Grandes obras que deberías leer: La interpretación de los sueños (1899), por Sigmund Freud.

  • Breve biografía del autor

Allá por 1856, en el seno de una familia de orígenes judíos, venía al mundo Sigmund Freud en la ciudad de Príbor, Sajonia, territorio por aquel entonces perteneciente al Imperio Austriaco, hoy territorio checoslovaco. Sin embargo, escasos años después, tras arruinarse su padre, la familia se traslada a Viena, dónde el joven Freud estudiará Medicina, y dónde residirá buena parte de su vida.

En dicha ciudad, Freud abre un consultorio privado, actividad vital para sus futuras investigaciones, ya que el contacto directo con los pacientes, normalmente aquejados de histeria u otras enfermedades psíquicas, será fundamental a la hora de desarrollar sus investigaciones. Ya en 1895 aparece la que será su primera obra, Estudios sobre la histeria, en la que se sirve del llamado método de asociación libre, si bien todavía no había inventado totalmente el método que le haría una verdadera eminencia en el campo de la psicología: el psicoanálisis.

En 1899 aparece la que es una de sus obras fundamentales, obra de la cual hablamos hoy: La interpretación de los sueños. Junto a esta, cabe hablar de otras obras como Tótem y Tabú (1913), Más allá del principio del placer (1919), El Yo y el Ello (1923) o El malestar en la cultura (1929). Así, con estos y más libros Freud provocaba un auténtico seísmo en la sociedad científica y artística de su época. Entre otras cuestiones, el ya citado psicoanálisis, método en buena parte vigente todavía en las consultas psiquiátricas, la importancia dada al inconsciente y al mundo de los sueños… todo ello hace de su pensamiento uno de los más relevantes y transformadores de los últimos siglos. Tras el ascenso del nazismo, que quemó buena parte de sus obras, Freud, exiliado en Londres, muere en septiembre de 1939, el mismo mes en el que estalla definitivamente la Segunda Guerra Mundial.

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  • El psicoanálisis como método de interpretar los sueños

Freud arranca esta obra afirmando que es necesario buscar una explicación científica al fenómeno onírico que supere tanto la creencia popular de que los sueños son revelaciones crípticas del provenir, enviadas por poderes sobreterrenos, como la simplista visión médica de la época, que entendía el soñar como resultado de estímulos externos e internos ocurridos durante el sueño sin significación o importancia psíquica alguna.

Así, en esta obra se pretende demostrar que los sueños, además de poseer siempre un sentido (y que, por lo tanto, su contenido es interpretable, de ahí el título de esta clásica obra), forman una parte fundamental de vida psíquica de todo individuo. Para probar esta tesis, Freud se sirvió del psicoanálisis, método que él mismo había pergeñado para tratar fobias, manías, brotes esquizofrénicos… y que emplea aquí para tratar de buscar un significado a los sueños.

En este punto cabe destacar que la gran mayoría de los sueños psicoanalizados en este libro son de cosecha propia. Y es que los sueños de Freud se antojan como “el material de que mejor uso puedo hacer en esta exposición, pues reúne las condiciones de ser suficientemente amplio, proceder de una persona aproximadamente normal y referirse a las más diversas circunstancias de la vida diurna”. Junto a estos, se analizan los sueños proporcionados por amigos personales del autor, así como los soñados por alguno de sus pacientes.

El procedimiento fundamental para llevar a cabo el psicoanálisis de un sueño, sea propio o no, es la libre asociación de ideas que el contenido del mismo produce en el sujeto. Y es que, por mucho que estas ideas puedan parecer en un inicio arbitrarias y completamente absurdas, su análisis conducirá, al menos según Freud, a la conclusión de que realmente estas conexiones, lejos de ser baladís, tienen su lógica e importancia. Asimismo, de esta libre asociación se sirvieron el poeta André Breton y sus “amigos” para crear el surrealismo.

