Crítica de Cuando los ángeles duermen, de Gonzalo Bendana (2018)

Gonzalo Bendana vuelve a dirigir un largometraje tres años después del estreno de Asesinos inocentes, película que supuso su gran presentación como realizador después de gestar varios cortometrajes. Con Cuando los ángeles duermen prueba suerte de nuevo con un thriller, siendo el resultado una serie de lugares comunes y agujeros de guión.

Germán (Julián Villagrán) es un padre de familia con demasiadas responsabilidades laborales, tantas que no puede acudir a la fiesta de cumpleaños de su hija. Para intentar pasar los últimos minutos del día con su familia, emprende un largo viaje en coche, luchando contra el cansancio y la distancia. Un accidente, en el que se ven involucradas dos adolescentes que volvían a casa, hará que Germán lleve a cabo esa noche una serie de acciones reprochables para conservar todo lo que posee.

A pesar de un prometedor arranque, en el que la vuelta al hogar del protagonista se ve envuelta en una serie de contratiempos, como es la resistencia de la autoridad a que cumpla con su propósito (un elemento propio de la obra hitchcockniana), las cualidades de la cinta se van diluyendo con el paso de los minutos.

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El resultado son una serie de incongruencias, como el desconocimiento de una adolescente de una aplicación llamada WhatsApp, que la misma joven se autoimponga llamar por teléfono aunque no tiene saldo (sí, todavía existe) o pesquisas policiales que cualquiera que haya visto un par de temporadas de C.S.I. podría resolver como si se tratase de una partida de Cluedo.

Pero no son estos problemas del libreto el gran inconveniente de Cuando los ángeles duermen, sino la resolución del conflicto de una manera innecesariamente violenta y explícita, que supone la consagración del protagonista como un sujeto que se vale de su poder simbólico y físico para acallar a las adolescentes, perpetuándo roles de género que deberían erradicarse de la sociedad.

La cinta tontea a veces incluso con el slasher y, en los momentos de más tensión, puede que algún espectador se sienta irremediablemente atraído por lo que está ocurriendo en pantalla. Tampoco las actuaciones de dos ganadores del Goya, como son Julián Villagrán, premiado por Grupo 7, y Marian Álvarez, que se llevó una estatuilla por La Herida, desatrancan una cinta que, por nombres, debería aspirar a más.

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