Grandes obras que deberías leer: Demian (1919), por Hermann Hesse.

Como escritor, Hermann Karl Hesse poseía el don nada desdeñable de hacer pasar por simple lo complejo. Sus historias, profundas pero amenas, están cargadas de matices y preguntas de corte existencialista cuyo origen puede rastrearse en las vicisitudes de la propia experiencia vital, ciertamente convulsa, de su autor. El misticismo oriental, el mar del inconsciente, la barbarie de la guerra, el traumático paso de la niñez a la etapa adulta de la vida… son algunos de los temas que predominan a lo largo de la dilatada carrera literaria del escritor alemán. Y Demian es una buena prueba de ello.

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Hesse nació en Calw, un pueblecito alemán de la Selva Negra, allá por 1877. Hijo de protestantes pietistas, a los 14 años ingresa en un seminario evangélico para realizar sus estudios. Sin embargo, la educación que allí se le imparte choca frontalmente con los ideales del joven, quien ve al sistema educativo como un engranaje mastodóntico excesivamente rígido que estresa y deshumaniza a los jóvenes, y que no busca formarles por considerar el saber cómo un valor en sí mismo, sino porque les hará útiles a ojos de la sociedad. Esta situación Hesse la criticará años más tarde en su segunda novela, Bajo las ruedas (1906), una brillante obra de aprendizaje semiautobiográfica que cuenta la historia de un chico incapaz de sobrevivir a dicho sistema.

Por esta época, Hesse, quien ya ve publicados sus primeros poemas, lleva a cabo un intento de suicidio, finalmente frustrado. Y es que a lo largo de su vida la inestabilidad mental y las crisis nerviosas fueron una constante a la cual el escritor se enfrentó con ayuda del psicoanálisis y la filosofía oriental, dos corrientes muy presentes en su obra y a las que acudía a refugiarse cuando le sobrevenía una nueva crisis. Por su importancia, estas dos cuestiones merecen un aparte.

Hesse, a quien de forma poco rigurosa suele calificársele de panteísta, afirmó haber sido a lo largo de toda su vida una persona religiosa, pero sin pertenecer a “ninguna doctrina fija y establecida”. Él era de la opinión de que “una religión es tan buena como cualquier otra”, entendiendo que Dios se manifiesta de múltiples maneras, que consideraba más complementarias que contradictorias. Fuese él panteísta, budista, hindú… cabe destacar la importancia que tuvo su obra, especialmente a raíz de que fuera “redescubierta” por el movimiento hippie allá por los años sesenta, a la hora de introducir la religión, cultura y filosofía oriental en Occidente. Siddartha, publicada en 1922, es la novela en la que el escritor alemán más trata esta cuestión, si bien aparece en el gran grueso de sus escritos.

Tras la Primera Guerra Mundial (en la que no participó, pese haberse presentado como voluntario, tras ser declarado no apto para el combate), y como buena parte de los intelectuales y artistas de la época, Hesse no sólo queda fascinado por el psicoanálisis preconizado por Freud y compañía, sino que decide servirse de esta terapia para tratar de conocerse más a sí mismo. Este proceso, según sus propias palabras, se le antoja como una especie de “conmoción” que “llega hasta el tuétano y duele. Pero anima…”. En 1921 llega incluso a conocer a Carl Gustav Jung, a quien definió como “una persona espléndida, llena de vida, genial”. En su novela más conocida, El lobo estepario (1920), el inconsciente y las teorías freudianas jugarán un papel fundamental, algo parecido a lo que ocurre en Demian.

Relacionado con lo anterior, Hesse, ya adulto, también se acercó a la pintura como una forma de terapia. Y es que, como dijo en una carta a su amigo Felix Braun, “para toda la aflicción, que con frecuencia era insoportable, encontré una salida cuando empecé a dibujar y a pintar, cosa que jamás había hecho en la vida. Una cosa es que esto tenga objetivamente valor; para mí es una nueva inmersión en el consuelo del arte, que apenas podía darme ya la poesía. Es darse sin avidez, amar sin deseo”. Específicamente, el escritor alemán pintó y se codeó con artistas de la corriente impresionista.

