Grandes obras que deberías leer: La familia de Pascual Duarte (1941), por Camilo José Cela.

Observador sagaz de la condición humana; escritor carente de pelos en la lengua a la hora de hablar de la violencia que ejerce el ser humano contra su semejante; conservador repudiado por los conservadores; humorista y polemista amante de lo escatológico (“yo soy, como buen español, pedorro domiciliario”)… todos estos atributos pueden y deben ser atribuidos a Camilo José Cela, uno de los más brillantes escritores de origen español del último siglo. Sin negar la tragedia de la existencia humana, Cela defiende que “el humor es la gran coraza con la que uno se defiende en este valle de lágrimas”. Su obra, alejada de todo lirismo innecesario, recoge y ensalza esta idea.

Camilo José Cela Trulock nace en la parroquia gallega de Iria Flavia, situada en el término municipal de Padrón, en la primavera de 1916, si bien pronto se mudará con su familia a Madrid. En plena pubertad, rayando el futuro escritor la quincena, Cela contrae una tuberculosis que, además de estar a punto de costarle la vida, le obligará a permanecer en cama una larga temporada. Este periodo de su vida lo dedicará de lleno, prácticamente obligado por su estado, a la lectura.

Es entonces cuando descubre la obra, entre otros, de Galdós, Pardo Bazán, Ortega y Gasset, Dostoievski y, especialmente, Pio Baroja, a quien, además de amigo, consideraba maestro, si bien todos los citados tendrán una marcada influencia en su posterior estilo. Y es que Cela entendía la literatura como una “carrera de antorchas” en la que los escritores se van pasando el relevo los unos a los otros.

Al estallar la Guerra Civil en 1936, Cela decide alistarse como voluntario en el bando sublevado. Tras ser herido durante el conflicto, estuvo destinado, entre otros lugares, en Torremejía, Badajoz, lugar que recrearía en la que sería su primera novela, La familia de Pascual Duarte (1941), novela de la cual tenemos el gusto de hablar hoy aquí. Tras finalizar el conflicto, Cela trabajará como censor literario y periodístico durante el régimen franquista. También, una vez afincado en Mallorca, donde vivirá buena parte de su vida adulta, Cela se introdujo en el mundo editorial, creando Alfaguara en 1964.

Al ser prohibida por el régimen militar por sus escenas eróticas, así como por constituir una dura crítica de las condiciones socioeconómicas de la España de la época, es en Argentina donde aparece en 1951 La colmena, novela eminente coral y que, como ya dijimos por estos lares al reseñarla, constituye “el mejor retrato del Madrid de posguerra”. Junto a esta novela, cabe citar algunas de sus otras obras más importantes, como pueden ser la también novela Mazurca para dos muertos (1983), el libro de viajes Viaje a la Alcarria (1948) y su experimental Cristo versus Arizona (1988), que sólo posee un punto en toda la narración, y que no es otro que con el que se cierra el libro. Fruto de este tan ecléctico como brillante proceder literario, en 1989 Cela recibirá el Premio Nobel de Literatura “por la riqueza e intensidad de su prosa, que con compasión contenida encarna una visión provocadora de la vulnerabilidad del ser humano”.

Junto a esta labor literaria y academicista (pues Cela ocupó el sillón “M” de la RAE), el escritor gallego desempeñó también un papel político durante la Transición española, ya que fue senador durante la primera legislatura democrática. Asimismo, participó en la revisión del texto constitucional de 1978. Sea como sea, es importante remarcar que Cela no perteneció a partido político alguno, sino que ocupó el cargo por designación real, perteneciendo al grupo de los independientes, como también fue el caso de los escritores José Luis Sampedro y Víctor de la Serna, este último de ideología falangista.

Relacionado con lo anterior, cabe decir que, pese a ser de derechas, Cela no contó con excesivas simpatías en el seno de Alianza Popular. Entre otras cosas, el ayuntamiento de Cangas de Onís, cuyo gobierno recaía por aquel entonces en manos de este partido, declaró “persona non grata” al escritor gallego por estas palabras contra la Patrona de la localidad: “¿Que la Virgen de Covadonga es pequeñina y galana? ¡Pues que se joda!”. Fallecido Cela en 2002, el ayuntamiento de dicha localidad reiteró en 2017 que no retiraría esta condición al escritor.

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Por último, para dar por finalizada esta breve biografía del autor, nunca es baladí rescatar la anécdota de que Cela, en una entrevista con una jovencísima Mercedes Milá para RTVE, afirmó que una de sus mayores virtudes era la capacidad de absorber vía anal litro y medio de agua, lo cual estaba dispuesto a demostrar a toda España si le traían una palangana al plató.

