Grandes obras de la literatura que “deberías” leer: Los cantos de Maldoror (1869), por Isidore Ducasse.

Quién fue Isidore Ducasse y qué hizo con su vida, más allá de escribir Los cantos de Maldoror, de una belleza espeluznante, y algún que otro poema, es algo que ya no es posible saber. La historia, cuyas fauces no hacen distingo alguno, pues eso corresponde a quienes la viven, le habría devorado por completo si no fuera porque los surrealistas, con Bretón a la cabeza, le veneraron como una especie de Dios enviado a la Tierra. Pese a los esfuerzos de los integrantes de este grupo, al intentar adentrarnos en su figura entramos en el mundo de las conjeturas, un mundo, nunca mejor dicho, plagado de tinieblas.

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De ahí que haya que dar toda la razón a Manuel Serrat Crespo cuando afirmó, al prologar Los cantos, aquello de que su vida no es sino “un enigma que se resiste a los esfuerzos elucidadores de historiadores, críticos y biógrafos”. Y es que lo que conservamos de su vida no solo es un puzzle al que le faltan la mayoría de las piezas, sino que aún algunas de las que si están sobre el tapete, pese a que parecen encajar, podrían ser perfectamente falsas. A ello contribuye indudablemente que Ducasse, hoy tildado de “poeta maldito”, fuese en vida un total desconocido para el mundo de las letras.

Anónimos inicialmente, firmados posteriormente bajo el pseudónimo de Conde de Lautréamont, los Cantos fueron publicados en tiradas raquíticas, ya que su editor albergaba, no sin razón, grandes temores de que el libro le conllevase, por su contenido diabólico, problemas legales de toda índole. Precisamente una carta entre Ducasse y dicho editor constituye la principal prueba de que Los cantos fueron escritos por él, lo cual fue corroborado por un amigo (y amante, más que probablemente) del escritor, un tal Dazet, que aparecía como personaje en la primera edición de la obra, si bien su nombre fue sustituido posteriormente.

Esbozar su vida es trabajo de un párrafo. Isidore nace en Montevideo allá por 1846 fruto del matrimonio entre el embajador de Francia en Uruguay y su sirvienta, quien se casa embarazada, y que fallece cuando Isidore no llegaba a los dos años. De adolescente, financiado por su padre, el futuro Conde de Lautréamont viaja a Francia a cursar su formación, destacando en matemáticas, ciencia a la que entona más de una alabanza en sus Cantos , tildándolas de “poderoso reflejo de esa verdad suprema cuya huella se advierte en el orden del Universo”. De esta época se conserva la que es, suponiendo que sea auténtica, la única fotografía suya existente, efigie en la que se aprecia una mirada un tanto perturbada, profunda a la par que oscura. Poco más puede decirse sobre él: en el otoño de 1870, a los 24 años de edad, Isidore fallece en París, presumiblemente enfermo.

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Vista su vida, toca hablar de Los cantos, su obra principal. En primer lugar, ¿Dónde podría ser encajada esta en la trama de la historia de la literatura? Al igual que cabría hablar de Isidore como el más oscuro de los góticos o de los simbolistas, es innegable la influencia que tuvo que ejercer sobre él el decadentismo de Baudelaire y compañía, corriente en la que podría ser encasillado sin problema. También es reseñable que en los Cantos aparezcan referencias, entre otros, a Byron, Sade (sin lugar a dudas el autor con quien más guarda semejanzas) o Musset, así como también es más que probable que, por el argumento de la obra, Isidore conociera El paraíso perdido de Milton.

Otros, mientras tanto, han querido ver en él a un surrealista antes del surrealismo, por el constante recurrimiento que hay en su prosa al inconsciente, a la alucinación y al mundo onírico. Bretón mismo le cita en su Manifiesto surrealista como uno de los principales precursores de dicho movimiento, llegando a decir incluso que es imposible criticar al surrealismo sin atacar primero a los Cantos, siendo estos, a su juicio, “inatacables”. De forma parecida, en su Antología del humor negro, el poeta francés dice de la obra del uruguayo que deslumbra “con un resplandor incomparable; son la expresión de una revelación total que parece ir más allá de las posibilidades humanas”.

