Clásicos de la literatura universal: Por el camino de Swann (1913), por Marcel Proust.

Decía Lawrence Durrell que no conocer a Proust (1871-1922) es no entender la civilización occidental. La obra de su vida, la gigantesca En busca del tiempo perdido, es una de las más osadas empresas literarias llevadas a cabo en el último siglo. Algunos de sus temas principales, tratados de forma personalísima y siempre con un deje nostálgico, son el tiempo, la memoria, el amor y la vacuidad de la existencia moderna.

Su lectura, obligatoria para todo amante de las letras, nos participa de la particular visión que de la realidad tenía su autor, abriéndonos las puertas a un mundo en el que todo es tamizado por la sensibilidad de carácter nervioso, enfermizo, del escritor francés, y en dónde se otorga una importancia capital a la descripción minuciosa de los sentimientos propios y de los ambientes, en los que no pocas veces los primeros se ven exteriorizados. Y si bien, por lo dicho hace un instante, leer a Proust no es tarea fácil, al final merece la pena el esfuerzo y el tiempo invertido en ello.roustA la hora de escribir esta reseña sobre el primero de los siete libros que componen En busca del tiempo perdido, dudé largo tiempo sobre si era menester encabezarla por una autobiografía de su autor o si sería más adecuado intercalar algunos de los más relevantes retazos de la misma durante el comentario de Por el camino de Swann. Finalmente, por el marcado carácter autobiográfico que tiene esta obra (donde, aun retocada, lo que se nos cuenta no es sino la vida -infancia en este caso- de su autor) me decanté por la segunda. Así, postergo para futuras entradas, en las que pretendo dar cuenta del resto de libros que componen esta saga, el continuar desengranando la vida de este ilustre escritor.

Pese a lo dicho, si conviene hablar aquí del proceso de gestación de este libro, publicado en 1913 cuando Proust contaba con 42 años. Que el libro viera la luz fue una ardua misión que Proust tuvo que sufragar con su propio bolsillo. Entre otras revistas y editoriales, había sido rechazado por la Nouvelle Revue Française, si bien su director, André Gide, llegaría decir más adelante que “el rechazo de este libro siempre será el mayor remordimiento de mi vida”.

Antes de Por el camino de Swann, Proust ya había escrito algún que otro libro, entre los que destaca especialmente el autobiográfico Jean Santeuil, ya que los críticos han querido ver en esta novela el primer intento del autor por plasmar el grueso de ideas y vivencias que finalmente aparecerán en En busca del tiempo perdido.

Contra Proust, más que su estilo literario, estaba su forma de vida: su ascendencia judía, sus inclinaciones homosexuales, su snobismo, el hecho de que no tuviera en toda su vida la necesidad de trabajar… Y es que, antes de realmente ser conocido como escritor, Proust estaba en boca de las altas esferas parisienses por su extravagancia y sempiterna presencia en fiestas y convites. De ahí que incluso su círculo de amigos pergeñara el término “proustificar” para describir aquella “actitud un poco demasiado consciente de amabilidad, con complicaciones sentimentales que se podían calificar de bucles interminables y preciosistas”, tal y como escribió en una ocasión su amigo de juventud F. Gregh.dadasdPese a que esta vida aristocrática, siempre presente en sus libros, nutrió enormemente a su autor y le permitió conocer a personalidades como Claude Monet, Oscar Wilde o Anatole France, Proust, especialmente a raíz del famoso Caso Dreyfuss, acabará renegando de ella. Y es que desde 1907 hasta que muriera en 1922, Proust apenas salió de su vivienda en París, que mandó insonorizar para aislarse totalmente del mundo. Animal nocturno, la cafeína y las inyecciones de adrenalina le servían para escribir hasta altas horas de la madrugada, siempre y cuando los ataques de asma (que a punto estuvieron de costarle la vida cuando contaba con 9 años) le permitían realizar esta actividad. Fue en esta época, mientras su salud se debilitaba cada vez más, en la que se fraguó En busca del tiempo perdido.

Así, a la aparición 1913 de Por el camino de Swann le sigue en 1919 la publicación de A la sombra de las muchachas en flor, novela por la cual gana el Premio Goncourt. Un año después sale a la luz la tercera entrega de la saga, El mundo de Guermantes, y en 1922, a punto de morir Proust de neumonía, se imprime Sodoma y Gomorra. Las tres partes restantes –La prisionera (1925), La fugitiva (1927) y El tiempo recobrado (1927)- serán publicadas póstumamente. Para entonces, Proust ya había ascendido a la categoría de clásico.aaaPor el camino de Swann arranca con su narrador, ya mayor, postergado en la cama en un estado limítrofe entre el sueño y la vigilia. Este se nos presenta desde el primer instante como alguien de carácter sumamente melancólico, de salud delicada y escasa fuerza de voluntad. Este narrador, mientras ve como la habitación se reconstruye en torno suyo, se entrega al devaneo. Siente con una intensidad creciente como los ecos del pasado van monopolizando su pensamiento, lo que achaca a que “la vida va callándose cada vez más en torno mío”. Surge aquí la nostalgia y la imposibilidad de recobrar lo ya perdido. Y es que “el recordar una determinada imagen no es sino echar de menos un determinado instante, y las casas, los caminos, los paseos, desgraciadamente son tan fugitivos como los años”. Así, como el título de la saga, el narrador parte en busca del tiempo perdido a través de sus recuerdos.