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Al haber abandonado Alemania en 1919, pasando a residir en la vecina Suiza, Hesse vivió el auge del nazismo, al cual siempre criticó, desde fuera. En su país natal se le llegó a considerar un traidor a la patria por no participar en la demencia nacionalista. Tampoco miraba con muy buenos ojos ni al capitalismo de Estados Unidos (llegó a decir que el estadounidense era “altamente refinado” en todo lo relativo al dinero y la tecnología, pero “un niño de tres años” en lo que respecta a la moral o la religión) ni a la URSS, a la que condenó en varias ocasiones por su militarismo pese a considerar el modelo comunista como algo “necesario”. Por el contrario, sí que defendió con ahínco el proyecto europeo.

En 1946, tres años después de publicar su última novela, El juego de los abalorios, a Hesse le era concedido el Nobel de Literatura “por sus escritos inspirados que, al crecer en osadía y penetración, ejemplifican clásicos ideales humanitarios y altas calidades de estilo”, si bien cabe destacar que el escritor decidió no asistir a la ceremonia de entrega del galardón. En 1962, con más de una decena de novelas a sus espaldas, por no hablar de su actividad como poeta y cuentista, Hesse fallecía a los ochenta y cinco años en Suiza a causa de una hemorragia cerebral.

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La novela de la que hoy hablamos, Demian, fue escrita en apenas un par de meses allá por 1917, si bien fue publicada dos años más tarde. Inicialmente fue firmada bajo el seudónimo Emil Sinclair (protagonista y narrador de la propia obra), pero Hesse no tardaría en reconocer su autoría. Esta novela, como ya dijimos, también está muy influenciada por el psicoanálisis, llegando incluso a introducirse en la narración retazos de conversaciones mantenidas entre Hesse y el Dr. Lang (Pistorius en la ficción), su primer psicoterapeuta.

Demian, al igual que otras obras literarias como El guardián entre el centeno de Salinger o Matar a un ruiseñor de Harper Lee, pertenece al género narrativo del Bildungsroman (que en castellano suele traducirse como novela de aprendizaje o de formación). Así, en ella se nos participa de cómo Sinclair pasa de la inocencia de la infancia al mundo hostil e hipócrita de los adultos, con todas las tensiones que esto conlleva. Para Hesse este camino es sobre todo de carácter interior, es decir, que conduce hacia el descubrimiento de uno mismo, lo que considera el único deber real de todo ser humano. No será un recorrido fácil, pues “nada le es más desagradable a un hombre que tomar el camino que conduce a sí mismo.

Emil ve desde bien pequeño que su existencia está constreñida entre dos mundos muy dispares entre sí. El primero es el que existe en el seno familiar, un mundo que emana “un tenue resplandor, claridad y limpieza”, y dónde existen “las líneas rectas y los caminos que conducen al futuro”, que pasan por “la paz, el orden y la tranquilidad”. Es un mundo por lo tanto cómodo, sin perturbaciones y, especialmente, inocente. El otro mundo, el que aguarda fuera del hogar, es la antítesis del anterior.  Emil lo ve como una especie de “torrente multicolor de cosas terribles, atrayentes y enigmáticas”. Es por lo tanto un mundo “violento”, “prohibido”, dónde el más mínimo traspié da paso al “remordimiento y el miedo”.

Así, el niño lucha como puede contra la contradicción de querer para sí “lo bueno y deseable” y la atracción que ejerce sobre él las tentaciones del “mal”. En torno a este dualismo entre lo bueno y lo malo, entre la seguridad y la libertad, la paz y el dinamismo… gira toda la novela. Como veremos más adelante, la “solución” que da Hesse para este conflicto pasará por una especie de aceptación de los contrarios, algo no muy usual en el pensamiento occidental.

