RAEH: diferencia entre poner y colocar.

Extracto del libro Aproximación estética al fable del siglo veintiuno: una amenaza global, por el ilustre pensador italo-calvino Francesco Che cosa? Martínez (48 a.C – 98 a.C), autor, entre otras, de epopeyas como Cantar de selfies y Las cuitas de Pedro Sánchez I.

Desde los albores de la humanidad, cuando todavía no nos habíamos ganado el apelativo de monos desnudos y hacíamos la compra en el arbusto más cercano (sin sentir la necesidad de compartir con nuestros allegados virtuales cómo había ido la experiencia o los resultados fósiles de nuestra deglución, en ocasiones mortal); existen, decíamos, problemas con el lenguaje y los equívocos a los que este, al ser usado indolentemente, nos lleva. Está más que documentado que, allá por el Paleozoico, no pocas guerras de sílice comenzaron porque el Atrida de turno no supo captar el toque irónico con el que el líder de otra tribu le dedicaba sus “buga buga”.

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Fuente innecesaria: http://educasaac.educa.madrid.org/uploads/images/201503040932322.png

Milenios más tarde, seguimos prácticamente en las mismas. De aquellos polvos sin protección vienen estos lodos no deseados. Prueba de ello es que, tertulianos de todo el mundo, comparten la idea de que es demagogia toda cosa que no sea acusar al contendiente de demagogia, mientras que precisamente esto es lo único demagógico. Continuando con el ejemplo, que puede ser fácilmente llevado a la vida diaria, pues es fruto de la incapacidad, intrínseca al ser humano, de no poder comprendernos los unos a los otros; se deriva que el tono de la voz vaya aumentando hasta que el espectador, lleno de desafecciones varias, abandone la misión democrática de comerse los debates televisivos, el deber de todo ciudadano, si no desea contraer una cefalea de proporciones védicas. Y así hablamos sin escuchar, y escuchamos gritando.

Pero existe otro camino alejado del de la confrontación y el pasotismo: tratar de deslindar las palabras una a una, es decir, acabar, vía burocratización abstracta de la lengua, con su uso indiscriminado. Me explico: es necesario que todos nos encorsetemos el mismo uniforme lingüístico para, en primer lugar, no ir mal conjuntados y dar del cante, y, en segundo término, evitar tanto estigmatizar a los pobres, parcos en palabras, como la ostentación de los ricos, pedantes y alejados del sentir del pueblo.

Mascando este pensamiento andaba cuando, desde un escaparate cercano, una especie de ilusión óptica cambió mi vida y labor académica para siempre. En un atril caoba, rodeado de los más variados best-seller, se hallaba cogiendo polvo un libro para mí desconocido entonces, si bien ahora me hace las de devocionario. La citada ilusión me hizo creer que el libro se movía, cuando en realidad era movido por una velluda mano de dependiente, que más tarde vi colgando de la extremidad izquierda del susodicho. Cuando, por fin, apartó la mano, pude ver el título del libro en cuestión: Bosquejo de una patafísica anal del lenguaje no iconoclasta, segundo tomo izquierda.

Así, este libro del ilustre pensador catalano-manchego Isidoro McSánchez de Smith me hizo encontrar la senda por la cual transitan ahora mis pies de filólogo. En una de sus páginas, repletas de esa sabiduría que no puede aprenderse, sino sólo poseerse, este escritor estimó oportuno distinguir entre dos verbos muy parecidos entre sí, y que normalmente son usados como sinónimos por el lego. Estos verbos eran andar y caminar. Y si bien McSánchez apenas dio importancia a este asunto, pues la incluyó en el decimosegundo anexo de su libro, yo hice de él mi método de trabajo.

Y es que descubrí que mi vida no tenía ya sentido alguno más que mi mesiánica misión en la Tierra de continuar la labor del que, a día de hoy, considero mi más preciado mentor. Por ello, empecé de inmediato la tarea que me encomendaban los Dioses y decidí hacerlo con dos verbos de lo más parecido pero que, tras una sagaz, imparcial y meticulosa observación, se me revelaron como completamente distintos, antónimos incluso. Y estos eran los verbos poner y colocar, y he aquí las principales conclusiones que hallé al respecto.

En primer lugar, cabe decir que es labor más de los estudiosos de los hombres y su contenido, es decir, los psicólogos, argüir y poder decirnos fehacientemente cuándo una persona está colocando un objeto sobre una superficie y cuando lo está poniendo. Sea como sea, a grandes rasgos, mis primeras observaciones me hacen suponer que la diferencia radica en la intencionalidad de quien lleva a cabo esta acción. Así, colocar un objeto (por ejemplo, un dildo rosa de unos 30 centimetros) en una superficie (por ejemplo, una consola del siglo XVIII adornada con motivos gaélicos) requiere que el sujeto en cuestión sepa 1) lo que lleva en la mano 2) dónde va dejarlo y 3) porqué va a realizar esta operación, mientras que si simplemente pone el dildo sobre la consola las premisas 2) y 3) no son en absoluto necesarias.

De lo anterior se deriva que ese hecho tan común que es olvidar dónde hemos dejado una cosa (normalmente las gafas o la dignidad) sólo sea posible si dicha cosa la hemos puesto, que no colocado. El propio uso lingüístico ordinario así parece corroborarlo, pues ¿acaso alguien dice “¡Diantres! ¿Dónde he colocado mis calcetines de los viernes?”? . La respuesta es no. Mientras que, por el contrario, no es nada raro que, abierta la ventana de par en par, se cuele en nuestro hogar la siguiente increpación: “¿Mamá, dónde coño me has puesto los condones?”

