Clásicos de la literatura universal: La vida del Buscón (1626), por Francisco de Quevedo.

Francisco Gómez de Quevedo nace en la villa de Madrid en el año 1580. Su infancia estará fuertemente marcada por su propia constitución física, pues la extrema miopía y la deformación que sufría en ambos pies le convertirán en un niño acomplejado que buscará refugio en los libros. A esta naturaleza introvertida debe sumársele el gran impacto que tuvo que tener en su formación la muerte de su padre (quien fuera secretario de María de Austria, la hermana de Felipe II), acaecida cuando el futuro escritor contaba con tan sólo seis años.

Una década después, a los dieciséis, Quevedo marcha estudiar teología en la Universidad de Alcalá, si bien no termina sus estudios. Ya en esta etapa temprana de su vida Quevedo empieza a labrarse un nombre en el mundo de las letras con sus escritos satíricos y burlescos. Haciendo un inciso, aquí cabe preguntarse si esta vena sardónica tan presente en la obra quevediana no nacería precisamente como una especie de mecanismo de defensa que su autor tomó por oportuno alzar contra los que le injuriaban por sus taras físicas. Sea esta conjetura cierta o no, es indudable que Quevedo sentía un deleite intrínseco en escribir de aquesta manera.

quev

Igualmente, también se remonta a esta etapa estudiantil la enemistad de Quevedo con Luis de Góngora, con el que mantiene un beef que durará hasta la muerte de este último, y a quién dedicó el más que conocido soneto A una nariz, que en su primera estrofa dice:

“Érase un hombre a una nariz pegado,

érase una nariz superlativa,

érase una nariz sayón y escriba,

érase un pez espada muy barbado”.

Por su parte, Góngora llamaba al madrileño “Francisco Quebebo” por su conocida afición al alcohol. Esta enemistad, sin embargo, era más literaria que personal, si bien los ataques no deslindaban lo uno de lo otro. Y es que, mientras que Quevedo era defensor del llamado conceptismo, Góngora era el máximo exponente del culteranismo, por él creado. Si bien volveremos a esta cuestión más adelante, la primera distinción que cabe hacer entre ambos movimientos literarios es que, mientras que los seguidores de Góngora ponían el énfasis en la forma, para los conceptistas esta debía estar supeditada al contenido, al cual consideraban lo verdaderamente fundamental de un texto literario.

La sátira, más allá de la reputación claroscura que le dio en vida y la fama de escritor ingenioso y mordaz que con ella se labró para la posteridad, también le supuso a Quevedo no pocos problemas legales. Se dice, incluso, que para evitar el castigo de la Inquisición (y también para impedir que otros se lucraran a costa de vender sus obras satíricas, firmadas normalmente bajo pseudónimo o de forma anónima) él mismo denunció ante el Tribunal del Santo Oficio algunos de sus escritos. Igualmente, este estilo de panfletos y libretos también le valieron numerosas enemistades y reproches del público más puritano de la España de la época. Así, por ejemplo, en 1635 circuló un panfleto en el que se tildaba al escritor de “maestro de errores, doctor en desvergüenzas, licenciado en bufonerías, bachiller en suciedades, catedrático de vicios y protodiablo entre los hombres”.

Pese a que hoy es recordado prácticamente en exclusiva por esta su actividad satírica, cabe decir que Quevedo también compuso innumerables poemas en los que cantaba al amor, así como que también salieron de su pluma escritos de carácter religioso y filosófico, estando el escritor español muy influido, especialmente en su etapa más madura, por el estoicismo grecorromano de autores como Séneca, Epicteto o Marco Aurelio (aquí hemos hablado de sus Meditaciones). Por otro lado, también es conocida por todos la misoginia y el antisemitismo de Quevedo, ideas prejuiciosas presentes en los más de sus escritos. Igualmente, el escritor madrileño, que vivió la revuelta de catalana de 1640, llegó a afirmar que “en tanto en Cataluña quedase un solo catalán, y piedras en los campos desiertos, hemos de tener enemigos y guerra”.