Volviendo a la obra que nos atañe, no son pocos los críticos que han afirmado que La familia de Pascual Duarte es la obra culmen del llamado tremendismo, que sería algo así como una especie de realismo caracterizado por la crudeza de sus formas y contenido. Sin embargo, a Cela esta denominación le parecía, además de incorrecta, “una estupidez de tomo y lomo, una estupidez sólo comparable a la estupidez del nombre que se le da”. Por ello, quizá al catalogar esta obra sea mejor tildarla de realista o naturalista a secas, si bien sus páginas beben de otras corrientes literarias, especialmente de la picaresca española. En este punto, es reseñable que esta mezcolanza de humor, en su mayoría escatológico, y violencia se dé también continuamente en El buscón, de Francisco de Quevedo.

A grandes rasgos, La familia de Pascual Duarte es una historia de violencias que se suceden las unas a las otras. Subyacente a la trama, anida una crítica social que hace del analfabetismo y la pobreza los principales factores explicativos de la bestialidad que cohabita en el ser humano junto al resto de impulsos. Pero esta crítica no impide que Cela pinte también a la violencia como un arrebato, instintivo e irracional, sobre el cual apenas se tiene dominio, impulso muy presente en el mundo rural español, rudo y pasional a partes iguales. En palabras del propio escritor gallego, esta novela pretende, en definitiva, captar “la discordia civil, esa cruenta e impolítica maldición que pesa sobre España, que anida como un fiero aguilucho en los más recónditos entresijos de cada español que, como no está contento consigo mismo, se pelea consigo mismo en el espejo de los demás”.

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Ya en las primeras páginas de esta novela se ve prefijado todo lo descrito en el párrafo anterior. Escrita en su mayor parte en primera persona, Cela recurre al tópico del manuscrito hallado para hacernos participes de la vida y muerte de Pascual Duarte, un campesino extremeño natural de Torremejía. Así, el grueso de lo que el lector tiene entre sus manos finge ser las memorias de dicho sujeto, escritas desde prisión, a modo de confesión y catarsis (“hay momentos en los que hasta la conciencia parece morderme menos”) a la espera de que el garrote vil cubra sus ojos de permanentes tinieblas. A este personaje, Cela, quien afirma ser el mero transcriptor de dichas memorias, lo pinta como “un modelo de conductas; un modelo no para imitarlo, sino huirlo”.

Así, junto a la introducción del transcriptor, el breve comentario de los vericuetos que llevaron al hallazgo del escrito y dos cartas finales que nos participan de la suerte definitiva de Duarte (y que también esclarecen alguno de los puntos más oscuros de esta novela, plagada de elipsis), lo principal del libro es un producto que mezcla los recuerdos del condenado a muerte con las propias reflexiones que surgen en él mientras escribe sus memorias. En este punto, cabe decir que Duarte llega a la conclusión de que si esta introspección la hubiese llevado a cabo antes, no estaría ahora en la nefasta situación en la que se encuentra, si no que se encontraría “haciendo otra cosa cualquiera de esas que hacen – sin fijarse – la mayor parte de los hombres; estaría libre, como libres están – sin fijarse tampoco- la mayor parte de los hombres”.

Las memorias arrancan con una dedicatoria particularísma, pues se ofrecen “a la memoria del insigne patricio don Jesús González de la Riva, Conde de Torremejía, quien al irlo a rematar el autor de este escrito, le llamó Pascualillo y sonreía”. Asimismo, desde el principio de la narración, Duarte busca en cierta medida disculpar sus actos por las pésimas condiciones vitales de su infancia, en la que se juntan y refuerzan pobreza económica, abuso de alcohol, violencia intrafamiliar y una ausencia total de educación formal. Así, no es extraño que Pascual afirme que “de mi niñez no son precisamente buenos recuerdos lo que guardo”, así como la celebérrima frase de que “Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo”, con la que inicia su repaso vital.

Como una especie de símbolo de toda esta violencia, el padre de Pascual morirá tras haberle contagiado un can la rabia. Esta misma violencia funesta e irracional estará presente también en uno de los momentos más líricos y enigmáticos de la novela, que no es otro que cuando Duarte mata de un perdigonazo a su perra por el simple hecho de que esta le estaba mirando “inquisitivamente”.

