Introducción a la estética (1835), por G.W.F Hegel.

Sí, el mito es cierto: Hegel es infumable. Acercarse a su pensamiento, además de un intento de suicidio, constituye un suplicio por el cual la Iglesia católica debería canonizar sin excepción. Ningún mártir ha sufrido tanto como el lector de este filósofo; no hay saeta, piedra ni león capaz de producir tamaña agonía. La muerte es una siesta apacible comparada con el sopor letal al que Hegel induce. Y es que incluso una breve exposición a la más ligera de sus páginas puede provocar la saharización del cerebro, quedando su depositario en un estado catatónico de tal envergadura que lo único que puede hacer para sobrevivir dicho sujeto es correr a poner Zapeando o, de forma similar, tirarse escaleras abajo rezando porque el cráneo sufra los mayores daños posibles.

Ojalá el anterior párrafo no fuera más que una hipérbole pergeñada por un bloguero poco docto en la materia. Pero créanme si les digo que, si existe una verdad absoluta, universal, en esta vida, esa es que el plato hegeliano no solo es incomestible, sino indigesto incluso para los estómagos lectores más avezados. En primer lugar, como todo filósofo que se precie, la base de la receta es un tema elevado, preferiblemente aburrido y manido. A esto se le añade después varias dosis de abstracción abstrusa y ni una pizca de gracia. Luego se macera la masa resultante a fuego, más que lento, soporífero, revolviendo cada dos por tres sus tesis con un lenguaje parco en exposiciones claras, hasta que finalmente cuaja el latinajo o la cita entre alemanes. Tras varios días de cocción y otras tantas cabezadas, tendrá usted un libro más que apilar y, sobre todo, un título mejor que cualquier máster de la URJC: aquel que le acredita como lector de tan eximio pensador y le legitima para citarle en círculos pedantescos… si es que ha logrado sobrevivir a todo el proceso.

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No solo es harto difícil, que lo es, seguir los derroteros de su razonamiento. También es un coñazo. Palabra a palabra, lleno de una desafección vital incapaz de provocar la peor de las clases políticas, uno va perdiéndose hasta que llega a tener la necesidad de ojear la portada del libro para recordar cuál era el tema sobre el que trataba él mismo. No ocurre aquí como con Wittgenstein, quizá más incomprensible, si cabe, que Hegel, pero mucho más ameno e interesante que el alemán… si bien con esta apreciación entramos más bien en el fangoso terreno de la subjetividad.

A todo lo dicho anteriormente, cabe contraponerle la importancia de este autor y, especialmente, sus aportaciones en los campos de la dialéctica (que revolucionó radicalmente), la historia y la lógica. Además, que cueste leerle no quita que su pensamiento sea, al menos en ocasiones, brillante. Por ejemplo, una de las mayores contribuciones de Hegel al desarrollo de la filosofía occidental es su idea de que la razón no es estática (inmutable para todos los siglos y culturas), sino que es más bien dinámica, cambiante, es decir, sujeta al devenir histórico. Puede argumentarse que esta concepción hegeliana de la razón proviene de la aleación del pensamiento de dos filósofos muy anteriores a él: Baruch Spinoza y su “sustancia divina infinita” y la idea de Heráclito de que “todo fluye, nada permanece”.

Si estos dos filósofos son algunos de sus principales referentes, Hegel influirá a su vez a una gran cantidad de autores posteriores. Políticamente hablando, es curioso que estas “nuevas generaciones hegelianas” fueran tan disímiles entre sí: los hubo quienes entendieron a Hegel como un defensor del absolutismo (e incluso como un precursor del nazismo), mientras que otros se sirvieron de su método dialéctico para criticar este estilo de régimen. De esta última rama salieron sus “discípulos” hoy más conocidos: Feuerbach, Engels, Marx… o, más recientemente, Adorno y Foucault.

La obra de Hegel es importante enmarcarla en su contexto histórico, ciertamente convulso. El pensador alemán, cuyo nombre completo es Georg Wilhelm Friedrich Hegel, nació en Stuttgart allá por 1770 (año en el que también vendría al mundo Ludwig van Beethoven) en el seno de una familia protestante. Su juventud estuvo marcada por el impacto que tuvo sobre el continente europeo la Revolución Francesa y los acontecimientos que a esta siguieron (especialmente el régimen de Terror instaurado por Robespierre, así como las llamadas Guerras Napoleónicas), cuestión a la que Hegel dedicará no pocos estudios, especialmente para ilustrar su dialéctica. También por estas fechas tenía lugar la Guerra de Independencia norteamericana. En el plano de las ideas, la Ilustración, en suelo alemán representada en su más alto grado por Kant, daba sus últimos coletazos para dar paso al Romanticismo, preconizado entre otros por sus amigos Schelling y Hölderlin.

En 1807 aparece la que será su obra más conocida: Fenomenología del espíritu. Otras de sus obras más importantes son su Ciencia de la Lógica (1816), la Enciclopedia de las ciencias filosóficas (1817), los Elementos de la filosofía del Derecho (1820) o su Introducción a la estética (1835), libro del cual hablaremos a continuación. Junto a estos, cabe destacar, entre otros, sus estudios sobre la religión y la historia. A la par que escribía su polifacética obra filosófica, Hegel también se dedicó a la enseñanza de dicha materia en varias universidades alemanas, así como trabajó durante algún tiempo como periodista, si bien esto se debió al parecer más bien a motivos económicos. En 1831, a la edad de 61 años, Hegel fallecía en Berlín.