Tras esta escena, que constituye no menos de treinta páginas, tiene lugar el que es el acontecimiento más célebre de toda la novela, así como uno de los flash-back más originales de toda la historia de la literatura. El narrador, al dar un bocado una magdalena que ha mojado en su tila, siente que dicho sabor le retrotrae a los tiempos de su infancia, al ser entonces su desayuno. Así, “Combray entero y sus alrededores, todo eso, pueblo y jardines, que va tomando forma y consistencia, sale de mi taza de té”.

Natural de Auteuil, municipio que acabaría siendo fagocitado por la urbe parisina y convertido en uno de sus barrios, es importante destacar que , en compañía de sus padres, el joven Proust solía visitar anualmente la pequeña localidad de Illiers (donde “una persona desconocida es un ser tan increíble como un dios de la mitología”). Este pueblo es camuflado en la novela bajo el nombre Combray, trascurriendo en él buena parte de su acción. En 1971, ya plenamente establecida la fama Proust como novelista de éxito, se decidió rebautizar el pueblo como Illiers-Combray en su honor.proEl narrador, pues, recuerda algunos de los principales momentos de su infancia en dicho pueblo. Aquí es reseñable que en Proust se relega a un segundo plano la figura del padre (un prominente médico al cual no gustaba en demasía que su hijo quisiese dedicarse al mundo de las letras) en beneficio de la madre. Esta mujer, de nombre Jeanne, fue la persona más importante de su vida. No solo por el amor que se procesaban, sino también porque ella fue quien le indujo el amor por el arte y la literatura.

Así, al morir esta en 1905, no debe extrañar que Proust llegara a decir que “mis días en lo sucesivo han perdido su único objeto, su única dulzura, su único amor, su único consuelo. He perdido aquella cuya incesante vigilancia me aportaba en paz y en ternura la única miel de mi vida”. De forma parecida, el narrador del libro nos dirá a su vez que este amor materno-filial marcará para siempre el resto de sus relaciones con mujeres, siempre en busca de “esa paz imperturbable que ninguna mujer me ha podido dar luego”.

Desde pequeño, el narrador tiene la impresión de que las historias que aparecen en los libros son más reales que la propia vida que anida fuera de ellos. De ahí que quiera dedicarse a escribir: “el secreto de la verdad y la belleza, medio presentidas y medio incomprensibles para mí, y cuya posesión era la meta borrosa, pero permanente, de mi pensamiento”. Aquí, de forma parecida a cómo dirá posteriormente Cortázar, se nos presenta al artista como el descubridor de lo invisible, como el aventurero que viaja, mediante la introspección inquisitiva, a lo que se esconde “detrás de lo visible”. Su autor favorito en la infancia era Bergotte, nombre bajo el cual Proust esconde la figura de Anatole France, de quien se hiciera amigo posteriormente.

De esta parte del libro, plagado de descripciones medio sublimes medio exasperantes, destacaré dos cuestiones. En primer lugar, por ser sin lugar a dudas el personaje más cómico de todos cuantos aparecen en la novela, hablaré de su tía, una anciana que, al morir su marido, decide no salir más de Combray; retiro que va reduciendo sucesivamente a su casa, luego a su habitación y, por último, a su cama. Este personaje, que afirma no dormir nunca, está constantemente hablando sola, normalmente de su “enfermedad”, si bien no parece tener alguna.prosJunto a este personaje, también remarco de esta parte del libro aquel episodio en el que el joven narrador espía a dos muchachas entregadas a un juego de carácter lésbico. Esta escena, que tanto impacta al niño, alterna entre lo morboso y lo sádico, lo que se deriva de que sus protagonistas femeninas vean en la forma que tienen de darse placer algo perverso y diabólico, de ahí que su amor vaya ineluctablente acompañado de un sentimiento de dolor.

En la segunda parte del libro el narrador desaparece para dejar el protagonismo en manos de Swann, un amigo de la familia, de cuya hija está enamorada el narrador. Es este un burgués que ha conseguido, por su elegancia y buena presencia, adentrarse en los círculos más elitistas de la sociedad parisina. Al principio, Swann se nos presenta como una especie de Don Juan a la francesa que anda siempre en constante búsqueda de nuevas conquistas, especialmente entre las clases más bajas de la sociedad. Pero esta vida no le reporta felicidad alguna: siente que esta malgastando su existencia y su sensibilidad.