Para realizar el psicoanálisis, se “desintegra” el sueño en sus distintos elementos, pues su análisis conjunto no es posible sino en última instancia, y habiendo partido de lo particular. Por lo tanto, se trata de observar las ideas que surgen al pensar sobre el sueño y sus elementos, pero intentando que esta observación no derive en un juicio moral. Además, hay que tener en cuenta que una de las reglas fundamentales del psicoanálisis es que “todo aquello que dificulta la continuación de la labor es una resistencia”, es decir, un intento de ocultar lo importante, normalmente de carácter perturbador, y evitar que salga a la luz de la consciencia. Finalmente, Freud afirma que con este procedimiento se consigue llegar a la idea morbosa que actúa de núcleo del sueño, y que no en pocos casos presenta un marcado carácter sexual, si bien no exclusivamente.

Sin embargo, en este libro estas recién citadas ideas finales o nucleares no suelen ofrecerse al lector, ya que “consideraciones de naturaleza no científica, sino privada, me impiden llevar a cabo en público tal labor”, pues “revelaría muchas cosas íntimas que prefiero que se mantengan secretas; cosas de que yo tampoco me había dado cuenta hasta que el desarrollo de este análisis me las ha puesto ante mis ojos y que aún a mí mismo me cuesta trabajo confesarme”. Y es que esas ideas pueden ser no sólo extrañas, sino también desagradables o reprobables.

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  • El sueño como realización de deseos

Por lo tanto, si este procedimiento se lleva hasta su última consecuencia, es decir, hasta el descubrimiento de esta idea fundamental en torno a la cual se engarza el sueño, se descubre que esta idea constituye en todos los casos la realización de un deseo. Por ende, el sueño es un fenómeno puramente egoísta. Ante las lógicas objeciones que el establecimiento de esta conclusión puede conducir, cabe objetar a su vez que este deseo puede no aparecer claramente en el sueño, y que incluso el sujeto no tiene por qué tener constancia de que albergue el mismo.

Asimismo, es innegable que existen deseos en el ser humano que se podrían calificar de “masoquistas”, por lo que la realización de un deseo no tiene porque conllevar placer o felicidad. Y es muchas de estas pulsiones revelan finalmente ser “deseos de nuestro inconsciente, siempre en actividad, y por decirlo así, inmortales”, y esos deseos a nuestro yo consciente pueden no sólo no gustarle, sino incluso repudiarle.

En cuanto al propio sueño, Freud afirma que su función prima es mantener el cerebro del durmiente ocupado, con el objetivo de que este no despierte y duerma aunque no le apetezca. El ejemplo en el que más claramente se aprecia esta función es en aquellos sueños en los que vemos que ya nos hemos levantado de la cama y estamos realizando nuestras tareas u obligaciones, cuando en realidad seguimos en la cama. Así, el sueño nos aleja del ajetreo de la vida diurna obligándonos al necesario reposo. Algo similar afirmó en una ocasión el poeta Novalis:

“Los sueños nos protegen contra la monotonía y la vulgaridad de la existencia. En ellos descansa y se recrea nuestra encadenada fantasía, mezclando sin orden ni concierto todas las imágenes de la vida e interrumpiendo, con su alegre juego infantil, la continua seriedad del hombre adulto. Sin nuestros sueños, envejeceríamos antes. Habremos, pues, de ver en ellos, ya que no un don directo de los cielos, una encantadora facultad y una amable compañía en nuestra peregrinación hacia el sepulcro”.

  • Los conceptos clave a la hora de hablar de los sueños

Llegados a este punto, es importante desglosar una serie de conceptos fundamentales a la hora de entender este libro y el fenómeno onírico en general. En primer lugar, el sueño tal como lo recordamos Freud lo denomina “contenido manifiesto”, cuya extensión es menor que aquellas ideas que, si bien están presentes en el sueño, no han sido reveladas sino hasta que se ha realizado su análisis. Estas ideas formarían a su vez el “contenido latente” del sueño. Así, lo que vemos, pensamos y sentimos mientras soñamos es lo manifiesto, pero detrás de esto, si se analizan los elementos que lo componen, hallará uno ideas que, si bien no aparecen en lo manifiesto, lo explican.