Al igual que su padre, Quevedo también tuvo un papel activo en la política en unos tiempos extremadamente convulsos. En su infancia, vivió el desastre de la Armada Invencible, lo cual fue un duro golpe para el orgullo patrio. En este punto, cabe decir que, pese a ser un infatigable defensor de lo español frente a lo extranjero, Quevedo también criticó sin piedad a la sociedad y clase política de su época. De forma parecida a como haría Unamuno siglos más tarde, Quevedo se duele por una España a la que siente en lo más íntimo de su ser.

Ya adulto, reinando Felipe III, Quevedo asciende a las altas esferas de la política de la mano del duque de Osuna, quien es nombrado virrey de Nápoles. Sin embargo, al perder este la confianza real, Quevedo es obligado a confinarse en sus dominios en Villanueva de los Infantes, en la provincia de Ciudad Real, donde se dedica de pleno a la literatura.

Sin embargo, el ascenso al trono de Felipe IV trae consigo el indulto de Quevedo, quien llegará a ser incluso secretario del nuevo monarca gracias al Conde Duque de Olivares. No obstante, como ya le pasara con el anterior rey, vuelve a caer en desgracia, por lo que, ya anciano, abandona toda pretensión política y vuelve a sus tierras. Es aquí donde el escritor morirá en 1645 a los 65 años de edad, dejando tras de sí una más que prolífera y ecléctica carrera literaria. Y es que de su pluma salieron obras tan dispares como sus Sueños y discursos, Execración contra los judíos, Gracias y desgracias del ojo del culo y, entrando ya en materia, la novela La vida del Buscón, inscrita en el género de la picaresca.

Antes de comenzar la reseña de esta obra, es importante destacar que, mientras el Imperio Español empezaba ya su irrefrenable decadencia, acelerada por la inflación que provocó el aluvión de metales preciosos traídos desde América, las letras y arte español se encontraban, por el contrario, en lo que para muchos es su momento álgido en la historia, de ahí que se le dé el nombre del Siglo de Oro a este período. Y es que, contemporáneos o muy cercanos en el tiempo a Quevedo, cabe citar a otros artistas y pensadores como Miguel de Cervantes, Lope de Vega, Tirso de Molina, Calderón de la Barca, Baltasar Gracián, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, Diego Velázquez, Francisco de Zurbarán… por citar tan sólo a algunos de los más destacables nombres que vivieron y crearon en aquella época.

buscon

La Historia de la vida del Buscón, llamado don Pablos; ejemplo de vagamundos y espejo de tacaños fue publicada en 1626. Sin embargo, cabe destacar que Quevedo nunca reconoció su autoría. Así, en 1640, cercana ya su muerte, el escritor madrileño elaboró un catálogo de su bibliografía completa en el que no incluyó esta novela, única que escribiera en vida. Como ya dijéramos más arriba, es posible que esta omisión tuviese su razón de ser en otro intento de Quevedo de evitar los calabozos, en el mejor de los casos, de la Inquisición.

Como dijo el filólogo Lázaro Carreter, a quien se le debe la edición más leída en la actualidad de esta novela, en El Buscón no se aprecia intención moralizante alguna. Al contrario que ocurre en La Familia de Pascual Duarte de Camilo José Cela, el protagonista de este relato no es un modelo de conductas a ser evitado, sino simplemente una tipología humana muy extendida en la época que le tocó vivir a Quevedo, tipología que el autor retrata sin juzgar. Así, Carreter argumentó también que la novela debía ser más bien tildada “estetizante” o de ingenio, ya que en ella un joven Quevedo está experimentando estilísticamente. Independientemente de lo anterior, es indudable que esta obra debe ser inscrita en el género de la picaresca, siendo el máximo exponente de este género junto a El lazarillo de Tormes y Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán.

Igualmente, entendiendo El Buscón como una novela de juventud que busca más la innovación que la perfección, quedan explicados ciertos defectos que presenta la obra en lo que se refiere a su estructura y su tiempo narrativo, ya que existe alguna que otra contradicción. Sea como sea, los críticos literarios han fijado, a través de algún que otro acontecimiento real del que Quevedo dejó constancia en estas páginas, que su ambientación debe situarse no antes de 1601.

