Es el turismo, estúpido

Arturo M. Rajoy, Doctor en Economía y autor de La trampa del turismo.

Los que no estén disfrutando de sus vacaciones todavía, pueden acudir a las instastories compartidas por sus amigos y conocidos en la popular red social. De esta manera, podrán desplazarse a ese exótico rincón, darse un chapuzón en el mar, sentir la cálida arena en sus prietas nalgas o deglutir (virtualmente) una deliciosa y refrescante birrita.

Así, también podrán darse cuenta de lo aburrido que está todo el mundo cuando se va a pasar unos días fuera de casa. Nadie disfruta de sus días de asueto, aunque nos empeñemos en negar lo evidente. Cómo te vas a divertir con el sol abrasándote cenitálmente, mientras jugueteas con el cáncer de piel. Quién puede disfrutar de un baño en un agua llena de plástico y semen. Cómo una persona es incapaz de darse cuenta de que está dilapidando sus escasos ahorros por puro hedonismo. Y es que ningún humano dirá, con valentía, «atravesé medio planeta para perder 5.000 euros… ¡y podía haber usado Google Maps!».

En mi último libro, La trampa del turismo –que se puede entender como una continuación de mis dos obras pretéritas: El turismo es para imbéciles y Turismofilia, la enfermedad del siglo XXI, ambas autopublicadas por un servidor, vía Amazon- dedico un especial interés al sufrimiento que supone viajar.

Sin título

Pero, para llegar al punto actual, el del turismo como sufrimiento soterrado, es necesario explicarlo por dos vías: a) el sistema neoliberal, que crea la necesidad de irnos a lugares de difícil pronunciación, en vez de ahorrar para cosas importantes (como una suscripción anual a Movistar Series); b) las redes sociales.

En el capítulo tres de mi obra, La obligatoriedad del selfie, explico que las redes sociales no son perjudiciales por sí mismas, ya que pueden utilizarse para subir fotos de nuestras mascotas o, en caso de no tenerlas, de nuestras abuelas y tías segundas.

Pero el problema llega cuando queremos impresionar a nuestras amistades y familiares. Porque, en la contemporaneidad, parece posible que nos creamos especiales por coger un avión, previo pago. Que nos creamos únicos por viajar a un país extranjero como, por ejemplo, China.  En el país asiático viven más de 1.300 millones de personas: jódete, te toca repartir lo especial que eres con ellos… ¡Tilín, tilín!

Recorrer el planeta para calcar la misma foto. Una instantánea que está en nuestro imaginario visual, porque miles de personas la hicieron antes. No podemos seguir siendo partícipes de esa rueda que gira y gira. Mientras el planeta se condena a ir en chancletas, yo estaré en mi casa, tranquilo, fotografiando a mi querido Squanchi mientras veo series de producción española de gran calidad.

 

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