RAEH: diferencia entre andar y caminar.

Extracto del libro Bosquejo de una patafísica anal del lenguaje no iconoclasta, segundo tomo izquierda, por el ilustre pensador catalano-manchego Isidoro McSánchez de Smith (2013-2018), autor, entre otras, de novelas como La atunera maldita o C´s: todo lo que deberías saber de la fotogenia.

Como es consabida, pero inconscientemente, la cuestión de la que hablamos, hace falta refirmarla una vez más para, en pos de derrotar al oscurantismo imperante en esta época de buenismo pseudo-ilustrado y marvelismo que nos ha tocado desvivir, sacar a la luz una verdad como la copa de un bar jincho: andar no es lo mismo que pasear. Una vez parida la distinción, no cabe si no pedir al lector que sojuzgue un instante el improperio que comienza a sobresalir en la afilada punta de su sin hueso, a fin de retener el calificativo “sandez” al menos hasta concluir el presente texto, cuya gestación tantos esfuerzos filológicos, emanados del erario público, ha costado.

 

casminar
Personas caminando por una de las Lunas de Júpiter, Murcia.

 

Dicho esto, nos vemos obligados a reconocer la indudabilidad de que cuando se anda se camina, al igual que es innegable la hipótesis de que esto mismo ocurre cuando se pasea. Pero el caso es que este verbo, caminar, actúa aquí de puente, de cuerda de la ropa, entre dos actos que, si bien vecinos, son muy distintos entre sí. Y es que, a grandes rasgos y dentro de un intervalo de confianza del 85%, andar y pasear están separados por el mar del utilitarismo, ese descansillo que va del comer al dormir pasando por las aguas mayores. Como no hace falta, repito, me explico: aquel que anda, tiene, de forma inexorable, necesidad de ello; mientras que, por el contrario, el pasear no tiene más objeto que sí mismo y, en los casos límite, la receta de un médico o el hastío, si se es señora o señor, respectivamente, o, incluso, el propio médico.

Consecuentemente, a trabajar, al colegio, al baño, a recoger a tu sobrino Flugejejeimer Junior de su clase de squash… se puede ir andando, caminando incluso, pero no se puede ir dando un paseo. Hacerlo daría con el traste con todas las leyes de la física. Además, a trabajar, por ejemplo, es preferible ir andando pero sólo hasta el coche, por eso de que se contamina más y es mayor la sensación de box-to-box. Y el mundo necesita más de Lampard que de Ander Herrera, pues tocar por tocar la bocha es tontería, demagogia, mientras que un chupinazo a la red envalentona a las gradas y reactiva el ciclo económico. Como excepción a esta regla recién fijada en tabla de piedra, del trabajo a casa sí que se puede ir paseando, si bien para ello es necesario que se cumpla una de estas dos opciones, no excluyentes entre sí: o bien que el sujeto haya sido despedido, es decir, mandado a paseo; o, dos de dos, haber bebido algo en el trascurso del camino, preferiblemente orujo o cualquier licor, siempre que no sea Jagger.

Por el contrario, si bien el buen paseo ocupa prácticamente el ciento un por cien de la capacidad intracraneal de quien lo lleva a cabo, esto no impide que el sujeto en cuestión, que no cuestionado, pueda rumiar las preocupaciones de su vida diaria durante el transcurso del mismo. En esto, pasear y soñar son sinónimos, si bien en el mundo no onírico nos está vedada la posibilidad de cortar, vía montaje, las partes más anodinas del paseo, por lo que es preciso existir durante todas y cada una de ellas.

Independientemente de lo anterior y de que se sea o no vegetariano, esto de rumiar no es aconsejable llevarlo a su extremo, pues si se piensa en exceso, se pasa de pasear a andar, pues pasear es, o al menos debe ser, presente puro; y si el futuro, es decir, el que hay que hacer luego, se entromete demasiado en el paseo, el trayecto se convierte en un segmento, que parte de la ocupación A, andar, hasta llegar a la B, que no es sino hacer el quehacer de turno.

Por ello, no es baladí recomendar que, yendo de paseo, no se piense más que en lo que uno se cruce, sin querer, en su camino. Ir, por lo tanto, ocupado en estar desocupado, es decir, disponible a toda intromisión o variopinto estímulo con el que pueda uno toparse. En este punto cabe también decir que, si bien hemos dicho que caminar también es pasear, si uno se fija una meta o recorrido exacto para llevar a cabo, estos verbos, que hemos pintado como indistintos, pasan de ser siameses a constituirse en hijos de la misma madre pero de distinto padre, con cuernos de por medio. Y es que pasear no se puede hacer sino sin destino, sin sino, ya que cada uno debe ir a sus anchas y parar cuando le venga en gana, esté cansado o, como sucede a menudo, descubra que ha vuelto a casa aún sin quererlo.

Ya sé que todo lo expuesto aquí le olerá algunos a fruta pasada, intelectualmente hablando. Se podrá acusarme de verdulera, pero no de no haber meditado esta cuestión, que no podría ser más fundamental. Y es que, si no nos damos cuenta, o si, por el contrario, prestamos excesiva atención a nuestros actos, será imposible pasear en un futuro. Y esto sería, de nuevo, otro fragmento del paraíso original, esa niñez en forma de isla, que se nos desprendería del alma, arrancado de lo más profundo de nuestro ser. Y es esto contra lo que debemos rebelarnos.

Por ello, desde BOX (Becerros de Oro Xenófobos) pedimos tu voto para las próximas elecciones al parlamento indoeuropeo. Lástima, sin embargo, que esto no sea más que el falso extracto de un libro falso y no una campaña electoral falsa. Por eso, desde BOX prometemos que, antes de pedir un reconocimiento constitucional a la distinción entre andar y caminar, nos instituiremos como partido político, una vez, eso sí, que hayamos demandado al Cenicero de Ni-idea (nótese que este juego de palabras es puramente federicojimenezlosantoriano) por habernos inventado sin previo consentimiento de nuestra parte.

 

Atentamente, el amanuense del ilustre Isidoro McSánchez de Smith, seudónimo del hidalgo Isaías Flugejejeimer Senior, experto en márquetin mix.

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