Clásicos de la literatura universal: Candido (1759), por Voltaire.

François-Marie Arouet, quien pasara a la historia de la literatura y la filosofía bajo el seudónimo de Voltaire, nació en París allá por 1694 en el seno de una familia pudiente de raíces jansenistas. Siendo Voltaire muy joven, comienza ya a labrarse la reputación de polemista y escritor satírico que le perseguirá durante toda su vida (incluso, a día de hoy, se le recuerda principalmente por ello), y que le provocará no pocos problemas legales. Como prueba de ello, con tan sólo 23 años, Voltaire es encerrado en la Bastilla, dónde permanecerá cerca de un año, tras burlarse de la hija del duque de Orleans (quien fuera regente de Francia durante la minoría de edad de Luis XV) al afirmar que esta no se dejaba ver en sociedad con el fin de ocultar un embarazo ocurrido fuera del matrimonio.

Precisamente en esta prisión es dónde Voltaire escribe la que será su primera obra, una tragedia, titulada Edipo, en la que vuelve a llevar a escena este mito sobre el incesto y la imposibilidad de escapar a lo que depara el destino. Este gusto por la historia, y por la cultura clásica en particular, harán que, a lo largo de su vida, Voltaire también recupere otros acontecimientos y figuras históricas, como pueden ser La muerte de César, Bruto y Mahoma o el fanatismo para convertirlas en tragedias teatrales. Igualmente, el escritor parisino también realizó investigaciones de carácter más exhaustivo y formal sobre figuras históricas más cercanas a su tiempo, como pueden ser El siglo de Luis XIV o la Historia de Carlos XII. Suyo también es el concepto de filosofía de la historia.

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Volviendo a la vida de este ilustre parisino, años más tarde de su primera estancia en prisión, su lengua mordaz volverá a hacerle comparecer ante la justicia, otra vez por burlarse de un noble. En este caso, Voltaire es obligado a exiliarse durante una temporada a Inglaterra. Su estancia en la isla británica es para el escritor un acontecimiento fundamental, ya que, además de descubrir la obra de Isaac Newton y de John Locke, cuyos escritos introdujo en el continente, la propia sociedad inglesa y sus instituciones tendrán una marcada influencia en su obra y pensamiento posterior. Específicamente, en sus Cartas filosóficas o cartas inglesas, alaba del país anglosajón, al que considera modélico, la libertad ideológica y religiosa que permite a sus ciudadanos. Y es que “un inglés, como hombre libre, va al Cielo por el camino que más le gusta”.

En este punto cabe destacar que Voltaire, pese a ser un feroz adversario de la Iglesia católica, a la que consideraba la causa de muchos males del mundo, y del fanatismo religioso en general, no era ni mucho menos ateo, pese a que suele ser recordado precisamente por esta cuestión. Y es que, si bien no profesaba religión alguna, se le considera deísta, es decir, que creía que el mundo y el hombre tenían orígenes divinos, pues “el mundo fue hecho con inteligencia. Por tanto, fue hecho por una inteligencia…”.

Pese a lo dicho en el párrafo anterior, Voltaire no acepta ni que la autoridad de la Iglesia sea incuestionable ni que la Biblia sea la verdad revelada, si no que considera que el conocimiento de Dios se alcanza a través de la razón y la propia observación de la naturaleza. En consonancia con esto, suya también es la conocida frase de que “si Dios no existiera, sería necesario inventarlo”. Asimismo, tal y como arroja una investigación llevada a cabo por el catedrático español Carlos Valverde, se cree que Voltaire habría aceptado la religión católica, a la que tantos ataques dirigiera en vida, en su lecho de muerte.

Volviendo a las ya citadas Cartas filosóficas, en esta obra aparecen algunas de las principales preocupaciones que vertebraron la vida de este escritor: la lucha contra la intolerancia en todas sus formas y, parejo a esto, sus ansias de libertad de palabra y pensamiento… cuestiones que volverá a retomar, de forma más teórica y universalista, en su Diccionario filosófico, otra de sus obras fundamentales. Respecto a las Cartas, cabe decir que esta obra fue prohibida en Francia, dónde se la consideró un ataque a las instituciones y costumbres del país. Sin embargo, cabe destacar que esa no era la intención del autor, quien además era de la opinión de que el parlamentarismo inglés no podría funcionar en un país como Francia, nación para la que consideraba más adecuado el modelo propuesto por el despotismo ilustrado.

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Voltaire, una de las figuras más relevantes del llamado Siglo de las Luces, fue a su vez uno de los principales exponentes de la Ilustración francesa. Como prueba de ello, si bien su relación con la gran mayoría de pensadores franceses contemporáneos distaba mucho de ser fraternal (el propio Diderot le tildó de “Anticristo”), el parisino escribió varios artículos para el megalómano proyecto de L’Encyclopédie. Igualmente, las relaciones de Voltaire con otro eminente pensador de la época, Jean-Jacques Rousseau, tampoco eran excesivamente buenas, ya que el pensador satírico, además de criticar las ideas de este último en El sentimiento de los ciudadanos, también le atacó personalmente, acusándole de abandonar a sus hijos (lo cual, dicho sea de paso, no puede ser menos cierto).