Por lo tanto, hay que bucear en las intenciones del sujeto para saber si está poniendo o colocando una cosa sobre una superficie. Sea como sea, lo que hemos dejado claro es que dejar una cosa al azar sobre algo no es colocarla. Por ello, colocar algo implica también cierta meticulosidad, tan característica de los neuróticos. De ahí que la gente que coloca sus cosas deba tener especial vigilancia sobre su propio proceder cotidiano si no quiere sufrir una psicopatología en el futuro. Por el contrario, ser desordenado y despistado, que no caótico e indolente, es una saludable práctica, visto lo visto.

Asimismo, volviendo al tema de los condones, cabe decir que el vulgo usa indistintamente estos verbos para designar la acción que cubre de látex el miembro viril. Nada más lejos de la realidad. Y es que, como todo el mundo puede corroborar en su vida sexual (si se es afortunado y se tiene lo que los humanos entienden por ello), si el individuo masculino en cuestión es quien lleva a cabo la operación, se está poniendo la protección; mientras que si es su pareja, ya sea otro macho o una fémina, quien realiza la operación, lo está colocando. Por ello, es imposible poner, que no colocar, un condón con la boca, debido principalmente a la existencia de las costillas flotantes.

En otro orden de ideas, salvo en determinados casos que pronto analizaremos, tampoco se puede colocar lo intangible: es imposible colocar una emisora de radio, un canal de televisión, una ciega en una partida de póquer online, una determinada cara… Tampoco puede uno colocarse las vestiduras si no han sido estas previamente descolocadas, mientras que para ponerse la ropa puede ir uno desnudo, si bien no necesariamente. Así, uno se pone el sombrero y luego, si quiere, lo coloca a su gusto. Por otro lado, en el apartado abstracto, también se habla de poner a prueba a alguien, de ponerse nervioso, de poner un huevo… acciones todas imposibles de realizar colocando, que no colocado.

Llegados a este punto toca hablar de uno de los mayores quebraderos de cabeza que han aparecido a largo de la exhaustiva investigación, cuestión que ha amenazado seriamente con desdibujar la fina linea que separa la cordura de la locura en mi persona. Y es que es consabido por todos que estos dos términos, poner y colocar, también son empleados en la jerga de los politoxicómanos. Al principio creí haber hallado la única excepción a la regla de que poner y colocar nunca pueden ser perfectamente intercambiados en una frase. Sin embargo, pese a que me costó noches de desvelo y varias rayas de speed, conseguí ver mi error y salvar mi teoría.

Y es que, ¿acaso alguien puede afirmar ir “puesto” de hierba? ¿Puede la marihuana, planta inofensiva, sin diente alguno, hacer decir despectivamente de alguien que “Fulanito va to´ puesto de cannabis”? La respuesta debe ser negativa. Y es que con las drogas blandas puede uno colocarse, que no ponerse. Es más, puede uno ponerse hasta las trancas de hierba y no estar puesto, si bien es indudable que estará colocado por muy descolocado que pueda sentirse. Sin embargo, decir estoy “colocado de heroína” sería despreciar los efectos de esta sustancia.

Si bien son prácticamente infinitos los puntos en los que única y exclusivamente cabe decir poner y no colocar, pues poner es un verbo mucho más inclusivo que colocar, mucho más sectario, cabe por último hacer una distinción entre estos dos verbos. Y es que al primo segundo de un amigo de tu hermano pequeño le puedes poner al frente del departamento de márquetin de tu empresa, pero a tu propio primo, a tu propio hermano, no le pondrías, si no que le colocarías vía enchufe. Así, colocar, además de intencionalidad, tiene una componente de trato de favor que no implica poner; de ahí, de nuevo, que ambos verbos no puedan ser usados indistintamente.

Puesto que colocar no puede ser usado como locución conjuntiva y con poner lo acabamos de hacer al inicio de esta misma frase, he aquí otra diferencia más. Y hallaríamos otra diferencia detrás de otra si siguiésemos en nuestro empeño de deslindar estos verbos. Pero creo que con lo dicho es más que suficiente. Sin embargo, lo expuesto hasta aquí no basta para generalizar tanto como para llegar al extremo de afirmar que no existe sobre la faz de la Tierra sinónimo alguno, sino que todas y cada una de las palabras deben ser usadas indistintamente. Sin embargo, las investigaciones llevadas a cabo hasta la fecha así lo parecen indicar.

Para llevar a cabo estudios más exhaustivos en esta fundamental materia, desde las filas del PSOEZ (Pelmazos Sobreactuados Obstruyen el Espacio del Zangoloteo), partido al cual represento en la Comunidad de Comillas, llevamos lustros pidiendo al Gobierno de Mariano Ramón una mayor dotación presupuestaria en la partida destinada a acabar con los sinónimos. Y es que cabe recordar que esta cuestión está dotada en la actualidad con menos varios millones de dólares; pues este gobierno, corrompible y corruptor a partes iguales, financia las operaciones de la RAE, ente reaccionario, por decir poco, muy partidario de sinónimos, antónimos y demás sandeces que, en vez de reconocer lo genuino que hay en cada palabra, pretende hacer de todas ellas como con los cromos Panini: constituir el vocablo en un objeto intercambiable, cuyas dinámicas dependan de la moda y, de forma más relevante, si cabe, de los intereses de la pequeña y mediana empresa, el enemigo por excelencia del proletariado.

Atentamente, firma esta misiva en forma de extracto de libro don Federico Malatesta Buonanotte, asesino y suplantador del ilustrísimo Francesco Che cosa? Martínez.

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