El concepto de la angustia (1844), por Søren Kierkegaard.

El asunto es encontrar una verdad que sea cierta para mí, encontrar la idea por la cual yo sea capaz de vivir y de morir”. Esta frase, extraída de los Diarios de Søren Kierkegaard, resume casi a la perfección el afán epistemológico no sólo de dicho autor, sino de toda una corriente filosófica, de la cual el danés es precursor: el existencialismo. Lejos de todo intento de sistema con pretensiones universalistas, los integrantes de este movimiento pusieron en el centro del debate filosófico al individuo y a su existencia personal entendidas como algo único e irrepetible desde donde, necesaria e irremediablemente, debía partir todo intento de comprender la realidad.

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Fiel a esta idea, el eje en torno al cual gira toda la obra de Kierkegaard no es otro que su propia vida: su personalidad, sus vivencias, sus anhelos, sus miedos… y, no menos importante, sus tres grandes pasiones o intereses, como eran la filosofía, el cristianismo y la literatura. En términos generales, el pensador danés trata en exclusiva de sí mismo y de estas tres cuestiones, ya sea conjunta o separadamente; y, enmarcándolo todo, de la sociedad de su tiempo.

Todo esto el pensador danés lo aborda siempre, insistimos en ello, desde una perspectiva puramente personal que entiende a la angustia, concepto en torno al cual gira el libro que hoy reseñamos (y buena parte del resto de su obra), como el sentimiento más característico y significativo de la condición humana; angustia que el pensador danés derivaba de la existencia del pecado y, más específicamente, del sentimiento de culpabilidad resultante del mismo.

Kierkegaard nace en Copenhague en 1813 en el seno de una acomodada familia burguesa. Su padre, comerciante de profesión, es una persona de una religiosidad atormentadora, que le tortura constantemente con la certeza de que sus pecados de juventud le persiguen en vida, llegando a incluso a pensar que, como castigo a los mismos, Dios ha dispuesto que ninguno de sus hijos viva más de 33 años, si bien esta fatal profecía no se cumplirá fuera de su mente. En su lecho de muerte, su hijo le prometerá que se dedicará al sacerdocio; algo que, pese a que Kierkegaard lo deseó fervientemente en más de una ocasión a lo largo de su vida, nunca llegará a realizar.

Siendo estudiante de Teología en la universidad de su ciudad natal, Kierkegaard se interesa también, como ya hemos dicho, por la literatura y la filosofía. De esta época son sus primeros escritos, como su tesis doctoral Sobre el concepto de ironía en constante referencia a Sócrates, en la que ya mezcla las tres inquietudes que vertebran toda su obra. También publica, bajo pseudónimo (una constante durante buena parte de su vida) Esto o aquello, que alberga en su interior el llamado Diario de un seductor, en el que el pensador danés analiza, para criticarla, la figura del Don Juan, tarea que el escritor realiza entremezclándola con sus propias vivencias amorosas.

Y es que por esa época Kierkegaard se había prometido en matrimonio con una joven llamada Regine Olsen. Sin embargo, pese a que es indudable que él la amaba y que este amor era mutuo, el joven danés decide apenas un año después romper el compromiso. Los motivos de dicho cambio de opinión siguen sin estar claros: algunos de sus biógrafos entienden que esto se debió a su peculiar visión religiosa de la vida, incluso a sus deseos de pertenecer al clero (pese a que a los pastores protestantes no les está vedado casarse); mientras que otros estudiosos de su figura, basándose en sus Diarios (fuente inestimable para acercarse no solo a la vida de este autor, sino también a su pensamiento), afirman que esta ruptura se debió más bien a que Kierkegaard se veía incapaz de casarse y ser feliz.

Tras esta primera etapa como escritor, de la que resultan obras fundamentales como Temor y temblor (1843), Migajas filosóficas (1844) o El concepto de la angustia (1844), Kierkegaard se sumerge en una época de renuncia ágrafa tras ser atacado por el diario satírico El Corsario, al cual también atacó el mismo tachándolo de inservible e inmoral. Es de suponer, sin embargo, que esta falta de actividad se debió más bien a un cuestionamiento de su papel como escritor que propiamente al ataque público sufrido.