La mayor extensión de lo latente que de lo manifiesto se debe básicamente a que en el sueño se produce una “condensación” que, dicho de forma muy simple, es el fenómeno por el cual un elemento del contenido manifiesto alberga en su seno más de una idea latente. Por ejemplo, es muy común el caso de que un elemento (persona, objeto, situación….) represente o lleve a diversas ideas, interpretaciones, a la vez. De esto también se deriva que un mismo sueño puede ser interpretado de múltiples maneras diferentes, y que encontrarle un sentido no significa necesariamente que se ha llevado el análisis hasta su último término posible.

Un ejemplo de condensación son las “personas colectivas o mixtas” (por ejemplo, una persona con el rostro de Fulano pero con el nombre y maneras de Mengano). Esto Freud lo compara a las creaciones zoomórficas de las culturas antiguas, como pueden ser los toros alados, las quimeras o los centauros. Esta condensación, curiosamente, también suele darse en ideas antitéticas, es decir, que en el sueño sucede que dos contrarios aparecen representados por un mismo elemento, que engloba a ambos, algo que a nuestro intelecto despierto le parece contradictorio, imposible casi.

Por el contrario, de forma opuesta a lo que ocurre con la condensación, una misma idea latente puede aparecer representada por más de un elemento manifiesto, así como cabe destacar que estas ideas también pueden aparecer en forma de situación, lo que Freud denomina “dramatización”. De forma pareja a esto, en el mundo onírico también pueden darse transustanciaciones mediante las cuales una sensación (por ejemplo, un dolor corporal) pasa a constituirse en una representación visual.

Por cuestiones como estas, y para complicar aún más el análisis de los sueños, cabe decir que es imposible saber si un determinado elemento del contenido manifiesto debe ser tomado en sentido positivo o negativo (o, incluso en el caso de que se haya producido una condensación, como ambos a la vez); si debe ser interpretado “históricamente” (es decir, como un recuerdo del sujeto); si debe ser tomado como símbolo de algo; o, incluso, si debe entenderse en el sentido literal en el que aparece en el sueño. Por lo tanto, “el contenido manifiesto nos es dado como un jeroglífico, para cuya solución habremos de traducir cada uno de sus signos al lenguaje de las ideas latentes”, pero sin saber nunca a ciencia cierta si estamos entendiendo estos signos en el sentido que deberíamos.

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  • El absurdo y la angustia en los sueños: el papel de la censura

Igualmente, Freud distingue a grandes rasgos entre tres tipos de sueños: aquellos que denomina simples o infantiles, y en los que contenido manifiesto y latente prácticamente coinciden al cien por cien (es decir, sueños básicamente en los que nos vemos a nosotros mismos realizar deseos simples e “inocentes” de los que somos conscientes en nuestra vida diurna); unos segundos caracterizados por una mayor complejidad y que, si bien muestran coherencia y un sentido fácil de extraer, provocan en el soñador extrañeza; y, por último, aquellos sueños “incoherentes, embrollados y faltos de sentido” que requieren de análisis exhaustivos para conocer más acerca de ellos y su significación.

Según Freud, “el absurdo en el sueño significa contradicción, injuria o burla en las ideas latentes”. Cuanto más oscuro es un sueño, mayor es el “desplazamiento” que ha tenido lugar en él. Con este último término entendemos al fenómeno onírico que provoca que en los sueños las ideas latentes más importantes aparezcan, pese a que pueda se contradictorio, enlazadas a los elementos aparentemente más nimios o insustanciales del contenido manifiesto, y viceversa.