Narrado en primera persona al estilo de una autobiografía falsa, es el propio Buscón, llamado Pablos, quién nos cuenta las peripecias de su vida. Es, como suele ser habitual en este estilo de novelas, una especie de confesión, que Pablos dedica a alguien que nos es desconocido, seguramente su “señor” o, cuanto menos, alguien ilustre, pues le trata de vuesa merced. Sin embargo, cabe destacar que en ocasiones, como ya dijéramos en el párrafo anterior, Quevedo parece obviar lo escrito anteriormente, ya que en ciertos lugares de la novela Pablos se dirige directamente a un futurible lector imparcial y no a este ficticio caballero.

Pablos nace en el seno de una familia de lo más peculiar. Pese a que su padre tiene una barbería, el verdadero negocio no es cortar y mesar las barbas de los clientes, sino que el hermano de Pablos corte la bolsa (el monedero) de los mismos. Su madre, por su parte, es el perfecto chivo expiatorio, pues recoge en su persona los tres oficios más odiados por la Iglesia, ya que es bruja, prostituta y alcahueta. Pese a las presiones de este ambiente familiar, que quieren convertir al joven Pablos en uno de los suyos, es decir, en un pícaro que vive de estafar o robar a los demás, Pablos quiere desde bien pequeño ser caballero, pues “yo quería aprender virtud resueltamente”.

Para conseguirlo, Pablos no encuentra un modo mejor que ser el “pelota” del poderoso de turno, Diego Coronel, de cuna ilustre, y a quién seguirá en sus estudios como amigo y sirviente. Juntos caen bajo la instrucción del magistrado Cabra, “archipobre y protomiseria”, y dónde están a punto de morir de inanición y falta de higiene. Y es que allí las comidas eran eternas, pues no tenían ni principio ni fin.

Mientras tanto, los padres de Pablos son ajusticiados, la una por la justicia religiosa y el otro por la profana. A Pablos le acoge su tío, Alfonso Ramplón, verdugo de oficio y borracho por vocación. Así, no es de extrañar que el joven sienta vergüenza hacia él y huya. Poco a poco, asimismo, se ha ido operando un cambio en su interior. Y es que, al ver por sus propios ojos que el mundo está lleno de pícaros, y que las artes de las que estos se sirven son útiles para sobrevivir, Pablos toma una resolución: «“Haz como vieres” dice el refrán, y dice bien. De puro considerar en él, vine a resolverme de ser bellaco con los bellacos, y más, si pudiese, que todos». Así, el que un día quiso ser caballero ha chocado contra la realidad y, en vez de tratar de conseguir el imposible de cambiar esta, ha decidido abandonar su idealismo y ser igual o peor que todos. Aquí es cuando nace verdaderamente el Buscón, término que alude al que se busca la vida por todos los medios posibles… salvo mediante el trabajo honrado.

Se suceden aquí tres episodios de relleno, si bien jocosos, que juntan a Pablos con un espadachín que sustenta su arte en la matemática y la trigonometría, un ermitaño un tanto peculiar y  un poeta callejero que, según sus palabras, posee más de un millón de versos en el haber. Finalmente, Pablos, acompañando a Diego Coronel, va a parar a un colegio religioso en Alcalá de Henares, donde recibe palos a diestro y siniestro y se ejercita en el arte del pícaro. Finalmente, de allí saldrá tan “bienquisto del pueblo, que dejé con mi ausencia a la mitad de él llorando, y a la otra mitad riéndose de los que lloraban”. Y es que, antes de irse, ha orquestado un gran timo.

Pablos ahora intenta adentrarse en el mundo cortesano. Además de una vida acomodada, “la cosa que más me consolaba” es la posibilidad de codearse con gente que desconozca sus orígenes. Aquí Quevedo nos pinta a los cortesanos e hidalgos como los pícaros entre los pícaros, tildándolos de “cofrades del estafón”. Y es que mientras que los unos son corruptos por naturaleza, solo velando por los intereses propios (o clientelares), el hidalgo se nos presenta como un adulador rácano que no da un palo al agua, y que se sirve de la apariencia para gorronear la comida  y el vino del vecino, más pobre que él.