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Sea como sea, un par de años más tarde Kierkegaard volverá a escribir. A este periodo corresponden obras como Mi punto de vista (1949) o La enfermedad mortal (1949), dos de sus libros más importantes. Mientras tanto, abandonando un tanto la literatura y, en menor medida, la filosofía, Kierkegaard dedicará sus últimos años a la cuestión religiosa casi en exclusividad. Específicamente, destaca su crítica a la Iglesia del Pueblo Danés y a la jerarquía eclesiástica en general.

En sus escritos de esta última etapa, el pensador existencialista preconiza una vuelta al cristianismo primitivo, ya que consideraba que la imitación de Cristo en la vida diaria, y no la adhesión a los dogmas y horarios de una determinada iglesia, era lo realmente importante para un cristiano que mereciese tal nombre. Finalmente, en 1855, a los 42 años de edad, Kierkegaard fallecía tras permanecer en un hospital durante más de un mes, presumiblemente aquejado de las complicaciones de una lesión cerebral sufrida en la infancia.

Enmarcar a este pensador en la historia de la filosofía occidental es fundamental para, por una parte, comprender la génesis de su pensamiento, y por otra, para esbozar la importancia futura que tendrá en su postrer desarrollo. En primer término, puede entenderse la obra de Kierkegaard como una reacción al pensamiento hegeliano y, especialmente, a la idea de dicho autor de que “todo lo real es racional y todo lo racional es real”. Por el contrario, en sus escritos es visible la influencia de teólogos cristianos como Blaise Pascal o Johann Georg Hamann, con quienes el danés comparte la doctrina del fideísmo, es decir, la creencia de que a Dios no es posible conocerle a través de la razón, sino que únicamente cabe llegar a él a través de la fe.

Por otra parte, si bien en vida su obra no tuvo excesiva repercusión, gracias a los esfuerzos de su compatriota el filósofo Georges Brandes (a quien también se le debe en buena medida la propagación entre la intelectualidad europea del pensamiento nietzscheano), la obra de Kierkegaard comienza a ser leída en toda Europa. Cabe decir también que el propio escritor danés ya había augurado en sus Diarios esta su importancia futura. Y es que, como ya dijimos, Kierkegaard es precursor del existencialismo y, consecuentemente, “mentor” o cuanto menos referente de filósofos como Heidegger, Jaspers o Sartre (véase especialmente La náusea). Sea como sea, su influencia va más allá de la filosofía para adentrarse en el terreno de la literatura, ya que la misma es apreciable en autores como Kafka, Camus, Hesse o Unamuno (especialmente en su brillante Del sentimiento trágico de la vida), llegando este último a incluso aprender danés para leerle en su idioma original.

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La obra de la que hoy hablamos, El concepto de la angustia, apareció en 1944 con el subtítulo “un mero análisis psicológico en la dirección del problema dogmático del pecado original”. Como buena parte del conjunto de la obra de su autor, fue publicada bajo pseudónimo. En este caso Kierkegaard se hizo llamar Vigilius Haufniensis. Pese a lo dicho, cabe quizá hablar más bien de heterónimo que de mero pseudónimo, pues Kierkegaard afirmó en varias ocasiones en sus Diarios que no siempre compartía la opinión que él mismo vertía bajo otros nombres, lo que explicaría también algunas de las contradicciones de pensamiento encontradas en distintos libros suyos. Sea como sea, lo que es indiscutible es que el lector encuentra un punto ciertamente humorístico en que en libros como el presente Kierkegaard cite otros libros suyos, firmados con otros nombres, como si en vez de él mismo perteneciesen a conocidos suyos.