De forma similar a lo anterior, que un sueño sea de estas características (absurdo, oscuro y plagado de lagunas…) también es indicativo de que está actuando una “represión”, es decir, la función censora de nuestro cerebro, quien se encarga de que el sueño sea oscuro con el objeto de “no revelar las prohibidas ideas latentes” que alberga. Sin embargo, al estar dormido, estas ideas pueden aflorar más fácilmente que despierto, ya que la censura es total estando despierto, mientras que en el estado de reposo sufre una relajación. Así, además de desplazar el énfasis psíquico de elementos importantes para el sujeto a otros elementos insustanciales, la censura deforma el contenido del sueño en un intento de evitar que el sujeto llegue a conocer las ideas reprimidas que anidan el mismo.

Por lo tanto, estos sueños enrevesados son, como todos los sueños, deseos que tenemos, pero la naturaleza de estos deseos no nos gusta a nosotros mismos, o incluso, pese a que nos agradan instintivamente, conscientemente no sabemos de su existencia. Y es que “todo hombre abriga deseos que no quisiera comunicar a los demás, y otros que ni aun quisiera confesarse a sí mismo”. A grandes rasgos, por lo tanto, estos deseos han sido trasladados a lo inconsciente al ser reprimidos por el sujeto.

Así, cuanto este deseo reprimido aparece en un sueño sin estar lo suficientemente oculto o escondido, lo que indica que la censura está aún más relajada que de costumbre, aparece en el sujeto que lo sueña la sensación de “angustia”. Esta, por su parte, es la artimaña de la que se sirve la censura con el objeto de despertar al durmiente. Por ello, pese a que ya hemos dicho que el sueño existe para entretener al durmiente, el mismo se convierte ahora en un mecanismo para despertarle antes de que descubra verdades perturbadoras sobre sí mismo. Una función análoga lleva a cabo nuestra propia consciencia, que, una vez despierta, suele tener por costumbre olvidar el sueño a velocidades sorprendentes (lo cual es facilitado a su vez por la propia absurdidad del sueño, ya que lo ilógico no ofrece “el menor auxilio mnético”).

Así, como la censura actúa sobre el sueño deformándolo de múltiples formas, dejando pasar lo inocente e intentando ocultar o, cuanto menos, deformar, lo que posea un carácter perturbador. Relacionado con esto, cabe decir que, si bien los contenidos pueden ser desplazados, esto mismo no ocurre con los afectos. Por ello, un sueño puede tener un contenido manifiesto aparentemente inocente, pero, sin embargo, provocar en nosotros el más hondo terror, lo que es indicativo de que las ideas latentes son de carácter perturbador.

A modo de resumen de estos últimos párrafos, cabe decir por lo tanto que la censura separa lo inconsciente de lo consciente, pudiéndose comparar, al menos a grandes rasgos, “la instancia crítica (censora) con aquello que dirige nuestra vida despierta y decide sobre nuestra actividad voluntaria y consciente”, es decir, nuestro propio yo. Sin embargo, pese a su poder, “el sometimiento del inconsciente […] no llega a ser total ni aun en perfectos estados de salud psíquica. La medida de este sometimiento nos revela el grado de nuestra normalidad psíquica”.

Y es que los dementes, así como los niños, no tienen esta distinción, sino que consciencia e inconsciencia son para ellos una misma cosa. En este punto también cabe decir que “la investigación psicoanalítica no conoce diferencias de principio y sí únicamente cuantitativas entre la vida anímica normal y la neurótica”. Sin embargo, las relaciones entre consciente, preconsciente e inconsciente desarrolladas en esta obra, además de ser harto liosas para el lector no especializado, sufiririan grandes modificaciones posteriormente, ya que Freud no había desarrollado todavía su teoría del yo, el ello y el superyó.

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  • Lo sexual y lo simbólico en los sueños

En otro orden de ideas, lo sexual, debido principalmente a la represión que lleva a cabo la censura, suele manifestarse en forma de alusión o símbolo durante el sueño, y no de forma clara y directa. Cabe destacar también que la mayoría de sueños que tienen los adultos responden, según Freud, a deseos eróticos reprimidos. Esto es especialmente significativo para los sueños oscuros o angustiosos pues, como todos sabemos, “ningún otro grupo de instintos ha experimentado un más amplio sojuzgamiento por las exigencias de la educación civilizada como precisamente los sexuales”.

