Crítica de Isla de perros, de Wes Anderson (2018)

Si a cualquiera le pusieran delante un fotograma al azar de una película de Wes Anderson, identificaría al autor. Aunque tal vez no la cinta. El director de Texas ha logrado su meticuloso estilo visual apoyándose en una simetría enfermiza, en el uso de una paleta de colores plagada de tonos pastel y en una serie de rostros -y voces- de fama mundial, entre los que destaca el de Bill Murray. Pero poco más.

En su última película, Isla de perros, Anderson lleva al extremo las características que componían su filmografía y las renueva con las posibilidades que le da el stop motion -como ya hizo en Fantástico Mr. Fox– y con la localización, en este caso Japón. Aunque no un Japón contemporáneo. La idea de Anderson era imaginar la perspectiva que tendría Akira Kurosawa de su país para el futuro, pero desde la década de los 60.

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Se podrían alabar las cualidades técnicas de su última obra. O el trabajo y el tiempo que hay detrás de cada fotograma de la última película de Anderson. Pero eso ha sido lo único sobre lo que se ha hablado.

De la misma manera, se podría contemplar la posibilidad de comentar que Isla de perros no deja de ser una fábula sobre la situación que viven los seres humanos que son rechazados por los gobiernos del mundo. Pero esa idea ha sido ya manida por la prensa. Y es demasiado simplista.

El porqué se habla sólo de eso y no de que la película acaba siendo arquetípica -y plomiza-, por mucho que la protagonicen perros; o de que no se mencione que tiene ramalazos machistas, especialmente porque solo la protagonizan perros, es algo que debería cuestionarse.

Existe una visión unánime sobre la obra del director texano, que evita las voces críticas. Anderson se pasea (con su chaqueta de pana y su excentricidad medida como uno de sus planos) entre los aplausos de la crítica y el reconocimiento de los festivales. Pero tras nueve largometrajes, la eficaz fórmula que convirtió al director de Los Tenembaums (2001), Moonrise Kingdom (2012) o El Gran Hotel Budapest (2014) en uno de los niños mimados del cine parece destinada a agotarse.

Isla de perros no aporta nada nuevo. E incluso sirve para confirmar el motivo sobre el que siempre habla el director: la búsqueda y reencuentro con el padre, biológico o metafórico. Anderson, hijo de padres divorciados, actúa como un demiurgo que siempre acaba dejando a sus personajes establecer sus lazos de nuevo. Y eso a pesar de las pequeñas torturas a las que los somete.

Aun así, el punto más insufrible de Isla de perros es el machismo que destila. La asución de que los seres no antropomórficos no caerán en una visión androcéntrica queda pronto en el olvido. Los cinco perros que conforman el grupo protagonistas son hombres, que se organizan en torno a un perro cuyo objetivo vital será realizar el trayecto del héroe y quedarse con la chica guapa. Y, como es lógico, las mujeres en la película quedan destinadas a cumplir dos papeles: madre u objeto de deseo.

Cuando una filmografía acaba siendo tan similar, cuando todo se basa en la consabida estética, cuando se cuenta una y otra vez lo mismo… lo mejor es confiar en que Anderson se abra una cuenta en Instagram y vuelque ahí sus peculiares encuadres.

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