Gracias a su amistad con Federico II de Prusia, tras su periplo inglés, Voltaire fija su residencia en la actual Alemania. Sin embargo, poco después de este traslado, el hecho de criticar a uno de los ministros del emperador hace que este le retire inmediatamente su favor, por lo que abandona el país y se afinca en Ginebra. Llegados a este punto, a nadie puede extrañar que Voltaire se ganara con sus escritos las antipatías de los calvinistas. Así, decide finalmente volver a Francia, dónde se le recibe ya con buenos ojos (e incluso le nombran miembro de su Academia). Ya en 1778, tras más de treinta años de ausencia, vuelve a su ciudad natal, París. Esa misma ciudad es la que le ve morir, poco después de su regreso, a la edad de 83 años. Así, “muero adorando a Dios,  amando a mis amigos, no odiando a mis enemigos y detestando la superstición”.

Entrando ya en materia, cabe decir que Candido (obra normalmente tildada de “cuento filosófico”, al igual que su Micromegas, una de las primeras historietas de ciencia ficción de la historia de la literatura) no fue firmado por François-Marie Arouet. Tampoco apareció bajo el seudónimo de Voltaire, si no que en su introducción aparecía la siguiente aclaración: “Traducido del alemán por el Sr. Doctor Ralph con las adiciones que se encontraron en el bolsillo del Doctor, cuando murió en Minden, el año de gracia de 1759”. Y es que Voltaire nunca corroboró que él fuera realmente el autor de este libro, si bien pocas dudas caben a día de hoy de que así fuera.

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El subtítulo de Candido o el optimismo ya indica el principal tema que en esta obra se trata. Y es que la misma es una crítica mordaz de la idea, acuñada por el polímata William G. Leibniz (entre otras cuestiones, desarrolló el cálculo infinitesimal), de que vivimos en el mejor de los mundos posibles, idea que el pensador alemán derivaba de la propia perfección de su creador, Dios. Sin embargo, para Voltaire esta creencia no puede estar más lejos de la realidad, como prueban las múltiples catástrofes y tragedias que salpican las vidas de los seres humanos, en las que el dolor y el sufrimiento tienen un papel fundamental.

Por lo tanto, Candido es un libro en el que Voltaire trata el problema del mal, cuya existencia le es inexplicable partiendo de la premisa de un Universo creado por un ser infinitamente bondadoso. Y es que el optimismo es para el pensador parisiense una ilusión que irremediablemente se hará añicos cuando choque contra el muro de la realidad o, dicho de otra manera, el “optimismo es la manía de sostener, cuando todo va mal, que todo va bien”. Sea como sea, tan trágico argumento no impide que Voltaire lo trate, de forma brillante, con su tan característico humor, siempre rallante al sarcasmo.

El protagonista del libro, Candido, “a quien dotó la naturaleza de un carácter amabilísimo”, nace en Westfalia “en el castillo del señor barón de Thunder-ten-tronckh”, su tío. Desde su más tierna infancia, el joven está al cuidado del doctor Pangloss, personaje mediante el cual Voltaire caricaturiza al propio Leibniz, pues este repite constantemente a Candido que vive “en el mejor de los mundos posibles”. Bajo sus enseñanzas, Candido crece en tamaño e ingenuidad, ya que “todo lo creía con la misma inocencia”. Sin embargo, pronto la realidad tambaleará esta idea.

Y es que, tras yacer con su prima, Cunegunda, echan al joven del castillo, tras lo cual él mismo decide enrolarse en el ejército búlgaro. Pasado un tiempo, Candido deserta pensando ser libre, lo que le vale ni más ni menos que cuatro mil batacazos en la espalda. Pese a que el dolor ha hecho su aparición en su vida, el joven sigue pensando que “todo está ordenado y encadenado para el mejor fin”, incluso cuando esos mismos búlgaros pasan por el cuchillo a buena parte de su familia. Y es que Pangloss, quien acaba de contraer una enfermedad venérea, le sigue diciendo que “de los males particulares resulta necesariamente el bien general”.

Tras este periplo, alumno y mentor van a parar a la ciudad de Lisboa, con la fortuna de coincidir con el catastrófico terremoto, y posterior incendio, que tuvo lugar en la ciudad lisboeta allá por 1755, lo cual, a su vez, permite al lector situar temporalmente el trascurso de esta obra. Por su parte, Pangloss, en vez de ayudar a los damnificados o sufrir con ellos, continua férreo en su optimismo afirmando que nada podría ir mejor “puesto que es imposible que todo no sea de la manera que es, en atención a que todo es lo mejor que cabe”. Y es que, siendo Dios perfecto, no ha podido salir de su “pluma” nada imperfecto, pues esto sería una insalvable contradicción.