Pese a la importancia otorgada a lo sexual, Freud tuvo que aclarar en la segunda edición de esta obra (1900) que “la afirmación de que todos los sueños reclaman una interpretación sexual, que tanta oposición ha despertado y en derredor de la cual han surgido tantas polémicas, es ajena a mí”, acusación que todavía suele recaer sobre la obra de este pensador.

Sean de índole sexual o no, los símbolos presentes en el sueño pueden ser universales, estar asociados al habla de una determinada lengua o tener unos orígenes mayoritariamente idiosincráticos. En este punto cabe recordar que el simbolismo de los sueños no es invención de Freud, sino que tiene milenios de historia, es más, la interpretación simbólica de los sueños ha sido utilizada desde los tiempos históricos más remotos, como dan prueba, por ejemplo, el proceder adivinatorio de los oráculos griegos o la historia bíblica de José y el Faraón de Egipto.

Y es que “este simbolismo no pertenece exclusivamente al sueño, sino que es característico del representar inconsciente, en especial del popular, y se nos muestra en el folklore, los mitos, las fábulas, los modismos, los proverbios y los chistes corrientes de un pueblo, mucho más amplia y completamente aún que en el sueño”. Además, cabe la posibilidad de que “aquello que en la actualidad se nos muestra enlazado por una relación simbólica se hallaba probablemente unido en épocas primitivas por una identidad de concepto y expresión verbal. La relación simbólica parece ser un resto y un signo de antigua identidad”.

Esta última cuestión es tratada a fondo en un apéndice del libro cuya autoría no corresponde a Freud, sino al también profesor austriaco Otto Rank (1884-1939), uno de los primeros defensores del psicoanálisis. En él se analizan las relaciones entre el fenómeno onírico y la poesía y el mito. Así, en este apéndice se nos participa de cómo ilustres poetas (como pueden ser Hebbel, Lichtenberg o Tolstoi) a lo largo de todas las épocas han afirmado y comparado al proceso creativo, a la inspiración, con estados semejos al onírico; fuente indudable, por otra parte, de algunas de las más bellas creaciones poéticas. Y es que “el sueño posee una maravillosa poesía, una exacta facultad alegórica, un humorismo incomparable y una deliciosa ironía”.

En lo relativo al mito, cabe destacar que Rank alude también aquí a la frase de Nietzsche, a quien considera “precursor directo del psicoanálisis”, que dice que “el sueño nos sitúa en lejanos estadios de la civilización humana y nos da, de este modo, un medio de comprenderlos mejor”. Así, más allá de mostrar algunos puntos de contacto entre ambos fenómenos, que cuanto menos poseen un “simbolismo común”, se afirma que los mitos pueden entenderse como “fantasías optativas de naciones enteras”, es decir, como “los sueños seculares de la joven Humanidad”.

Volviendo a Freud, como ejemplo de este simbolismo en los sueños, los objetos alargados y rígidos suelen representar al falo, mientras que las cavidades y aberturas suelen simbolizar los genitales femeninos. Sin embargo, a la hora de buscar símbolos en nuestros sueños debemos ser sumamente precavidos, pues “no se sabe nunca si un elemento del sueño debe interpretarse simbólicamente”. Por ello, Freud recomienda recurrir a los símbolos exclusivamente cuando el propio sujeto a psicoanalizar no es capaz de llevar a cabo asociaciones libres. Así, Freud rechaza la idoneidad de las llamadas “claves de sueños”, tan extendidas en la antigüedad, a la hora de interpretar los mismos.

