Grandes obras que deberías leer: El Leviatán (1651), de Thomas Hobbes

El Leviatán de Thomas Hobbes es un clásico de las obras del pensamiento político y moral. Escrito un siglo después de que Maquiavelo diera el comienzo a la Ciencia Política tal y como la conocemos en El Príncipe, Hobbes asentó las bases de las teorías políticas basadas en el contrato social, así como se considera que funda la filosofía política moderna.

Thomas Hobbes nació en Inglaterra a mediados del Siglo XVI, de un parto prematuro, según él mismo cuenta, dado que su madre estaba aterrorizada ante la próxima invasión de la Armada Invencible Española. Con una vida dedicada al estudio, Hobbes vivió por toda Europa aprendiendo las diferentes filosofías y disciplinas científicas de la época, contrarias a la educación escolástica que recibió en su juventud en Inglaterra. Esto le marcó profundamente, y es notorio en el Leviatán, donde hace duras críticas al pensamiento escolástico y sobre todo a la difusión y terminología que utiliza.

En 1642 estalló la Guerra civil en Inglaterra entre los partidarios del rey y los del parlamento. Hobbes vivía en París por esa época, lugar al que se exiliaron numerosos partidarios del rey, lo que le granjeó la compañía de estos y lo que le hizo tomar un mayor interés por la política y le llevó a escribir la obra de la que aquí hablamos. Thomas Hobbes es recordado por sus escritos sobre política, pero fue un escritor prolijo y dejó obras de matemáticas, geometría, teología, historia y ética.

Entrando en la materia que nos atañe, es decir, El Leviatán, la obra está escrita como si de un discurso se tratara, cosa que recuerda poderosamente a otro pensador inglés, John Stuart Mill y su Sobre la Libertad. Dividida en cuatro partes, el “método” que emplea Hobbes para desarrollar su teoría es el de la “geometría”, la cual es la “ciencia más exacta y mejor” al contrario de la filosofía, que por no usar el método de la geometría de “comenzar su raciocinio por las definiciones y explicaciones de los nombres que vayan a usarse” las conclusiones que saca son “absurdas, característica inherente y exclusiva del ser humano”.

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El desarrollo de todo el libro se hace en base a silogismos que el autor da por verdades absolutas, que tras razonarlos llevan a conclusiones que le sirven para su propósito, que no es otro que “el incremento de la ciencia y el beneficio del género humano”. La preocupación de Hobbes ante la Guerra Civil que se está desarrollando en el país que le vio nacer es palpable a lo largo de toda la obra, y su propósito es demostrar que lo que necesitan los hombres para gobernarse en paz es un gobierno fuerte que les impida enfrentarse entre sí y les asegure una convivencia segura y pacífica.

El planteamiento hobbesiano de El Leviatán, también recuerda poderosamente al de Maquiavelo, dado que como Hobbes mismo afirma en la obra, “quien renuncia a los medios renuncia a los fines”, doctrina que sigue todo el tiempo en el desarrollo de su idea. Nunca hay que renunciar a ningún medio si el fin está suficientemente justificado, y en este caso, para Hobbes, lo está.

La primera aparte del libro es de una lectura un tanto tediosa. En esta, Hobbes nos muestra que las pasiones es lo primero que impulsa el hombre a actuar, pero Hobbes nos va “descubriendo” lo que él llama leyes de naturaleza, que harán que los hombres formen un Estado. Las pasiones humanas tienen diferentes grados: están las pasiones tal y como las conocemos, pero estas se pueden hacer extremas, llegando a la violencia o la locura. Siendo conscientes de que un solo individuo puede llevar una pasión hasta el extremo de convertirse en violento, el problema es que este arrastre a más personas que hagan colapsar a la sociedad.

Tras hacer una larga lista de las pasiones y hacia dónde conducen, Hobbes analiza el poder. Los hombres tienen dos tipos de poder, los cuales al combinarse se convierten en el poder fuerte necesario para el gobierno. Son el poder natural (belleza, ideas…) y el poder instrumental (riqueza, amigos, secretos…). La mezcla de estos lleva a lo que Hobbes llama “liberalidad”, que es lo que permite acceder a más poder. El poder llama al poder, y este es más accesible si viene de una amalgama de voluntades individuales, no de una sola.

“El valor o estimación de hombre es (…) su precio”, es decir, “tanto como sería dado por el uso del poder”. Hobbes da un valor monetario a las personas en función de lo que otro pagaría en base al poder que tiene. La cantidad monetaria que se daría por alguien es una muestra de distinción, dado que “estimar a alguien en alto precio es honrarle”. El autor hace unas digresiones sobre la honra y el honor, a veces en positivo (cómo honrar a alguien) y otras en negativo (qué hacer para no deshonrar), siempre con el objetivo de demostrar que los reyes son honrados porque lo merecen y que estos a su vez pueden repartir honras entre los súbditos que lo merezcan. En este punto es cuando Hobbes se vuelve más servil y menos crítico, puesto que llega a afirmar que la obediencia es honrar a alguien, al igual que coincidir en las opiniones. Hace hincapié en normas de buena educación y conducta, pero hay veces que da la impresión de que exagera en sus conclusiones, siendo servil y excesivamente dócil.