En esas están cuando las autoridades eclesiásticas portuguesas deciden llevar a cabo un auto de fe para que no haya más terremotos en la región. Y es que “la universidad de Coimbra había decidido que la fiesta de quemar a fuego lento unas cuantas personas, con las ceremonias y formalidades de estilo, era un secreto infalible para impedir que la tierra temblase”. Pangloss, “el más sublime de los filósofos” según su pupilo, es ahorcado por las autoridades, y Candido salva la vida de milagro. Tras encontrarse con su amada, Candido debe huir pues ha asesinado a un acaudalado judío en un duelo. En su huida, en un arranque de ira, volverá a matar.

Tras todos estos acontecimientos, el sufrimiento empieza a hacer mella en el idealismo del joven, quien ya no ve, como veía Pangloss, sentido en eso de que “todo esto que llamamos males, son flores”. Y es que, “¿de qué ha de servirme prolongar mi infeliz existencia si, ausente de mi bien, he de pasarla entre remordimientos y desesperación?”. Se da cuenta, por lo tanto, de que, pese a que lo que decía su maestro, “todo iba endemoniadamente mal”. Sin embargo, es incapaz de abandonar del todo sus creencias optimistas, por lo que se convence a sí mismo de que el mejor de los mundos posibles existe, y que no es otro que el Nuevo Mundo, por lo que decide zarpar en pos de él. Y es que, “¡Gran cosa es viajar para desengañarse de mil tonterias!”.

Ahora, acompañado de su criado (aunque quizá mejor sería llamarle compañero, amigo, pues el trato entre ambos es muy fraternal) Cacambo, Candido recorre las Indias en busca de El Dorado, a dónde finalmente consigue llegar. Allí, la abundancia material es tal que el oro es para los pobres. Para Candido este mundo sí que es perfecto. Además, mira con feliz incredulidad el hecho de que por esos lares “no tengan frailes que enseñen, que disputen, que pidan dinero, que gobiernen, que enreden, que enderecen las conciencias, que hagan quemar a cuantos no sean de su misma opinión”.

Sin embargo, como le dice un nativo en una ocasión, sabe que esta perfección no durará mucho, pues “la avarienta rapacidad de las naciones de Europa, que manifiestan una furia tan insaciable por adquirir los guijarros y el lodo de esta tierra, que a trueque de llevársele no dudaría en acabar con todos nosotros”. En este punto, cabe destacar que Voltaire fue de los primeros en afirmar abiertamente que las Cruzadas de la cristiandad no habían venido motivada por motivos religiosos, espirituales, sino que su razón de ser fue puramente económica.

Candido y Cacambo deciden volver a Europa a vivir la vida del millonario. Sin embargo, nuevas desdichas hacen que el protagonista de esta historia vuelva ser pobre como el que más. En su viaje, piensa sobre su vida, aceptando ahora la máxima de que, salvo en El Dorado, el resto es “inquinidad, miserias y lágrimas”. Asimismo, un viajero le convence de que es “preciso es creer que Dios ha abandonado todo en poder de algún espíritu perverso”, así como de que la razón de la existencia es “hacernos rabiar”. A Candido sólo le queda la esperanza del amor que representa Cunegunda, amor que finalmente conseguirá hacerse realidad.

Tras varios giros del destino, Candido, cansado de todo, reparte lo que queda de sus riquezas y decide migrar a Constantinopla en compañía de su esposa, de su amigo Cacambo y, felizmente, del resucitado Pangloss que, pese a todo lo que ha pasado, continua férreo en su optimismo. A las afueras de la ciudad, compran un terreno. Y es que Candido, tras todas sus aventuras, ha llegado a su propia máxima vital: “lo que importa es no disertar, no argüir y cultivar la huerta”. Y es que “el trabajo aleja de nosotros tres grandes males: el aburrimiento, el vicio y la necesidad”.

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Estas últimas frases, con las que se cierra este libro, son una clara muestra de cómo Voltaire rechaza los juegos de lenguaje de los teólogos, que considera, además de irreales, incompatibles con la felicidad, que se encuentra en la sencillez. Y es que no es posible vivir en El Dorado, y fuera de él el mal campea a sus anchas. La solución, por lo tanto, es dejar de sorberse el coco y tratar de vivir la vida lo más tranquilamente posible. Por último, cabe decir que estas palabras, y este libro en general, encierran otra crítica contra los religiosos: la falsa irresponsabilidad que consigue el ser humano que, lejos de considerarse, cuanto menos, corresponsable del mal que anida en el mundo, sitúa el origen del mismo fuera de él achacándolo a los tejemanejes del Diablo.Y es que, si este es el mejor de los mundos posibles, no cabe ni imaginarse los sufrimientos de los otros.

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