El siguiente as en la manga del Buscón, que, como todos los anteriores, acabará por no resultar del todo, es el intento de Pablos de conseguir una generosa dote casándose con una mujer de bien. Sin embargo, su antiguo amo, Diego Coronel, aparece y le quita fácilmente a la mujer, ya que descubre que Pablos se está haciendo pasar por hidalgo sin serlo. Así, su siguiente truco será hacerse poeta, empresa en la cual, por fin, tiene cierto éxito, oficio que alterna con ser galán de monjas.

Pablos llega finalmente a Sevilla. Ya es un rufián profesional. Como hiciera su padre, escoge por compañera vital a una prostituta, a quien conoce estando refugiado en una Iglesia (ya que ahí no podían arrestarle las autoridades civiles), y con la que proyecta trasladarse al Nuevo Mundo; viaje que, tal y como se afirma al final de esta novela, aparecería en una segunda entrega de la misma, lo cual nunca llegó a cumplirse. Sea como sea, lo único que se sabe es que en el Nuevo Mundo “fueme peor, como v.m. verá en la segunda parte, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar, y no de vida y costumbres”.

Vista a grandes rasgos la trama, toca ahora hablar del estilo literario con el cual se narra esta historia. Para hacerlo, es absolutamente necesario hablar del conceptismo. Y es que lo que hace Quevedo en esta su única novela es experimentar constantemente con las máximas y técnicas del mismo. A grandes rasgos, como dijera el propio Quevedo, cabe decir que el máximo afán de esta corriente literaria es “preñar los conceptos”, es decir, saturar al significante de significados, permitiendo más de una lectura. Como ejemplo de ello, en El Buscón Quevedo nos presenta a un personaje afirmando que era “de muy buena cepa”, es decir, que era alta alcurnia y/o buen bebedor.

quevv

Asimismo, sin lugar a dudas, el mecanismo más empleado a lo largo de esta novela es la distorsión grotesca, que se sirve de hipérboles, juegos de palabras, neologismos y, especialmente, de la cosificación y la animalización, para crear sus composiciones, que en cierta medida recuerdan al expresionismo y a las creaciones del Barroco. Con la descripción de la fisionomía Quevedo alude también a la personalidad y principales costumbres, normalmente de carácter vicioso, del propio sujeto. Todo ello resulta en que el Buscón sea una obra maestra del humor. Por ello, es cuanto menos extraño que André Bretón no incluyese ningún fragmento de la obra de Quevedo en su Antología del Humor Negro.

Para dar por finalizada esta obra, queremos rescatar algunas de las descripciones y juegos de palabras más ingeniosos, a nuestro juicio, que aparecen en este libro. Así, como muestra de la anteriormente citada deformación hiperbólica, el caballo que en un momento dado monta Pablos de niño, de viejo que era, “a tener guadaña, pareciera la muerte de los rocines”. Asimismo, “más de manco que de bien criado, iba haciendo reverencias”. De forma parecida, es tanta la mugre que habita en la ropa del magistrado Cabra que su “sotana, según decían, era milagrosa, pues no se sabía de que color era”.

Otro suceso tremendamente gracioso y muy del gusto escatológico de Quevedo es aquella noche que Pablos pasa en prisión, y donde “no me habían dejado cerrar los ojos, de puro abrir los suyos”. Aunque no hace falta explicarlo en demasía, esta frase viene a decir que Pablos no pudo dormir del ruido que proferían sus compañeros por el tercer ojo. Por último, como ejemplo de juego de palabras, cabe decir que a los destinados a las galeras Quevedo los trasforma en “condenados al hermano de Rómulo” (véase Remo).

En definitiva, en esta obra Quevedo se sirve de los mecanismos deformadores del conceptismo para retratar, caricaturizándola, a la sociedad española de la época. Pese a es una obra humorística, también es oscura, lo que recuerda a ciertas pinturas satíricas de Goya. Asimismo, El Buscón no puede rehuir más el tratar la belleza, que no tiene la más mínima cabida en sus páginas. Quevedo está aquí experimentando, probándose a sí mismo, buscando alejarse lo máximo posible de los “gorgoritos” innecasarios del lírismo, parafraseando a Victoriano Crémer. Por ello, las innumerables muestras de ingenio y humor que esta obra presenta perdonan los errores y defectos estructurales que la misma padece.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s