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El sueño, de Pablo Picasso.
  • El sueño y la memoria

Por otra parte, cabe destacar que “todo sueño, sin excepción alguna, está ligado a una impresión de los últimos días”, impresión que, pese a que pueda parecer insignificante a simple vista, no debe pasarse por alto. Y es que, según Freud, “el sueño no actúa nunca con nada que no sea digno de ocupar también nuestro pensamiento despierto”, pues “las pequeñeces que no llegan a atraer nuestro interés durante el día son también impotentes para perseguirnos en nuestro sueño”.

Junto a estos sucesos recientes, también suelen acudir de forma recurrente a nuestro mundo onírico aquellos acontecimientos que nos impactaron profundamente en nuestra infancia. Si es este el caso, normalmente el sueño es una mera reconstrucción de este hecho pasado, y del deseo o deseos a él asociados. En este punto, cabe destacar que a veces sé es capaz de soñar con cosas que uno cree haber olvidado ya, y que recuerda precisamente gracias al sueño.

La elaboración del sueño, es decir, su génesis, es realizada por nuestro inconsciente, y “significa la traslación de las ideas del sueño al contenido del mismo”, pero sin que esto conlleve una actividad que quepa calificar de “creadora”. Y es que “ni siquiera las frases que se hallan en el contenido del sueño son de nueva composición, pues se revelan como construidas con fragmentos de frases pronunciadas, oídas o leídas por el sujeto, y renovadas en las ideas latentes, copiando con toda fidelidad su forma, pero prescindiendo por completo de la causa que las motivó y alterando enormemente su sentido”.

  • El sueño como fenómeno visual que deforma el espacio-tiempo

El sueño, por su parte, es eminentemente visual, por mucho que pueda involucrar a otros sentidos. Y es que “el sueño alucina; esto es, sustituye pensamientos por alucinaciones”, en su mayoría visuales. Igualmente, durante el reposo, estos pensamientos y sensaciones que han sido metamorfoseados pueden provenir tanto del exterior como de nuestro interior sin que, al contrario que ocurre durante la vigilia, podamos distinguir unos estímulos de otros mientras soñamos.

Es sumamente curioso, y una muestra más de la complejidad del ser humano, que nuestro cerebro, al elaborar un sueño, parta de unas determinadas ideas y nos las represente en imágenes normalmente complejas y cargadas de simbolismo; lo cual, como ya hemos dicho, puede achacarse, entre otras cuestiones, a la actuación de la censura. Sea como sea, las relaciones de estas imágenes o componentes que forman el sueño no son las que rigen entre nuestras percepciones cuando estamos despiertos, pues en ellas las leyes del espacio-tiempo no tienen la misma validez que en la realidad diurna.

Así, según afirma Freud, cuando un objeto, en el trascurso de un sueño, se transforma en otro, esto debe entenderse como una conexión causal, es decir, como causa y efecto. De forma similar, si dos cosas se dan simultáneamente en el sueño, esto indica que existe entre ellas una coherencia lógica. Así, la analogía es representada en el sueño por la yuxtaposición. De forma contraria, cabe destacar que en los sueños es muy poco común que aparezca representada una alternativa (esto o aquello), ya que normalmente, cuando parece que esto es así, debe entenderse más que como alternativa como una adicción (es decir, como esto y aquello a la vez).

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La pesadilla, de Henry Fuseli.
  • Fuentes de los sueños

Freud indica cuatro fuentes generadoras de sueños. En primer lugar, se encontrarían las excitaciones sensoriales externas. Y es que, pese a que, al dormir, cerramos los ojos e intentamos desatender todo estímulo, estos siguen llegando a nosotros. Como ejemplos de esto, cabe citar aquel sueño en el que un sujeto (Maury) soñó que le guillotinaban durante la Revolución Francesa y al despertar descubrió que se le había caído la persiana sobre el cuello; o, de forma más genérica, el típico desenlace de un sueño en el que nos despierta un ruido a intervalos regulares (campanas, salvas, explosiones…) y que resulta ser ni más ni menos que el despertador. De forma paralela a lo anterior, otra fuente genesiaca de los sueños son los estímulos sensoriales de origen interno, como pueden ser el zumbido de oídos o cambios ocurridos durante el sueño en la retina.

