Walden dos (1948), por B. F. Skinner.

La República, de Platón; Ciudad de Dios, de San Agustín; Utopía, de Tomás Moro; La Nueva Atlántida, de Francis Bacon; Libertalia, de Daniel Defoe; Horizontes perdidos, de James Hilton; La Isla, de Aldous HuxleyMuchas son las utopías que han sido creadas en la ficción a lo largo de la historia de la literatura. Walden Dos, de B. F. Skinner, es una más en su género. Su principal diferencia es que, mientras que la mayoría de las recién citadas obras están basadas en principios filosóficos o morales de carácter abstracto… la comunidad utópica que en la novela de Skinner se nos enseña está basada en una rama de la psicología: el conductismo.

Burrhus Frederic Skinner nació en la primavera de 1904 en una pequeña localidad rural del condado de Susquehanna, Pensilvania. En su juventud, quiso ser escritor, por lo que decidió mudarse al bohemio barrio de Greenwich Village, barrio neoyorquino muy asociado al mundo del arte, pues lo han frecuentado o vivido en él artistas de la talla de Henry Miller, Bob Dylan, Walt Whitman, Jimmy Hendrix, el grueso de los integrantes de la Generación Beat… Pese a que este deseo profesional se verá inicialmente frustrado, este paso por Nueva York tendrá una importancia fundamental en la vida de Skinner, ya que tras su estancia allí decidirá mudarse a Havard para estudiar psicología, rama del saber por la que hoy es recordado.

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Skinner fue en vida (falleció en 1990 de leucemia) uno de los principales defensores del conductismo, que, como su nombre indica, pone el énfasis en la conducta y en la influencia que tiene en la misma la genética y el ambiente a la hora de explicar la psique humana. Acorde con su ideario, defendió el condicionamiento, es decir, la ingeniería social, como forma crear sociedades más justas, felices y respetuosas con el medio ambiente, otra de sus principales preocupaciones. Así, preconizaba que se debía condicionar a la población mediante refuerzos positivos o eliminación de refuerzos negativos de cara a eliminar comportamientos perjudiciales para la sociedad.

Partiendo de la base de queel malo hace lo malo porque lo malo es compensado” y de que “el bueno hace lo bueno porque su bondad es recompensada”, Skinner llega a la conclusión de que no existe una verdadera libertad. Y como los “refuerzos para los comportamientos malos y buenos son caóticos y están fuera de nuestro control” el escritor estadounidense considera como mejor alternativa que “tomemos control, como sociedad, y diseñemos nuestra cultura de tal forma que lo bueno sea recompensado y lo malo se extinga”. Consecuentemente, “con la correcta tecnología conductual, podemos diseñar la cultura”.

Este deseo de realizar una sociedad creada bajo los auspicios del conductismo Skinner lo realizó en la ficción en su novela Walden dos (1948), quizá su obra más importante junto a las más teóricas Más Allá de la Libertad y la Dignidad (1971) y Sobre el conductismo (1974). Es significativo que la novela de Skinner “afirme” ser la continuación de Walden, de H.D. Thoreau, si bien no pueden ser más diferentes. Y es que mientras que en Walden (Uno) lo que se crea es un proyecto de subsistencia alejado lo más posible de la sociedad, en la tranquilidad de los bosques, en Walden (Dos) se construye una sociedad utópica en la que la ciencia de la conducta ha mejorado la calidad de vida de sus miembros.

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El narrador de esta historia es un profesor anónimo, aburrido por su trabajo y descontento consigo mismo, que quizá sea un alter ego del propio Skinner, si bien esto es conjeturar demasiado por mi parte. Un buen día, se presentan en su despacho dos jóvenes que, como la mayoría de su edad, afirma no saber que desea hacer con su vida, si bien esta desafección vital no ha terminado con sus ilusiones e inquietudes, pues “queremos investigar qué le pasa a la gente, por qué no pueden vivir juntos sin estarse peleando todo el tiempo”.

Estos jóvenes informan a su profesor de que un tal Frazier, quien resultará haber sido compañero de la facultad del docente en sus tiempos mozos, ha formado una comuna, llamada Walden Dos, en la que corre el rumor de que todo funciona correctamente y en la más perfecta armonía. Acuciados por la total falta de interés que presentan sus respectivas vidas, el profesor, los dos jóvenes, sus dos novias y otro profesor, el escéptico Castle, viajarán al lugar a visitarlo y, si gustan de él, a engrosar sus filas.

En este punto es importante destacar que la psicología de los personajes de esta obra, apenas dibujada por su autor, e incluso ellos mismos, poco importan. Y es que los personajes son utilizados pragmáticamente por Skinner para presentarnos Walden Dos, comunidad que es verdaderamente el protagonista del relato. Igualmente, si hubiese que juzgar esta novela únicamente por su estilo literario, no sería sino un cero a la izquierda, pues está escrita de una forma aséptica, sin preocuparse lo más mínimo por el apartado estético. Y es que lo que nos quiere trasmitir Skinner son las pormenoridades del funcionamiento de la comunidad utópica, así como sus fundamentos teóricos.

El creador de Walden Dos, Frazier, es el que nos describe el lugar y su articulación, ya sea por iniciativa propia o al responder a las preguntas de sus invitados. Lo primero que cabe destacar de esta comunidad utópica es que ha logrado, “con ayuda de la tecnología moderna”, ser autosuficiente, sin que de esto se haya derivado caer en la autarquía. Su funcionamiento no responde a un ideario político concreto, sino a la aplicación de “la ingeniería de la conducta”, que está basada en “una constante actitud experimental hacia todo”, es decir, a “considerar cada hábito y cada costumbre como susceptible de mejora”.

