Crítica de Lady Bird, de Greta Gerwig (2017)

La necesidad de un cine hecho por mujeres, que cuente historias que no se han contado nunca, es hoy ineludible. No solo por el descubrimiento de la podredumbre moral de los popes de los estudios de cine. O por la nula presencia femenina en los cargos de responsabilidad. También porque las historias en las que las mujeres son un objeto de deseo, fruto de la imaginación del hombre, son un producto obsoleto y es necesario crear nuevas narrativas.

Por eso, cuando Lady Bird acaba uno siente que no está todo perdido. Greta Gerwig, habitual en los círculos del cine independiente estadounidenseses, escribió el guion de la cinta y decidió ponerse por primera vez detrás de la cámara. Gracias a su trabajo, logró ser la quinta mujer nominada como mejor directora en los pasados Oscar. En noventa años.

Las vidas paralelas entre la autora y la protagonista, como haber vivido en Sacramento o cursar sus estudios en un colegio católico, se separan cuando llegan los puntos calientes. Según confeso Gerwig en una entrevista con el diario El Mundo, «Imaginar este personaje fue de alguna manera adentrarme en un espacio que nunca me atreví a ocupar». Un espacio de rebeldía, confusión y aprendizaje.

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Las temáticas que se tratan -como la sexualidad femenina, la amistad entre mujeres, las relaciones madre-hija, la necesidad de ajustar la personalidad adolescente para gustar a las demás personas-, son ideas casi inéditas en la gran pantalla, que solo se suelen desempolvar de vez en cuando para grabar series de adolescentes.

Que se deriven estos conflictos a la tele, a pesar del gran prestigio que tiene esta hoy en día gracias a productos como Narcos o Stranger Things, demuestra el poco entusiasmo que se le confiere a la búsqueda de la identidad femenina. En Lady Bird, además de las relaciones personales, que construyen a la protagonista, esta identidad se cristaliza en el deseo abandonar Sacramento para estudiar en una universidad de la costa este. Dejar una ciudad anodina para encontrar las herramientas creativas.

Cuesta creer que sea más natural sentirse identificado con los grandes arquetipos de hombres que llenan la cartelera que con una mujer. Aunque mis experiencias vitales disten de las representadas por Saoirse Ronan, autoproclamada Lady Bird, debería ser más lógico que yo sienta a ella más cercana que a las aventuras de gente con superpoderes o de personas que se ganan la vida gracias a las carreras ilegales. Esto último podría ser porque conduzco rematadamente mal.

Tampoco es mi intención hacer una hagiografía de la ópera prima de Greta Gerwig. Pero sí agradecer que se cuenten nuevas historias.

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