En tercer lugar, aparecen como fuentes de sueños los estímulos somáticos internos, es decir, de origen orgánico. Quizá la forma más sencilla de explicar esto sea haciendo recordar aquellos sueños en los que nos vemos a nosotros mismos visitar unas cascadas, abrir un grifo, etc… para despertarnos inmediatamente y descubrir que hemos estado a punto, en el mejor de los casos, de mearnos encima. Del mismo modo, Freud afirma que dolores, enfermedades o malas posturas provocan diversos sueños dependiendo de la parte del cuerpo dónde tengan su origen. Por ejemplo, los dolores instestinales suelen provocar sueños relacionados con el sentido del gusto, mientras que los de pecho suelen provocar aquellos en los que nos sentimos oprimidos, encerrados, enterrados…

Por último, existen también fuentes puramente psíquicas que originan los sueños. Restos de pensamientos diurnos que nos ocupan aun estando dormidos; estados de ánimo de los que somos incapaces de desprendernos pese a no estar despiertos; ideas que hemos estado rumiando al irnos a dormir; y, especialmente, deseos de origen instintivo de los que es imposible desprenderse. Esta fuente, si bien es la más ardua de explicar cómo genera sueños, es para Freud la más importante, y su principal contribución respecto a los estímulos que generan sueños. De forma más general, Freud fue de los primeros científicos en afirmar que no todas las enfermedades tienen porque tener un origen físico, sino que algunas de ellas deben su origen al mundo psíquico del enfermo.

  • Los sueños típicos

Freud entiende por “sueños típicos” aquellos cuyo análisis debe tener en cuenta que, lejos de ser un resultado más de la idiosincrasia del sujeto, constituyen un sueño recurrente de buena parte de la humanidad, pues muchos individuos muy separados entre sí a lo largo del tiempo y el espacio lo han soñado. Por citar algunos de ellos, cabe hablar del sueño en el que nos vemos perder los dientes, volar, asistir a un examen, sumergirse o resurgir del mar, aparecer desnudos ante una multitud… Por lo tanto, son ”sueños que casi todos soñamos en idéntica forma y de los que suponemos que poseen en todo individuo igual significación”.

Por ejemplo, “la sensación tan frecuente en el sueño de no poder moverse libremente, sirve para representar una contradicción entre impulsos, un conflicto de la voluntad”. Así, es relativamente común soñar tanto con no poder correr cuando la situación obliga a ello como el no poder pegar a alguien en una pelea, por citar dos ejemplos de este estilo de sueño típico.

También cabe hablar en este apartado del llamado complejo de Edipo, por el cual vemos en nuestro padre (si se es hombre) un competidor a eliminar en la lucha para monopolizar los afectos de la madre, a la que se desea sexualmente. Como el propio Edipo hiciera, solemos ignorar este deseo, y cuando lo conocemos apartamos la vista horrorizados. Lo más común es desplazar este sentimiento amoroso hacia otra mujer y olvidar los celos que en su día nos inspiró nuestro propio padre. Sin embargo, para Freud, “aquellos impulsos infantiles siguen existiendo en nosotros, aunque reprimidos”, por lo que no es de extrañar que este motivo aparezca en sueños.

Para dar por finalizada esta entrada, (demasiado extensa, quizá) me gustaría reproducir, al igual que aparece en alguna de las ediciones de La interpretación de los sueños, la siguiente ilustración. Titulada El sueño de la niñera francesa de Ferenczi en honor de dicho psicoanalista, en ella se ve un claro ejemplo, brillante, de cómo funciona la imaginación onírica. Así, del reguero de pis de un infante se forma un anchuroso mar por el que transita un transatlántico, cuya bocina despierta finalmente a la niñera, procediendo este sonido en la realidad no de un barco, sino del llanto del niño al que cuida.

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