Ahora bien, sí que atiende a que esta honra, tanto personal (la que se da entre hombres) y la civil (la que proporciona el Estado, ya sea con puestos de importancia o con títulos nobiliarios) depende de las costumbres de la sociedad en la que se circunscribe, lo que es muy importante a lo largo de la obra. Y es que hay que entender El Leviatán como una obra escrita por un autor cristiano, inglés y monárquico que intenta justificar sus ideas, en la que se da entrada a algunos pilares del pensamiento liberal que se comenzará a desarrollar y extender por toda Europa.

Hobbes describe a la raza humana como pasional, en una búsqueda constante de la felicidad, ignorante y con una igualdad natural plena, anticipando así los valores de igualdad que nacen con el liberalismo. Esta igualdad es la que conduce a los hombres a los problemas, unida a la búsqueda de la felicidad, dado que en cada cultura habrá unas formas diferentes de sentirse realizado, lo que puede chocar con los deseos de otros de hacer lo propio. La ignorancia les llevará a actuar según lo que digan las leyes y costumbres establecidas en la sociedad en que vivan así como a fiarse de otras personas que pueden estar equivocadas, y, por último, esta igualdad que les hace tan parecidos, ellos no la creen, sintiéndose siempre más listos que todos los que les rodean.

La igualdad en la capacidad lleva a la igualdad en la consecución de los fines: “Si dos hombres desean lo mismo, y en modo alguno pueden disfrutarlo ambos, se vuelven enemigos”. Esta es la desconfianza natural que los seres humanos tenemos, lo que nos lleva en el Estado de Naturaleza a anticiparnos al resto y a tratar de dominar a los demás. Así, como El Estado de Naturaleza no hay leyes, las personas se tendrán que organizar para subsistir sin matarse los unos a los otros, lo que les desagradará, dado que querrán que los demás les consideren igual que ellos hacen, es decir, mejores que los demás, lo que no pasará nunca y desembocará en conflicto.

Con todo esto, es manifiesto que durante el tiempo en que las personas viven sin un poder común que los atemorice a todos, se hallan en Estado de Guerra, una guerra de todos contra todos, que no ha de ser un combate constante, sino una propensión a luchar mientras no haya indicios de paz. En este estado de guerra hay que decir que no hay nada injusto, dado que no hay leyes, por lo que cada individuo puede actuar de acuerdo a sus pasiones y a sus derechos naturales.

Los hombres tienen derechos naturales, siendo el más importante el de usar su libertad para usar el poder que tiene como quiera. El problema es que este derecho sin límites puede desembocar en atrocidades y en una vida insegura, por lo que los hombres renunciarán a este derecho y se esforzarán en conseguir la paz mientras tenga esperanza de que esta llegue. Cuando no tenga esta esperanza pasará a atacar y a tratar de sacar el máximo beneficio del Estado de Guerra. Pero la raza humana está dominada por su impulso natural de auto conservación que hace que los hombres renuncien al Estado de Guerra siempre y cuando los demás también lo hagan, asegurándose así una vida segura. Es interesante la idea de Hobbes de que el poder del Estado se ha de dar a partir del miedo.

Un individuo que renuncie a un derecho no se lo está concediendo a otro, dado que en el Estado de Naturaleza todos los hombres tienen derecho a  todo, lo que hace es facilitar que otros utilicen aquello a lo que renuncia. Por tanto, al renunciar se transfiere el derecho, lo que se llama contrato, el cual a su vez requiere una contraprestación de la otra parte. Aquí se comienza a hacer fundamental la figura de alguien que obligue a cumplir esos contratos o pactos y que ponga castigos cuando no se cumplen. Así, los hombres renuncian a todos sus derechos que perturban la paz mediante un pacto entre todos los miembros de la sociedad. De aquí extrae Hobbes el concepto de justicia y de aquí afirma que nace “que los hombres cumplan sus pactos, dado que si se incumplen se vuelve al Estado de Guerra. Esta es la fuente y el origen de la justicia”.

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En la primera parte de la obra,  Hobbes da por comprobado que el Estado de Naturaleza es igual a una convivencia en guerra y que los hombres tienden a evitar esto dado su impulso de auto conservación. También se da comienzo a la teoría contractualista, según la cual los miembros de una sociedad pactan cediendo todos sus derechos que pueden alterar el orden a una autoridad superior que los gobierne mediante el miedo. Pues bien, ahora se hace necesario explicar y dar forma a este poder superior. Esto lo desarrolla en las tres últimas partes de la obra, de una lectura más amena e interesante para los interesados en las ideas políticas y morales que el autor expone.

