Biografías ilustres: Peter McPeterson II, inventor de la red de tenis

El 7 de mayo de 1897 Angus McNulty y Zirkov Vladimirovich Pérez disputaban la final del prestigioso torneo de Wimbledon. En aquella época, el tenis era un deporte neonato, que daba sus primeros pasos. O sus primeros raquetazos, si se me permite la jocosa licencia¹.

En la grada se encontraba un importante comercial de palitos de cangrejo congelados llamado Peter McPeterson II, que, a pesar de no tener gran conocimiento sobre reveses, liftadas, dejadas y banana shots, sí era consciente de que la tribuna era buen lugar para los negocios.

Eso no evitaba que su aburrimiento le llevase a preguntarse cuál era el motivo por el que dos hombres adultos debían intercambiarse una pelota sobre una superficie rectangular, usando para ello dos raquetas, en vez de, como es más sencillo, sus manos, mientras iban vestidos con pantaloncitos cortos color blanco hueso.

Peter McPeterson II

Imagen de un señor al azar para ilustrar la entrada.

El tenis, nacido como pasatiempo de la burguesía británica, se jugaba en ese momento sin red. Lo que, obviamente, facilitaba su disputa y hacía los partidos eternos. Estos podían durar días, siendo el final marcado por la muerte de uno de los deportistas.

McPeterson II veía con sopor el encuentro y, entre cabezada y cabezada, pensó que si debía comercializar los palitos de cangrejo congelados en las pistas de tenis, qué menos que divertirse un poco.

Los que conocieron a Peter McPeterson II aseguraban que era un hombre con una sed de conocimiento bulímica. Era capaz de recitar apartados enteros de la Enciclopedia, si bien es cierto que eran los de las letras más fáciles como la ‘X’ o la ‘W’. Su gran envergadura no ocultaba en absoluto una voluminosa barriga, fraguada mediante la ingesta de palitos de cangrejos congelados, presentes en todas sus comidas.

Para hacer el tenis más ameno, decidió probar poniendo gorrinos y gallinas en la pista. Resultó que los cerdos sentían gran predilección sexoafectiva por las gallinas. El resultado no fue del todo malo, pero insuficiente.

Meses después probó por insultar a los jugadores. Desmoralizados y atormentados por las insidiosas acusaciones, muchos abandonaban el partido entre lágrimas. Esta opción fue frenada por el Sindicato de Tenistas y Tenistología (STT), argumentando que el daño psicológico infringido no constaba en el reglamento. Y, de estarlo, sería necesario que fuesen profesionales los que insultasen, ya que muchos tenistas sufren graves problemas psicoanalíticos².

Desesperado, Peter McPeterson II decidió pedir consejo a un íntimo amigo, un acaudalado empresario de Bristol al que compraba las redes para pescar los cangrejos. «Yo solo sé de redes, querido McPeterson II».

Como un rayo en medio de la llanura irrumpió la idea. Redes. Envolver a los jugadores en redes.

Pronto se percató de que así eliminaba completamente la movilidad de los tenistas y, como consecuencia, el escaso espectáculo que quedaba. Pero la idea de las redes en el tenis tenía algo magnético para él. Y decidió seguir esa línea de investigación. Por suerte.

La tentativa de una red de 21 metros que dificultase el pase de la pelota tampoco fue acogida con entusiasmo por el STT. Los tenistas protestaban porque acababan muy cansados después de pegar raquetazos tan fuertes y luego no podían llevar las bolsas de la compra ni saludar a conocidos por la calle agitando la mano. Quedando como unos maleducados para la lupa de la opinión pública.

Se decidió recortar la altura de la red hasta alcanzar el tamaño actual, con la intención de ahorrar costes. Este descubrimiento científico volvió al tenis un deporte por el que el público siente auténtica predilección. Y encumbró a Peter McPeterson II como una de las mentes brillantes de finales del siglo XIX. En lo que respecta al mundo del tenis y su normativa.

∗∗∗∗

En la actualidad, los herederos de la familia McPeterson II se encuentran en litigios con los creadores de la red de bádminton y la red de ping-pong.


  1. El redactor de estas líneas iniciales fue despedido y reemplazado en el acto.
  2. Véase su necesidad de agarrar un elemento fálico.
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