Antología del humor negro (1940), por André Bretón.

En los albores de la Segunda Guerra Mundial, la editorial Editions du Sagittaire publicaba en París la Antología del humor negro, obra del poeta surrealista francés André Breton (1896-1966), quien fuera el máximo exponente teórico de este movimiento de vanguardia, al cual dio forma en tres manifiestos. En lo que respecta a la obra que nos ocupa, su aparición, dependiendo de la fuente que se consulte, se fecha o bien en 1939 o bien en 1940. Sea como sea, el caso es que, tras la ocupación de la capital francesa por parte del ejército nazi el 14 de junio de 1940 y la posterior rendición del gobierno francés, el llamado régimen de Vichy, colaboracionista con los alemanes, decidió prohibir el libro.

Una vez finalizada la contienda, la obra vuelve a ver la luz en 1945. Dos años después, el propio Breton participará en la reimpresión de la obra, ligeramente modificada. Finalmente, en el mismo año de su muerte, 1966, Bretón publicaría la que será la versión definitiva de esta Antología. Así, la obra resultante está compuesta por aquellos “textos en los que este humor (el negro) ha sido llevado literariamente a su más alto grado de expresión”, es decir, por fragmentos de la obra de 45 autores escogidos personalmente por Breton, quien no niega que de ello se derive una “considerable dosis de parcialidad”. Asimismo, el propio compilador de estos textos realiza una breve introducción a los mismos, exordios que están caracterizadas por el particularísimo, críptico en ocasiones y siempre poético, proceder literario de Bretón.

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Fuente: Anagrama

Llegados a este punto, es ineludible tratar de distinguir entre el humor en general y el humor negro en particular. Siguiendo a Álvaro Luna Sandoval (autor de la tesis Humor Negro: Una aproximación estética), el humor negro “trata, ante todo, de un sentido del humor que es llevado a su extremo. Es el límite de aquello que puede resultar divertido”. Algo similar parece afirmar la RAE, quien lo define como aquel “humorismo que se ejerce a propósito de cosas que suscitarían, contempladas desde otra perspectiva, piedad, terror, lástima o emociones parecidas”.

Según el autor recientemente citado, el concepto de humor negro, cuya vigencia en nuestros días achaca precisamente a la obra de Breton que hoy analizamos, puede rastrearse hasta la atávica teoría humoral elaborada en la Grecia Antigua por Hipócrates, y que básicamente venía a decir que el ser humano está compuesto por cuatro humores o fluidos, que son la sangre, la flema y las bilis amarilla y negra. Así, la salud vendría dada por el equilibrio de los mismos en el organismo, mientras que toda enfermedad se derivaría de algún exceso o defecto de alguno de estos humores. A los efectos que nos atañen, cabe destacar que la bilis negra se asociaba a la tristeza, al pesimismo, a la melancolía y a la creación artística. Partiendo de esta concepción, vigente en Europa hasta hace unos siglos, el humor negro sería precisamente reírse de lo malo que existe en la vida y, específicamente, de la maldad, la crueldad y la muerte.

Como es consabido, el surrealismo no hubiese existido, o hubiese sido otro totalmente distinto, si los integrantes de este movimiento, y Breton en particular, no hubiesen conocido y venerado la obra de Sigmund Freud. Inventor del psicoanálisis, reivindicador del sueño y el inconsciente como fenómenos psíquicos de total relevancia… este pensador de orígenes austriacos y ascendencia judía también trató el tema del humor, al que consideraba algo sublime, elevado, capaz de liberar en cierto modo el peso de la rutina y el dolor. Igualmente, como se recoge el ya citado trabajo de Luna Sandoval, Freud también “desarrolla la idea de que el humor permite que ciertos contenidos problemáticos puedan ser exteriorizados”. Así, “el humor permitiría decir cosas que en otro contexto no pueden decirse, sea de modo intencional o inconsciente”.

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André Breton

En lo que respecta a Breton, cabe decir que en esta su Antología el poeta francés no siente la necesidad de otorgar definición alguna sobre el humor negro. Simplemente, se limita a mentar las fronteras que este humor posee: “la tontería, la ironía escéptica, la broma sin gravedad… (la enumeración sería larga)” Igualmente, afirma que el humor negro es “el enemigo mortal del sentimentalismo con aire perpetuamente acorralado –el eterno sentimentalismo sobre fondo azul-”. Asimismo, en la introducción de este libro, cita a su amigo surrealista Louis Aragon, quien nos dice sencillamente que “el humor es lo que falta a los caldos, a las gallinas, a las orquestas sinfónicas”. Y es que así nos entendemos todos.

Como ya hemos dicho, en esta obra aparecen fragmentos de 45 autores distintos. Entre ellos, se encuentran nombres conocidos por todos, como pueden ser Charles Baudelarie, Franz Kafka, Lewis Carroll, Edgar Allan Poe, Arthur Rimbaud… así como el de muchos contemporáneos y amigos de Breton, como pueden ser André Gide, Marcel Duchamp, Jean-Pierre Brisset (en mi opinión, el más ilegible de todos cuantos se encuentran en esta selección) o George Peret. Igualmente, se menta el nombre y obra de dos escritoras: Leonora Carrigton y Gisèle Prassinos, ambas mujeres asociadas al movimiento surrealista.