El objetivo de la obra, como el propio escritor nos informa al principio de la misma, es “tratar el concepto de la angustia de una manera psicológica, pero siempre teniendo ante los ojos el dogma del pecado original”. A este sentimiento, a este estado anímico, Kierkegaard (aunque, insistimos, tal vez habría que decir más bien Vigilius Haufniensis) lo considera fundamental para explicar la condición del ser humano. Por otra parte, el desarrollo de la exposición se realiza, estéticamente hablando, en un estilo que está a caballo entre el usual en filosofía y el común en la novela existencialista (como en la ya citada La náusea de Sartre o como ocurre en la gran mayoría de la obra de Camus, sirva de ejemplo El extranjero o La peste), si bien Kierkegaard no llega a recurrir a la ficción para verter sus ideas al papel.

Si bien es innegable que el autor ahonda en este concepto de una manera que cabe calificar de psicológica, es más importante destacar que, pese a lo heterodoxo de su pensamiento, lo hace sin abandonar nunca una visión cristiana del asunto. Así, Kierkegaard, que entiende al ser humano como “una síntesis de alma y cuerpo, constituida y sostenida por el espíritu”, llega a decir cosas como que “la grandeza del hombre depende única y exclusivamente de la energía con que mantenga la relación con Dios”. También es muy judeocristiana su visión del mundo como una especie de valle de lágrimas donde no nos es lícito “exigir absolutamente nada de la vida”, pues “el espanto, la perdición y la ruina habitan puerta a puerta a la vera de todo ser humano”.

Para el escritor danés el sentimiento del pecado es la diferencia fundamental que existe entre cristianos y paganos. Este concepto, el del pecado, está fuera de cualquier rama de la ciencia, si bien se le puede abordar, al menos hasta cierto límite, desde la psicología. Asimismo, Kierkegaard presupone que el pecado original existió realmente, algo imposible de demostrar, pues es una cuestión de fe, es decir, algo cuyo conocimiento efectivo a la razón le está vedado.

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Buena parte del libro trata, consecuentemente, del pecado original, que no es otro que el que cometieron Adán y Eva contra Dios cuando habitaban en el Edén. Sin embargo, pese a que Kierkegaard acepta y reproduce el mito cristiano de la Creación, su visión sobre dicho acontecimiento es ciertamente poco convencional. En primer lugar, critica tanto que se suela situar a los padres de la especie “fantásticamente fuera de la historia” como que se vea en este primer pecado una culpa mayor que la de cualquiera de restos de individuos posteriores. Y es que “el que cae en la tentación es personalmente culpable de la propia tentación”, y no puede justificarse achacando a fue Eva la que introdujo el pecado en el mundo mordiendo la manzana. Aquí también es importante destacar que Kierkegaard entiende que “el mito exterioriza siempre lo que es interior”.

Así, llega a la conclusión de que el primer pecado de todo hombre y mujer es semejante al que cometieron en su día Adán y Eva. Este primer pecado es un “salto cualitativo”, pasándose del estado de inocencia e ignorancia a otro de culpabilidad que se sabe tal, mientras que el resto de pecados que se cometen posteriormente son adicciones cuantitativas. Es el salto, consecuentemente, un instante que conlleva la distinción del bien y del mal (sin cuya presencia nuestra existencia, ignorante de la moralidad de nuestras acciones, sería como un sueño), debiendo su ser esta distinción a la aparición de un sentimiento de culpabilidad.

Kierkegaard también se pregunta cómo fue que Adán y Eva pecaron si todavía, en su estado de inocencia, no conocían lo que era el mal. Y es que, ¿Cómo podían ellos saber que desobedecer el mandato de Dios que les prohibía comer del fruto del Árbol del Bien y del Mal era malo, si es precisamente al comer dicho fruto cuando conocen por primera vez tal distinción? Este problema el escritor danés lo resuelve afirmando que los padres de la especie no entendieron a Dios cuando este les vedó dicha acción, naciendo de ello el sentimiento de angustia, que proviene aquí de la aparición de una posibilidad no obligatoria y, consecuentemente, de la aparición de la libertad (y poder) de obedecer o no a Dios.

Así, “el que se hace culpable a través de la angustia es sin duda inocente. Por qué no fue él mismo, sino que fue la angustia, es decir, un poder extraño el que le hizo pecar”. Pese a lo dicho, “él es indudablemente culpable, pues sucumbió a la angustia, amándola al mismo tiempo que la temía”. Y si bien Kierkegaard considera que esto es culpa del ser humano, sí que se trasluce que tiene en cuenta que otras personas puedan achacar esto al propio Dios y, más concretamente, a su arbitraria prohibición. Sea como sea, entiende que “si el hombre es culpable, lo es infinitamente”.