Como pasara con Adán y Eva, según el mito cristiano, Emil pierde su inocencia, irrecuperable, cayendo en la tentación, que viene de la mano de un chico mayor que él, el Nelson Muntz de turno, llamado Fran Kromer. Y es que, para no quedar mal delante de este matón, el joven protagonista se inventa la historia de que él es un ladrón. Y, si bien era mentira, este chico le obligará a robar bajo la amenaza de que sí no lo hace les contará a sus padres sus anteriores triquiñuelas. Este episodio, el de la caída, recuerda ciertamente al pensamiento kierkegaardiano sobre el pecado original, ya que el pensador danés era de la opinión de que todo hombre y mujer pierde su inocencia de forma parecida a como lo hicieron los padres de la especie, haciéndose culpable por ello.

Así, el remordimiento y el temor coetáneos al mundo exterior arramblan con la inocencia del muchacho, que ya ni siquiera se siente tranquilo y seguro en el hogar familiar, donde se ha colado el mal gracias a él. También, al ver que puede mantener un secreto ante su padre, se da cuenta de que este no es tan omnipotente como pensaba, es decir, que de este suceso también se deriva “el primer resquebrajamiento de la divinidad del padre, el primer golpe sobre los pilares en los que había descansado mi niñez y que todo hombre tiene que destruir para poder ser él mismo”. El hogar se convierte ahora en un dolor, en un recuerdo nostálgico, es decir, parafraseando a Milton, en un “paraíso perdido” imposible de recuperar.

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Por estas fechas Emil conoce en el colegio a Max Demian, a quien oye con total pasmo e interés como, ante los profesores, elucubra una reinterpretación del bíblico mito de Caín y Abel, afirmando que “el estigma” (es decir, la marca que Dios le puso en la frente al asesino de su hermano por su crimen) fue lo que existió en un principio y que, a partir de esta marca, se inventó la historia. Asimismo, Demian duda de que la marca lo fuese exactamente, pues bien podría haber sido simplemente “un poco más de inteligencia y audacia en la mirada”. Y es que para él el a priori es que “aquel hombre tenía poder” que “aquel hombre inspiraba temor”.

Así, para no reconocer la cobardía del más débil, muerto a manos del más fuerte, nació la mentira. Consecuentemente, “esa marca no era una vergüenza sino una distinción” que afirma ante el mundo que Caín (es decir, el superhombre nietzscheano) es superior a los buenos y piadosos precisamente por situarse por encima del bien y del mal. Esta idea ha sido tratada en múltiples ocasiones por el arte. Es, por ejemplo, la justificación del crimen que Hitchcock elucubra en La Soga.

Volviendo a la novela, su protagonista sitúa precisamente en este cuestionamiento del dogma bíblico “el punto de partida de mis intentos de conocimiento, duda y crítica”. Emil comienza a frecuentar la compañía de Demian, al que en cierta forma deidifica cuando este consigue librarle no solo del matón de Kromer, sino también del sentimiento de culpa que le corroe. Así, confesando sus errores en casa, Emil se situar ahora en una especie de “paraíso recobrado”, como dijera también Milton. Esto no consigue sin embargo reconstituirle al estatus de inocente, si bien sí que le hace sentirse “más joven, dependiente e infantil de lo que en realidad era”.

Un salto temporal nos presenta a un Emil mayor, pasados los inicios de la pubertad, en la juventud de su vida. Está escribiendo el mismo relato que el lector tiene entre sus manos, en los que ha plasmado los recuerdos que tenía de su infancia, y en donde ahora narra su amistad con Demian. Este un día le habla de los dos mundos que él siempre se había imaginado en su juventud. Demian, en otra clara muestra de librepensamiento, le dice que la religión satánica debería convivir con la cristiana, pues de lo contrario es negar la mitad de la realidad. Y es que esto lo justifica afirmando que tanto Dios como el Diablo existen, y ambos merecen respeto.