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Igualmente, esta misma violencia también la sufre en sus carnes Rosario, hermana de Pascual. Esta mujer cometerá el error de echarse por novio a “El Estirao” un galán sin oficio ni beneficio cuya meta en la vida es vivir a costa de su mujer, quien se ve obligada a ejercer la prostitución. Completa el núcleo familiar un hermanastro, Mario, un disminuido físico y mental que, en su corta y desgraciada vida, no llegó a saber a hablar o caminar por sí sólo. Este personaje, que Cela tilda de “inocente”, recuerda inmediatamente a la hija pequeña, Charito, de la familia que protagoniza Los Santos Inocentes, de Miguel Delibes. Ambas novelas, como se ve, convergen en bastantes puntos, como puede ser esta coincidencia recien citada, el papel que en sus tramas juega la violencia y el analfabetismo o que ambas estén ubicadas en el campo extremeño.

Tras morir Mario, Pascual “fuerza” (o, cuanto menos, yace violentamente con ella) en el propio cementerio dónde acaban de enterrar a su hermano a la que será su futura mujer, Lola. Y es que el inesperado embarazo de esta provocará que decidan casarse pese a que prácticamente no han mediado palabra. Además, según el párroco del lugar, “un hijo habido fuera del matrimonio es un pecado y un baldón”, mientras que “un hijo nacido de padres cristianamente casados es una bendición de Dios”.

La luna de miel, tenida lugar en Mérida, es uno de los pocos lapsos tranquilos e incluso alegres que Duarte disfrutará en toda su vida. Pero dura muy poco, pues, estando de regreso al hogar, un hombre en un bar “insulta” (pues tampoco lo hace abiertamente ni usando palabra mayor alguna) al protagonista de esta historia, quien no duda en arrearle tres navajazos en el estómago por este motivo. También matará a su yegua por haber hecho abortar a su mujer, y si bien en un futuro esta le dará un descendiente, este no tardará en morir.

Y es que “siempre tuve buen ojo para la desgracia”. Asqueado para con su vida, Pascual, en otro momento, exclamará: “¡Quién sabe si no sería Dios que me castigaba por lo mucho que había pecado y por lo mucho que había de pecar todavía! ¡Quién sabe si no sería que estaba escrito en la divina memoria que la desgracia había de ser mi único camino, la única senda por la que mis tristes días habían de discurrir!”. Así, el protagonista de esta historia nos define la vida como un “osario de esperanzas muertas”, no siendo la memoria otra cosa que el recuerdo del dolor que nos ha tocado vivir.

Una vez que ha matado, apenas sin darse cuenta y sin motivo, Duarte volverá a cometer hasta en cinco ocasiones más el crimen por excelencia. Y es que, tras ausentarse de Torremejía durante más de un año para evitar la actuación de la justicia, Duarte decide volver al hogar. Allí, se encuentra con que su mujer, Lola, está embarazada de El Estirado, motivo por el cual la mata, así como también asesina tanto a su hermana como al propio Estirado.

La justicia le condena a 28 años de cárcel, si bien sólo cumple apenas tres por buena conducta. “Y creyendo que me hacían un favor, me hundieron para siempre”. Al salir de prisión, se casa por segunda vez. Pero, en otro arranque de ira, mata a su propia madre. Entre esta mujer y Pascual nunca había existido, amor o cariño alguno, pues Pascual no recuerda haber recibido cariño de ella en ninguna etapa de su vida. Si bien no es ya Duarte quien nos lo dice, sabemos que también, antes de que vuelva a la cárcel definitivamente para ser ejecutado, asesinó en algún momento a Jesús González de la Riva, a quien dedica sus memorias.

Antes de dar por finalizada esta entrada, me gustaría retrotraerme un instante al inicio de la misma, cuando afirmé que humor y tragedia se entremezclan a la perfección en la prosa de Cela. Sin embargo, al menos por lo aquí expuesto, el lector verá poca gracia en lo que este libro cuenta. Sin embargo, esta, si bien escasea, sí que tiene cabida en estas páginas. Específicamente, el efecto cómico el escritor gallego lo consigue mediante el lenguaje que pone en boca de Duarte, quien, al no saber mucho de convenciones sociales, pide perdón al lector al decir palabras como trasero o marrano.

Vista a grandes rasgos la trama, cabe decir que las memorias de Duarte son, en definitiva, la plasmación de una vida plagada odio, dolor y muerte. Intentando explicar su conducta, sus instintos homicidas, Duarte no consigue sino llegar a la conclusión de que “se mata sin pensar, bien probado lo tengo; a veces sin querer”. Y es que la violencia ejerce una suma influencia en la vida del ser humano, quien se sirve de ella como recurso (en el caso de Duarte, como único recurso) para enfrentarse a un mundo hostil, en el cual la razón no tiene dominio alguno. La pobreza y la falta de educación, perpetúan que esto siga así.

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