Los cantos de Maldoror, y esto es muy significativo, arrancan con una advertencia dirigida por su autor al propio lector, a quien se dice que “a menos que ponga en su lectura una lógica rigurosa y una tensión de espíritu igual, como mínimo, a su desconfianza, las emanaciones mortales de este libro embeberán su alma como azúcar en agua”. Consecuentemente, de ello se deriva que este libro no esté destinado a la masa lectora (y menos a los “santos inocentes”), sino reservado a unos pocos elegidos, pues “no es bueno que todo el mundo lea las páginas que siguen; solo algunos saborearán sin peligro este fruto amargo”. De ahí que incluso nosotros debamos sumarnos a esta advertencia:

“Por lo tanto, alma tímida, antes de adentrarte por semejantes lindes inexploradas, dirige hacia atrás tus pasos y no hacia delante”.

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El protagonista de la obra es Maldoror, antihéroe por excelencia. Dicho personaje se confunde en más de una ocasión con la voz del narrador, si bien no llegan a fundirse en una sola identidad. También parece en ocasiones que Maldoror no es sino el propio Diablo, si bien los propios Cantos nos aclaran que son dos seres distintos. De Maldoror se nos afirma que “fue bueno durante sus primeros años, en los que vivió feliz”, más pronto “se arrojó resueltamente a la carrera del mal”. Es un ser incapaz de reir, cuyo principal alimento son las lágrimas y la sangre, propias o ajenas. Su odio a la raza humana, incluyéndose a sí mismo, solo es comparable por la aversión que siente ante Dios. A ambos, tanto Maldoror como el propio narrador, han jurado una guerra eterna y sin cuartel.

“Mi poesía consistirá, solo, en atacar por todos los medios al hombre, esa bestia salvaje, y al Creador, que no hubiera debido engendrar semejante basura”.

Al igual que el Diablo miltoniano, esta guerra Maldoror la sabe perdida: “sé que mi aniquilación será completa”. Y si bien le crítica y repudia a más no poder, reconoce que Dios es el creador del Universo, y que oponerse a sus tiranos designios tiene por consecuencia inevitable sufrir eternamente. Otra semejanza con El paraíso perdido es que Maldoror tacha al Dios cristiano, además de déspota y cruel (el poeta pone en su boca “os hago sufrir por puro placer”), de egoísta, pues no quiso compartir con nadie ni su inteligencia ni su poder. En un momento dado, y aquí conviene recordar, para comprenderlos, los miedos del editor a la hora de publicar este libro, Ducasse presenta a Dios borracho tirado en un camino. Maldoror, que pasa por allí, le defeca encima.

Relacionado con lo anterior, una de las mayores críticas al hombre que presenta este libro es precisamente su creencia en Dios (que algunos críticos, como Serrat Crespo, han querido equiparar a la razón de la Ilustración, lo cual no carece de fundamento). Y es que, “¿Hasta cuándo conservarás el carcomido culto a ese dios, insensible a tus plegarias y a las generosas ofrendas que le entregas en holocausto expiatorio?”. Esta idea recuerda a su vez inmediatamente al ateismo del que hizo gala el Marqués de Sade, quien dijera aquello de que “la idea de Dios es el único mal que no puedo perdonar al hombre”. Para dar por terminada esta cuestión, cabe decir que el sexto y último canto es una especie de novela breve (alejada un tanto del tono lírico de los anteriores) en la que se parodia la historia de Job. En este caso, Maldoror lucha contra Dios por el alma de un muchacho, al cual acaba matando.

En otro orden de ideas, para ejemplificar la maldad de la que es capaz Maldoror para con sus semejantes, citaremos dos de los pasajes más cruentos de este libro. El primero es aquel en el que el antihéroe, tras violar y asesinar a una niña, empieza a extraer sus órganos internos a través de su vagina, detallando el narrador todo el procedimiento explícitamente. El otro ejemplo, que sucede tras que Maldoror fuese testigo del hundimiento de un barco, habla por sí solo: “había ido a buscar mi fusil de dos cañones para que, si algún naufrago sentía la tentación de llegar a nado hasta las rocas, para escapar a la inminente muerte, una bala en el hombro le rompiera el brazo y le impidiera cumplir su designio”, amenaza que acaba cumpliendo.