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Abordando ya la materia que nos atañe, para Hegel, la estética es la ciencia que estudia lo bello. La cuestión, por lo tanto, es saber qué es precisamente la belleza. Para él, esta no es una cualidad objetiva que tienen los objetos, personas, paisajes… sino algo subjetivo que los humanos somos capaces de apreciar, y cuya contemplación produce “sensaciones agradables”. De ahí que sea “imposible formular un criterio de lo bello” universal y eterno. Y es que la existencia de la belleza es científicamente indemostrable. Tan sólo es algo que sentimos que existe.

La belleza se encuentra tanto en el mundo natural como en el artificial, concretamente en las producciones artísticas. Según Hegel, “lo bello artístico es superior a lo bello natural, porque es producto del espíritu”, que es lo más elevado que existe, pues es el soplo divino que anida en el ser humano, y que le hace partícipe de la verdad. Por su parte, lo bello natural es tan sólo un “reflejo del espíritu”, una especie de “genio amigo que encontramos en todas partes”. Por ello, el arte que solo busca imitar a la naturaleza es inferior al simbólico o al abstracto, ya que encuentra severamente limitada su libertad creativa.

El arte, para el pensador alemán, ha sido la vía usada por el ser humano para adquirir conciencia de “las ideas e intereses más sublimes de su espíritu”, es decir, que tiene como función principal “despertar el alma”, mostrándola que existe algo que va más allá de lo que ve, algo invisible, inefable, espiritual. Así, no es de extrañar que la religión se haya servido del mismo a lo largo de la historia para dar representación a sus ideas. Relacionado con esto, el arte, al mostrarnos nuestras bajas pasiones, puede poseer un cariz tanto redentor, al inducir en nosotros el deseo de libertarnos de ellas, como condenador, al darnos a conocer malas conductas que posteriormente querremos imitar.

La belleza, y especialmente el arte, no satisfacen deseo práctico alguno. Su amante no quiere consumir el objeto artístico de su predilección, sino que busca deleitarse con él. El problema es que, según Hegel, en la cultura occidental este principio ha sido corrompido por “intereses mezquinos y puntos de vista utilitarios”, de lo que se deriva que “ya no estamos en condiciones de apreciar el arte en su justo valor”. Así, cuestiones como el dinero, el deseo de aparentar, el ansia de fama o poder… han usurpado el trono a la pulsión creativa.

En otro orden de ideas, el arte se le antoja a Hegel como un punto intermedio entre lo sensible puro y el pensamiento puro, es decir, entre la más límpida sensación y el más abstracto razonamiento. Así, en la intersección entre ambas facultades humanas, se encuentra el arte. Igualmente el sentimiento de lo bello es una cualidad que, si bien es en buena medida innata, es posible formar. Una vez trabajado, este sentimiento pasa a llamarse gusto, palabra que tiene también ciertas connotaciones electivas, de predilección de unas formas sobre otras.

Hegel establece tres grandes tipos o etapas de arte. En primer lugar estaría el llamado arte clásico, cuyo máximo afán es la perfección de la forma (véase Fidias). Tras él vendría el de carácter simbólico, cuya principal característica es ser abstracto, al buscar representar algo sin plasmarlo directamente (como ocurre en los cuadros de Klimt o en la poesía de Rimbaud o Baudelaire). Por último, el arte romántico presenta la pretensión de buscar ser algo más que arte (por dar un par de ejemplos, este es el arte preconizado por Mary Shelley en Inglaterra; por Novalis en Alemania; por Hugo en Francia; y Bécquer en España). El pensador alemán considera que “el arte simbólico está aún a la búsqueda de lo ideal, el arte clásico lo ha alcanzado ya y el arte romántico lo ha superado”.

Una de las partes más complejas de este libro es aquella en la que Hegel empareja y contrapone una serie de conceptos, tratando de explicar los motivos subyacentes a dicha distinción. Así, a la necesidad se le opone la libertad, al instinto la moral, al particular lo universal, al sentimiento el deber; y, especialmente, a la naturaleza el espíritu. Y es que, aun siendo un producto natural, para el pensador alemán el espíritu es algo más, pues “lo que eleva al hombre por encima del animal es la conciencia que tiene de ser un animal […] por el mismo hecho de que sabe que es un animal, deja de serlo […] para reconocerse y afirmarse como espíritu”. De ahí que para el filósofo lo bello artístico, como ya dijimos, sea superior a la belleza presente en la naturaleza.

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Para dar por terminada esta entrada, cabe decir que la misma no es sino un somero resumen, en cierta medida sesgado, del libro que trata. El recién citado sesgo proviene de haber tomado la precaución de eliminar todas aquellas cuestiones y referencias que o bien no me parecían interesantes o bien no llegué a entender del todo durante su lectura (que, he de reconocer, son las más). Y es que el principal problema de este libro, en mi humilde opinión, es que, aun siendo a grandes rasgos interesante, peca de enrevesado en su forma sin necesidad de ello (y, seguramente, sin pretenderlo siquiera), mientras que su contenido me atrevería a decir que es, aún a riesgo de enfurecer a los tifosi de Hegel, más bien simplón. Además, hablar de la belleza desde la más pura asepsia no es especialmente adecuado. Es como hablar de filosofía usando sólo la jerga del LoL.

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