Las voluntades de las personas se unen dando el poder y la fortaleza a un individuo o asamblea, reduciendo “sus voluntades una única voluntad”. Nace así el “Gran Leviatán” o “dios mortal al que debemos nuestra paz y nuestra defensa”. “Un estado ha sido instituido cuando una multitud de hombres que conviven y pactan” entre sí y “a un cierto hombre o asamblea se les otorgará, por mayoría el derecho de representar a la persona de todos”. Hobbes introduce la idea de la representación política como gobierno. De esta forma, los que han hecho el pacto, es decir todos los miembros de una sociedad, se ven obligados a dar como acciones propias todo aquello que haga el soberano, sin tener ya el poder de salirse de este pacto, dado que el que decide es el soberano.

Aquellos que no se sometan a los designios del contrato social pueden ser devueltos al Estado de Guerra por parte del soberano, por lo que “cualquiera puede eliminarlo sin injusticia”. Pero Hobbes también se guarda el derecho de deponer al soberano, sea un rey o una asamblea, siempre y cuando los súbditos vean que el soberano no está cumpliendo sus objetivos, que no son otros que salvaguardar la paz y alejarse del Estado de Guerra, dando lugar al caso en que los súbditos pueden matarlo sin incurrir en una injusticia.

El poder soberano es el que se ha de encargar de dar las normas legales de propiedad, de ejercer de poder judicial que dirima los asuntos que haya regulado y que se encargue de impartir los castigos pertinentes. El soberano hace las leyes y no se ve sujeto a ellas, dado que si lo hiciera se vería sometido al Estado y a su representante, pero como este es él, no se puede someter a sí mismo o a las leyes, dado que habría de haber un juez que le juzgara, lo que significaría que tiene más poder que él. Pero habría de haber un juez que juzgue a este, y otro después, “hasta el infinito (…) hasta la confusión y disolución del estado.” En esta parte se hace un poco confusa la teoría que nos expone Hobbes, dado que el objetivo de esta es limitar los derechos infinitos de los hombres en el Estado de Naturaleza, pero no pone limitación alguna al poder. De esta forma, el poder es el único con el privilegio de vivir con las normas del Estado de Naturaleza, sin mayor justificación que la de salvaguardar la paz y la seguridad para sus súbditos, cosa que puede perfectamente no hacer ejerciendo estos derechos naturales inherentes a sus privilegios.

Los derechos de El Leviatán son indivisibles y no se pueden ceder, salvo en los casos en que el poder soberano no pueda encargarse de todos los asuntos al mismo tiempo, que es cuando alguna persona de su confianza podrá realizarlos siempre y cuando el soberano se lo mande. Liga la soberanía al poder. Esta indivisibilidad del poder soberano solo permite que haya tres tipos de gobierno: la monarquía, la asamblea en la que todos los ciudadanos tienen el derecho a concurrir y la asamblea de una parte de la sociedad, es decir, la aristocracia.

Para Hobbes el mejor gobierno es la monarquía absoluta, dado que el poder queda más concentrado y se evitan los posibles juegos de poder que pueden darse en un gobierno formado por muchas personas; siendo el menos malo la asamblea aristocrática al estar formada por “hombres de honor” y siendo la peor la asamblea en la que todo ciudadano puede concurrir, dado que muchos utilizarán su astucia para ganar famas y riquezas y cambiar su suerte, sin ningún interés por los asuntos del Estado.

Algunos autores ven en la figura de Hobbes un defensor de la educación universal, dado que este aboga por la censura y por la enseñanza de los dogmas que ayuden a preservar el poder soberano que asegure la paz, puesto que “la doctrina que va en contra de la paz no puede ser verdadera” y “la única doctrina aceptable es la que aleje el Estado de Guerra”. Hobbes incide en que los ciudadanos han de tener conocimientos del porqué la cesión del poder absoluto a un órgano de gobierno es beneficioso para ellos, además de conocer las leyes que han de cumplir y las actitudes a tomar para mantener la paz común, lo que suena mucho más a un adoctrinamiento al antojo del poder dominante que a educación.

La conclusión de Hobbes es que las personas crean un “hombre artificial” (Estado) con “cadenas artificiales” (Leyes civiles) con el objetivo de garantizar la paz, la seguridad y su conservación, estando la libertad de los súbditos sujeta a estas cadenas que se han dado a sí mismos. Esta libertad no significa que cada individuo actúe como quiera en cada situación, sino que por el poder que se ha otorgado al soberano, la libertad reside en las actuaciones del poder, no de los individuos. En el Estado absoluto o Leviatán, la libertad no es individual e inherente cada persona, si no que es un derecho público, excepto en aquellas cosas que no estén reguladas, en las cuales cada individuo sí tiene la potestad de actuar como le plazca.

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2 Comments

  1. Me encantó el libro, me hizo reflexionar mucho y entender un poco más de la filosofía y la moral detrás del Derecho.
    Genial reseña.
    Un saludo.

    Me gusta

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