiedad reconozca que todo ciudadano tiene derecho a participar del bien común.

“Cualquiera entiende que el médico o el profesor ejercen un trabajo que les autoriza a exigir participar de los dividendos sociales, pero no resulta fácil justificar la exigencia (…) de ser mantenido solo por poner cuidado en la elección de sus progenitores”.

Laski pretende cambiar la idea con la que se hacen los negocios y pide que se den unas pautas que ayuden a “democratizar la industria y las empresas”, dado que un sistema en el que un tercio de la población es pobre no puede ser el mejor sistema. En definitiva, cree que se ha de cambiar el modelo actual de la búsqueda del lucro por encima de todo por uno en el que la máxima sea buscar el beneficio social. Con soluciones que se parecen a la burocratización y la planificación central del estalinismo de producción planificada o centralizada.

El último artículo Las limitaciones del experto no va ligado a los otros dos en tanto que no trata de economía, de un modelo de estado o de ciudadanía si no de la forma de hacer política propia de las democracias representativas. Las Limitaciones del experto se refieren al trabajo de los que asesoran y se encargan de construir las políticas públicas que luego habrá de llevar a cabo el político.

Ante la dificultad de diagnóstico y solución de los problemas sociales, los políticos necesitan de las figuras de los expertos que los asesoren y hagan el trabajo de diagnóstico. Ahora bien, la decisión final siempre será del político o, como dice Laski “de la persona normal que esté en el gobierno”. Y es que para Laski los expertos en una materia muy concreta suelen ser ególatras y sectarios, dejando siempre de lado a aquellos que no piensan como ellos y creyendo que siempre tienen razón en ese campo en el que son muy buenos.

Laski cree que ha de haber una unión entre los expertos que asesoren a los políticos y estos, que son los que se han de encargar de sondear qué piensa la opinión pública a este respecto. Realmente esta parte es una dura crítica a los gobiernos tecnocráticos y una defensa de la profesión del político de carrera, el cual, sin embargo tampoco queda exento de crítica al ser considerado alejado de la sociedad y sus problemas.

 

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