Tras meditar esta idea, Emil comienza a imitar a Demian y a llevar una vida disipada. Así, se va con un amigo de borrachera y descubre “el fuego y el ingenio” del alcohol mientras habla, por primera vez en su vida, de sexo. Al despertar, reconoce que, dejando de lado la delgada línea, está de pleno en el otro mundo, en el hostil, en el misterioso. En su paso a la etapa adulta de la vida, da muestras de cinismo, malignidad fingida, amor a la decadencia, así como sufre problemas monetarios y de salud por su consumo inveterado de alcohol y tabaco…

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Sin embargo, sigue reverenciando y buscando a Dios, es decir, que sigue deseando el bien pese estar atraído por el mal. Como le dirá Demian más adelante, y como se aprecia en muchos relatos hagiográficos (como en la propia vida de Santo Tomás de Aquino o en la biografía de Charles de Foucauld que aparece en El olvido de sí), “el libertinaje es la mejor preparación para el misticismo”.

Emil se enamora de una muchacha, a la que pone el nombre de Beatrice por Dante. Es este un amor platónico, tímido, ya que ni siquiera llegan a intercambiar palabra. Empieza a pintarla. Tras conseguir un parecido razonable de la muchacha, pasa a buscar su ideal femenino que, sin embargo, comienza a parecerse a Demian, e incluso a él mismo: “Cuando encuentro la clave y desciendo a mi interior, donde descansan, en un oscuro espejo, las imágenes de mi destino, no tengo más que inclinarme sobre el negro espejo para ver mi propia imagen, que ahora se asemeja totalmente a él, mi amigo y guía”. Igualmente, el resultado final se le antoja como una especie de “ídolo o mascara sagrada, medio masculina medio femenina, sin edad, a la vez enérgica y soñadora, tan rígida como misteriosamente viva”, y que “representaba mi interior, mi destino o mi demonio”.

Aparece aquí ya la solución para el conflicto entre el bien y el mal que se ofrece en esta novela, una solución que, extraña en la historia de la filosofía occidental,  pasa por la aceptación de los contrarios. Así, al igual que Demian, Emil comienza a adorar a Abraxas, un Dios de origen gnóstico cuya principal característica es que representa tanto el bien como el mal, uniendo en su seno “lo divino y lo demoniaco”.

“el pájaro rompe el cascarón. El cascarón es el mundo. Quien quiera nacer, tiene que destruir el mundo. El pájaro vuela hacia Dios. El Dios se llama Abraxas”

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Cerca del final del libro estalla la Primera Guerra Mundial. Hesse aquí nos dice que en Europa impera “la evasión al calor del rebaño”, es decir, que impera “el grupo y la manada” y desaparece “la libertad y el amor”. Esto se debe para el escritor alemán al gregarismo humano, que tiene su base en que “los hombres se unen porque tienen miedo los unos de los otros”. Mientras tanto, Emil (quien, como Demian, deberá partir a la guerra por obligación) empieza a enamorarse de la madre de Demian, a la que compara con su antiguo ideal. Así, al final lo que vence la distinción entre el bien y el mal, lo que supera incluso situarse por encima de esta separación, es el amor, que aparece como el máximo fin vital.

En definitiva, en esta novela de aprendizaje vemos como su protagonista pasa inicialmente de la inocencia, de la ignorancia, a ser engullido por el torbellino de la realidad, hostil pero tentadora. Posteriormente, a llevar una vida libertina le sucederá el misticismo, encarnado en la secta de Abraxas, para acabar finalmente en una especie de estado de revelación, equiparable al mundo de los sueños, en el que impera el amor como ideal. Y, por si fuera poco, todo esto Hesse es capaz de contarlo con sencillez, sin recurrir a vocablos abstrusos ni a proposiciones lógico-filosóficas, sino simplemente sirviéndose de una prosa sencilla pero cuidada, asequible para cualquier lector y verdaderamente bella. De ahí la calidad del producto final.

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