Acaba, pues, buscando asentar la cabeza y se enamora de una mujer llamada Odette, “reputada universalmente por su elegancia, su belleza y su mala conducta”. Las vicisitudes de esta pasión convierten en algo interesante y feliz a su vida durante algún tiempo. Sin embargo, pronto pasará del amor platónico a un amor de carácter enfermizo, pues este tiene su razón de ser en los celos, “esa inmensa agonía de no saber minuto por minuto lo que hacía, por no poseerla para siempre y en todas partes”.

Odette monopoliza su pensamiento. Swann quiere abandonarla, pero el hecho de que a ella esto no parece preocuparle demasiado le ata aún más de ella. Y es que “aquella enfermedad amorosa de Swann se había multiplicado tanto, se enlazó tan íntimamente a todas las costumbres de Swann, a sus actos, a su pensamiento, a su salud, a su sueño, a su vida, a lo que deseaba para después de la muerte, que ya no formaba más que un todo con él, que no era posible arrancársela sin destruirle a él, o para decirlo en términos de cirugía, su amor ya no era operable”. Sirva, de paso, esta cita como ejemplo de la narración, pausada y compleja, que caracteriza la prosa de Proust.

Así, Swann llega a comprender que jamás será feliz junto a Odette. Sin embargo, pese a que ella le engaña constantemente y delante suya, acaba siendo su mujer y la madre de su hija. Así, su existencia se va marchitando en torno a un amor en forma de quiste. Por si fuera poco, Swann en un momento dado nos hace la siguiente confesión: “¡Cada vez que pienso que he malgastado los mejores años de mi vida, que he deseado la muerte y he sentido el amor más grande de mi existencia, y todo por una mujer que no era mi tipo!”.proustEn esta parte del libro, los obsesivos y tormentosos sentimientos de Swann para con la que acabará siendo su mujer (hechos pretéritos que el narrador afirma conocer de boca de su propio protagonista) se entremezclan con una ácida descripción de la ociosidad egoísta y envidiosa que reina en los círculos aristocráticos parisinos, donde el arte es más una forma de postureo que un interés real. En dichos ambientes Proust nos dice que “se convenía que una persona es más inteligente cuanto más dudaba de todo, y no se respetaban, como cosas reales e indiscutibles, más que los gustos personales”. Como ocurriera en la realidad con el propio escritor de este libro, Swann acabará hastiado de dicho mundo.

La tercera y última parte de este libro vuelve a tener en el narrador a su principal protagonista. Este se nos presenta, todavía niño, en París, siendo su principal ocupación, además de leer, jugar en los Campos Elíseos. Allí conoce a la que será el primer amor de su vida (o, dicho de otra forma, la primera candidata a sustituir a su madre en su corazón), Gilberte, hija precisamente de Odette y Swann. De ella el narrador nos dice que «me parecía tan bonita que con mucho gusto le hubiese dicho “es usted feísima, ridícula, repulsiva”».

Este personaje de Gilberte, por su parte, se cree basado en Marie de Bénardaky, quien habría sido a su vez el primer amor de Proust. Sea como sea, volviendo a la novela, este amor, como el de Odette y Swann (quien se alza en una especie de modelo para el narrador), tiene por consecuencia más dolor e insatisfacción que placer o felicidad, a lo que debe sumarse que siquiera es correspondido. Y es que “la mayoría de personas que conocemos no nos inspiran más que indiferencia; de modo que cuando en un ser depositamos grandes posibilidades de pena o alegría para nuestro corazón, se nos figura que pertenece a otro mundo, se envuelve en poesía, convierte nuestra vida en una gran llanura donde nosotros no apreciamos más que la distancia que de él nos separa”. Y al ser esta distancia invencible, el amante sufre.kkk.pngPara dar por concluida esta reseña, cabe insistir en que este libro, como casi toda la buena literatura, tiene su principal interés en su forma, es decir, en el estilo literario con el que está escrito. Proust se sirve constantemente de párrafos y frases interminables para trasmitir lo más exhaustivamente posible cómo su sensibilidad ve y transmuta el mundo que le rodea. Esto hace, como ya dijimos en su momento, que en algunas de sus partes el libro pueda hacerse no poco pesado.

De ahí que acercarse a Por el camino de Swann sea una buena opción para los espíritus más pacientes e introspectivos, o para aquellos que simplemente gustan de regodearse en la estética narrativa; mientras que, seguramente, su lectura constituirá un verdadero suplicio para quienes buscan en la literatura un entretenimiento basado en la acción, el misterio y los giros de tuerca continuos.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s