Moteros tranquilos, toros salvajes: auge y caída del Nuevo Hollywood

Para entender el actual estado de la industria cinematográfica norteamericana, inmersa en producciones vacuas e irrisorias, es necesario mirar unas cuantas décadas atrás. Porque, detrás del momento catatónico que vive Hollywood, hay mucha inercia perezosa, sostenida por cifras abultadas que no se corresponden con la calidad del producto.

No hace tanto, Estados Unidos se miró y descubrió el acartonamiento que sufría. Por su parte, la vecina Europa, encabezada por movimientos como la nouvelle vague, fundaba las bases para construir las teorías del cine de autor. A finales de los años sesenta, en Hollywood, los productores eran los que controlaban las películas. Los directores no dejaban de ser meros comparsas. Sin voz ni mirada.

Peter Biskind, periodista norteamericano especializado en cine, recogió en su conocida obra Moteros tranquilos, toros salvajes (1998) la irrupción de directores norteamericanos, que, formados en las primeras univeridades cinematográficas, se valieron del mal momento económico de los estudios para rodar sus proyectos. Querían romper con el clasicismo. Era el Nuevo Hollywood.

Scorsese, Coppola, Lucas, Friedkin, Spielberg, Bogdanovich… jóvenes que querían derruir un sistema anquilosado. Cansados de cintas con las que no se identificaban. Deseosos de plasmar su mirada. Vietnam, la contracultura, su barrio, la violencia, el sexo, los movimientos por los derechos civiles… Eran materias que tenían que llevarse al celuloide. Y lo harían.

Ahora, veinte años de la publicación de la obra de Biskind, que relata en su crónica con detalle todas las fases de creación y producción de cintas legendarias de los años sesenta y setenta, como Bonnie y Clyde (1967) El Padrino (1972) o Taxi driver (1976), se puede comprobar el fracaso de esas intenciones. Que por un breve lapso de tiempo parecieron posibles. Se rozó el Nuevo Hollywood antes de que se escapara  para siempre.

Marlon Brando en Apocalypse Now

Marlon Brando durante el rodaje de Apocalypse Now.

Easy Rider, el comienzo del fin

Biskind puebla su relato de infinitas anécdotas, declaraciones y detalles narrados por los propios protagonistas de la época. Cientos de entrevistas que sirven para documentar el auge y caída de la última época dorada del cine estadounidense. Cuyo arranque, según Biskind, estaría marcado por Easy Rider (1969), producción caótica y determinante en esta historia.

«El problema de la cocaína en los Estados Unidos en realidad lo provoqué yo». Esta frase, que podría haber sido pronunciada por Pablo Escobar, pertenece a Dennis Hopper, director y coprotagonista de Easy Rider, quien aseguraba que la elección de esa droga como eje central de la cinta mencionada, fundamental en la contracultura norteamericana de los años setenta, fue la que popularizó la cocaína por encima de cualquier estupefaciente.

Pero Easy Rider no solo puso de moda la coca, también marcó un camino a seguir. Alejarse de los estudios, dar capacidad de mando a los directores, rodajes en exteriores, que fuesen protagonistas complejos, y no las tramas, los núcleos de las películas y la deconstrucción de los géneros clásicos son líneas de pensamiento vitales en estos años.

El resultado fue la realización de obras contestatarias e irónicas; descarnadas y rupturistas con los preceptos del Viejo Hollywood. Y es que, como señala Peter Biskind, la cinta de moteros fue precedida de una larga retahila de películas en la que se encuentran El exorcista, Luna de papel, Los vividores, La conversación, Encuentros en la tercera fase, American Graffiti, Malas calles, Toro salvaje, Días del cielo, Apocalypse Now…

Star Wars o el nacimiento de un modelo

El catálogo de cintas del momento es vibrante, siendo las mejores de muchos de los directores que comenzaron su andadura en los setenta. Aunque existen diferencias. Algunos, como Spielberg, jamás quisieron ser autores y lograron acumular más poder y prestigio con el paso de los años. Otros, como Scorsese, tardaron tiempo en volver a tener el respeto de la crítica. Mientras que, los caídos en desgracia, como Friedkin, Cimino, Bogdanovich o Coppola no volvieron a aspirar a nada, nunca volvieron a ser poderosos cineastas con visión propia. Ya sea por sonados fracasos de taquilla o por sobredosis de éxito.

«En cierta manera, El Padrino me arruinó», alega Coppola en Moteros tranquilos, toros salvajes, que acusa a su obra, calificada por muchos como la mejor de la historia, de alejarle del camino de guionista-director. Pero como bien narra Biskind, es más certero acusar al desastroso rodaje de Apocalypse Now (1979) como el fin de su poder y prestigio.

Es difícil determinar el porqué no se consolidó este movimiento, pero para el autor del libro fue «el endosiamiento de los directores» la causa del fin del Nuevo Hollywood. Tras una serie de fracasos monumentales y de rodajes que se excedían en meses de duración y en millones del presupuesto –Carga Maldita (1977) o La puerta del cielo (1980) son dos ejemplos nítidos–, los estudios retomaron las riendas del negocio. Eso supuso que se dejase de apostar por la visión creativa y se optase por los blockbusters que han llegado hasta nuestros días.

Porque las películas high-concept, fenómeno que ha llegado hasta nuestros tiempos, nace con Tiburón (1975) y se consolida con Star Wars (1977). Ahí se encuentra la semilla del cine norteamericano contemporáneo: sagas infinitas o filmes que conectan con una fibra emocional de la audiencia para recaudar cantidades ingentes de dinero.

Estas cintas, cercanas a los libros de historietas y a los anuncios publicitarios, fueron explicadas con la mayor sinceridad posible por Spielberg. «Si alguien puede resumirme una idea en veinticinco palabras o menos, va a ser una buena película», aseguró el director de Tiburón.

Cuando se estrene la próxima entrega de la saga Star Wars o una precuela innecesaria llegue a la cartelera, se debe pensar en este momento de la historia como principal causante. Fueron los setenta la época que más cerca estuvo Hollywood de consolidar un modelo en el que lo principal fuese la obra, no la recaudación. Pero este también fue el instante exacto que derivó en el sistema en el que está inmerso hoy el cine norteamericano. Y del que nunca saldrá.

 

 

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