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Por lo tanto, retomando lo dicho anteriormente, la angustia está relacionada con la posibilidad, siendo una especie de “vértigo de la libertad”. Y entendiendo que “la libertad es infinita y brota de la nada”, cabe argumentar también que la angustia está estrechamente relacionada con la nada, como recoge la coloquial expresión “angustiarse por nada”. Asimismo, este sentimiento es bicéfalo: una de las cabezas que presenta la angustia es subjetiva (es decir, que depende del primer pecado de cada uno) y otra es objetiva (pues es “el reflejo de esa pecaminosidad de la generación en todo el ámbito del mundo”).

Y es que cabe decir que Kierkegaard entiende como principal consecuencia de la Caída que el pecado y la sexualidad, “sin que lo uno pueda separarse de lo otro”, vinieran al mundo. Antes de esta, existía la sensualidad, que tras el pecado original se degrada en sexualidad, si bien entiende que “lo sexual en tanto cual no es pecaminoso”, sino parte de nuestra condición. En cuanto a los géneros, el pensador danés cree que el clímax de la existencia de la mujer es la procreación, algo que opina que no ocurre en el hombre a no ser que “lleve una vida mediocre o perdida”. Otra diferencia radicaría en que la angustia se refleja más en la mujer porque es más sensible que el hombre. Sea como sea, “por muchas que sean las diferencias, nunca podrá discutirse la esencial igualdad del hombre y de la mujer”.

De la aparición sexualidad Kierkegaard también deriva a su vez el inicio de la Historia. Y es que “el hombre es individuo, y en cuanto tal consiste en ser a la par sí mismo y la especie entera”. Aquí radicaría la única diferencia que separa al resto de individuos de Adán y Eva, pues estos eran simplemente individuos, ya que la especie entera eran ellos mismos.

Volviendo al tema de la angustia, el sentimiento de culpa que se deriva del pecado, es decir, el remordimiento, no tiene el suficiente poder como para “abolir el pecado”, sino que “lo único que puede es entristecerse por él”. Así, el ser humano está obligado a elegir entre el arrepentimiento y la angustia, siendo lo primero mantener una relación dolorosa con el bien y lo segundo una “forzada” con el mal. En tercer término, lo demoníaco sería aquel individuo que, estando en el mal, “se angustia con el bien”, así como también una especie de “no-libertad que quiere clausurarse en sí misma”, pues “no quiere comunicarse con el bien a través de los sufrimientos del castigo” ni tampoco desea “meditar seriamente en la eternidad, sino que se siente angustia ante ella y la angustia busca cien escapatorias”.

Para finalizar, Kierkegaard recurre al concepto de la gracia cristiana como solución a la problemática del pecado original, residiendo la superación del mismo en esta cuestión. Así, entiende que la salvación no es algo lograble por el ser humano, pues no depende de sus obras, sino que es algo que la divinidad regala amorosamente. Así, la fe y la gracia divina son las que posibilitan superar el pecado y el sentimiento de angustia parejo al mismo.

Para los poco dados a cuestiones teológicas como la que en este libro trata, cabe decir que este libro puede interesarles, más allá de por su bello estilo, especialmente por la idea de “salto cualitativo”, que será muy utilizada por los existencialistas posteriormente, independientemente de que fueran o no cristianos, y que tiene implicaciones en otros campos como la sociología o la política (si bien esto no quiere decir que el origen de dicha idea sea necesariamente kierkegaardiano). De manera parecida, como ya hemos dicho anteriormente en un par de ocasiones, el concepto de la angustia que maneja Kierkegaard tiene muchos puntos de contacto con el de la náusea de Sartre, quitando, eso sí, toda la componente cristiana del primero. Sea como sea, es innegable que tanto este libro como su autor aportaron su granito de arena a la historia de la filosofía occidental.

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