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Maldoror reconoce que su visión de la vida le convierte, a los ojos de los demás y de sí mismo, en un monstruo. Esto no lo esconde: “no soy tan hipócrita como para ocultar mis vicios”. Asimismo, su condición mortal le hace ser “presa de una desesperación que me embriaga como el vino”. Y es que “siento que mi alma está aherrojada en el cerrojo de mi cuerpo y que no puedo desprenderme de él para huir lejos de las orillas que golpea el mar humano y no seguir siendo testigo del espectáculo de la lívida jauría de las desgracias persiguiendo, sin descanso, a través de las hondanadas y los abismos, a las gamuzas humanas”.

Así, el sufrimiento de los demás y el suyo propio no le mueve a la compasión, sino al repudio. De ahí que cuando, en un momento dado, se ve convertido en cerdo (llegados a este punto es importante remarcar que el libro está plagado de las más variadas metamorfosis, una constante durante el mismo), se sienta agraciado por la Providencia por haber dejado de ser un hombre, “el más alto y magnánimo fragor de una felicidad perfecta que yo deseaba desde hacía tiempo”. Junto a este recurso, se encuentra parejamente el uso de la metáfora, que su narrador entiende que “presta muchos servicios a las aspiraciones humanas hacia el infinito de lo que se esfuerzan en imaginar, de ordinario, quienes están imbuidos de prejuicios o ideas falsas, lo que viene a ser lo mismo”.

Visto todo lo anterior, recordamos que empezamos esta reseña afirmando que Los cantos son “espeluznantemente bellos”. ¿Cómo atreverse, al desgranar lo principal de su contenido, a volver a afirmar esto? Y es que, aun en sus descripciones más abyectas, aun en sus razonamientos más inhumanos, se aprecia un lirismo rayano a lo sublime, consiguiendo su autor su objetivo: mostrar la belleza que anida tras el mal.

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Además, y esto no debe olvidarse, Maldoror es un ser que sufre, y que tiene quejas entendibles contra Dios y sus semejantes. Otra cuestión es que, de forma pareja a como hace James Stewart en La Soga (Hitchcock), uno pueda negar que su visión de la vida le convierta en un superhombre. También es destacable que, en una carta escrita en los últimos años de su vida, Ducasse, renegando de su obra, afirmase que a partir de ahora solo cantaría a la esperanza.

“¿Qué son, pues, el bien y el mal? ¿Son acaso una misma cosa con la que damos, rabiosamente, testimonio de nuestra impotencia y de nuestra pasión por alcanzar el infinito, aun con los medios más insensatos? ¿O son dos cosas distintas? Si… mejor que sean una sola cosa… pues, de lo contrario, ¿Qué será de mí el día del juicio?”.

Otro aspecto muy interesante de Los cantos es su apartado formal, sumamente ecléctico e innovador. Escrito en su mayoría en un estilo que cabría tildar de “verso en prosa”, alberga también partes teatralizadas y, como ya dijimos, una breve novela. Intercalado dentro de la obra, se encuentran también dos ejemplos de plagiarismo sumamente curiosos, pues Ducasse copia sin citar no a grandes autores, sino que introduce una crónica de sucesos del periódico Le Figaro y un fragmento de un tratado de ornitología, esto último con un efecto poético realmente sorprendente.

También es una constante durante el libro la ruptura de la “cuarta pared”, llegando incluso a interpelar al lector para que mate a su madre y se coma su cadáver. Por último, algunos han querido ver en “el encuentro fortuito de una máquina de coser y un paraguas en una mesa de disección” una imagen precursora de creaciones artísticas como a las que nos tenía acostumbrados Marcel Duchamp.

En definitiva, es este un libro sumamente especial e interesante, que produce en el lector un placer no poco culpable. Pero… ¿es recomendable su adquisición? ¿debe ser leído por todos? Y es que, como se dice al inicio de Los cantos, esta obra puede no sólo no ser comprendida o repudiada por algunos de lso lectores más incautos o mojigatos, sino que también puede emponzoñar el alma de quienes lo leen.

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