A grandes rasgos, se pueden cifrar en tres los cambios radicales que ha introducido Walden Dos en su seno. En primer lugar, se ha desvirtuado la familia, que pasa a ser la comunidad en su conjunto. Así, los niños son criados en guarderías por todos los adultos, no sólo por sus padres biológicos. Igualmente, se han “industrializado” las tareas del hogar, lo que repunta en una mejora de la eficiencia.  Por otra parte, desde la más tierna infancia, a los infantes se les condiciona y se les enseña, al más puro estilo estoico, que lo más importante en la vida es el autocontrol. Para lograrlo, existe “un sistema de molestias y frustraciones, gradualmente mayores” que, de forma personalizada, busca hacer que los niños sean más realistas y menos instintivos que los niños de fuera de Walden Dos.

El segundo gran cambio es el operado en el mercado laboral. Y es que en Walden Dos no existe el dinero, sino una especie de créditos de trabajo, cuyo valor se va ajustando según las necesidades de la comunidad. Así, ser bailarín o cantante cuando muchos quieren serlo otorga poco “dinero”, mientras que limpiar las alcantarillas es como ser directivo de altos vuelos en el mundo exterior. Sea como sea, “todos los productos y servicios son gratis” (los créditos solo dan ciertos beneficios y ventajas) e, independientemente del trabajo que se realice, la jornada laboral no suele superar las cuatro horas diarias.

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La idea subyacente a este modelo laboral es, como dice Frazier, que “un sistema basado en las ganancias es malo incluso cuando el obrero consigue para sí los beneficios, porque el esfuerzo de trabajo suplementario no se compensa con ningún beneficio por muy grande que sea”. Además, al trabajar para la comunidad y no para un determinado jefe, “la lentitud deliberada se convierte en inconcebible”, al igual que, al ser un amigo, un vecino, el que “sirve” al consumidor, tampoco se trata mal al trabajador.

El tercer cambio fundamental corresponde a la propia estructura social de Walden Dos. Su carta magna se llama código de conducta, y es ciertamente poco intrusiva en la libertad del individuo, limitándose simplemente a ciertas normas de convivencia. Asimismo, en la comunidad se ha llevado a cabo una ingeniería cultural que busca que sus integrantes miren con malos ojos a la fama y a la fortuna, lo cual Frazier afirma haber conseguido eliminando el culto a la personalidad. Y es que, según sus palabras, “un triunfo sobre otro hombre nunca es un acto meritorio”. Como una herramienta adicional para lograr este objetivo, se fomenta la ciencia y el arte cooperativo.

Más allá de actos concretos, como puede ser un concierto o una representación teatral, en la comunidad no existen horarios, si bien se organizan entre todos para evitar masificaciones, tan insanas como peligrosas a ojos de Frazier. Así, se intenta aprovechar al máximo las instalaciones, ya que están en uso constante. De forma parecida, el transporte existente es de propiedad comunal.

Las grandes decisiones políticas recaen sobre el Consejo de planificadores, que sería el equivalente al poder ejecutivo y legislativo. Sus cargos duran diez años, y no son electos democráticamente. Debajo de los planificadores están los administradores, que serían los burócratas de turnos, encargados de la implementación de las “políticas públcias” (si bien Frazier afirma que en Walden Dos no existe la política) que han elaborado los planificadores, cuya máxima es tratar de lograr “objetivos prácticos y temporales”.

Ante las acusaciones de que ha creado una comunidad en la que ha dejado de existir la inteligencia y la iniciativa personal para sustituirlo por lo artificial, por el hacer de la máquina,  Frazier, al igual que Skinner, niega rotundamente que exista la libertad, en Walden Dos o fuera de él. Lo único que ha hecho “es mantener la inteligencia en su debido cauce, buscando el bien colectivo de la sociedad en lugar del bien individual”.

Sea como sea, lo que no queda claro es porqué “en Walden Dos no tenemos clase ociosa, ni ancianos prematuros, imposibilitados, borrachos, criminales, ni mucho menos, enfermos”, afirmación bastante poco creíble, aún partiendo de la base de que uno esta leyendo una novela utópica. Al final de la obra, en sus últimas líneas y prácticamente por primera vez en la novela, aparece una cita del Walden de Thoreau: “la luz que nos ciega es para nosotros oscuridad”.

En un prólogo a Walden Dos, fechado en 1976, su autor nos confiesa que “las insatisfacciones que me llevaron a escribir Walden dos eran de carácter personal”, si bien ya le preocupaba “la cuestión del control de la conducta humana”. Asimismo, nos define este proyecto utópico como una especie de “experimento piloto” que busca reducir el consumo de la sociedad sin que esto conlleve un sacrifico. Si bien reconoce la necesidad de trabajar para sobrevivir, Skinner dice que esto no conlleva que “tengamos que trabajar como negros, como aconseja la ética protestante”.

En ese mismo prólogo, Skinner afirma que ve cuatro grandes riesgos que amenazan la supervivencia humana, que son el agotamiento de los recursos naturales, la contaminación medioambiental, la superpoblación y la nunca descartable del todo posibilidad de un holocausto nuclear. La idea básica del pensamiento del escritor estadounidense, y específicamente de esta su única novela, es que los avances epistemológicos y tecnológicos pueden ayudarnos a mitigar o retrasar estos problemas, pero que lo mismos seguirán existiendo hasta que no cambiemos, vía ingeniería social, nuestra conducta como especie.

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