Junto a estos nombres aparecen otros mucho más desconocidos, pero que, a juzgar por la calidad de los fragmentos escogidos por Breton, merecen mayor visibilidad y atención. Así, cabe destacar especialmente a Georg Christoph Lichtenberg y sus Aforismos, a Christian Dietrich Grabbe y Los Silenos y a Petrus Borel y su cuento El licántropo. Por otro lado, extraña la ausencia de un autentico maestro del humor negro: Quevedo, quizá el autor español más importante en la materia. Por mi parte, también hecho en falta en esta selección el cuento Las hormigas, de Boris Vian, en el que se narra el desembarco de Normandía de forma tan brillante como absurda.

Asimismo, si bien el libro compila exclusivamente la obra de escritores, en su introducción al mismo Breton reconoce que el humor negro puede encontrarse en otras artes, como pueden ser la pintura (cita las caricaturas de Goya y los grabados del mexicano José Guadalupe Posada) o el cine (como pueden ser algunas obras de Chaplin o Un perro andaluz, el surrealista cortometraje de Luis Buñuel y Salvador Dalí).

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Uno de los Caprichos de Goya

De forma parecida, es curioso que, al acercarse uno a estas páginas, se tenga en ocasiones la sensación de que algunos de los fragmentos escogidos por Breton no pertenecen al humor negro; pues, sin atisbo de comicidad alguno, sólo participan de lo macabro. En otras ocasiones, por el contrario, pese a lo que leemos nos hace reír, no vemos negrura en ello. Sea como sea, conviene destacar que el poeta francés compiló a estos autores atendiendo exclusivamente a su gusto personal, lo que explica perfectamente las ya citadas ausencias y hace entrever la idea de que lo que a algunos les parece humor a otros no les hace gracia alguna; mientras que otros terceros (sin duda los peores de todos) podrían llegar incluso a sentirse ofendidos.

Por nuestra parte, desde El Cenicero De Ideas (patente en trámite ad infinitum) hemos decidido destacar 5 de estos 45 autores, ya sea por la calidad de los fragmentos expuestos por Breton, por su importancia en la temática que nos ocupa o, principalmente, por ser algunos de los favoritos de su autor. Sin más dilación, he aquí a los mismos:

-Jonathan Swift (1665-1745): Más allá de su archiconocida sátira política Los viajes de Gulliver, la obra y pensamiento de este escritor irlandés permiten a Breton afirmar que “en materia de humor negro, todo lo señala como el verdadero iniciador”. Igualmente, en el primer manifiesto del surrealismo, el francés afirmaba que Swift era “surrealista en la maldad”, lo cual se verá fácilmente en las frases que siguen.

Y es que, entre los fragmentos que en esta antología se encuentran, cabe destacar aquel texto en el que Swift instruye a los criados acerca de cómo hacer imposible la vida a sus amos y, especialmente, una medida política ideada por él de lo más macabra. Y es que, ante el problema de la pobreza y abandono infantil, Swift preconiza convertir a los niños pobres en un manjar culinario de lujo, lo que reduciría drásticamente el número de infantes harapientos en las calles de Dublin (la lógica es aplastante). Igualmente, además de sanear las cuentas públicas, esta medida también provocaría que “los hombres atenderían a sus esposas durante el embarazo tanto como atienden ahora a sus yeguas, sus vacas o sus marranas cuando están por partir, y no las amenazarán con golpearlas y patearlas (como tan frecuentemente hacen) por temor a un aborto”.

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Swift

-Donatien Alphonse François de Sade (1740-1814): Más conocido como marqués de Sade, la vida de este noble francés estuvo salpicada continuamente por polémicas y escándalos que le valieron pasar en distintas cárceles más de veinticinco años de su vida. Acusado en varias ocasiones de libertinaje y desviación, su obra atentaba contra la moral vigente: lesbianismo, ménage à trois, violaciones, las más variadas parafilias, su exacerbado ateismo (suya es la frase “la idea de Dios es el único mal que no puedo perdonar al hombre”)…

Por todo ello, como dice Breton, “ha sido precisa toda la intuición de los poetas para salvar de la noche definitiva, a la que la hipocresía la condenaba, la expresión de un pensamiento unánimemente considerada subversivo, el pensamiento del Marqués de Sade”. Y es que muchos han sido los esfuerzos, sin éxito aparente, encaminados a hacer caer en el olvido la vida y obra de este aristócrata tan peculiar. A grandes rasgos, su inclusión en esta lista se debe a que en sus escritos es muy usual el humor negro y, especialmente, la ironía con tintes macabros. Además, para Breton, valga la redundancia, Sade era surrealista en el sadismo. Algunas de sus obras más conocidas son Justine o los infortunios de la virtud, La filosofía en el tocador y Las ciento veinte jornadas de Sodoma o la escuela de libertinaje.

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Marqués de Sade

-Pierre François Lacenaire (1803-1836): Tras desertar del ejercito francés, Lacenaire llevó una vida en la que crimen y poesía se alternaron hasta el final de sus días. Condenado a muerte por un doble asesinato, Lacenaire esperaba el fin de sus días escribiendo poemas como “¡Te saludo, guillotina, expiación sublime/ que al hombre arranca del hombre/ y del crimen perfecto!“, así como otra serie de pensamientos y reflexiones que se encuentran recopilados bajo el título de Memorias, revelaciones y poesías. Siendo su ejecución un auténtico circo mediático, tal fue su impacto en la sociedad de la época que, traspasando las fronteras francesas, se cree probable que Dostoyevski se fijara en la figura de este asesino para construir al protagonista de Crimen y Castigo.

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Lacenaire

-Isidore Lucien Ducasse (1846-1870): De orígenes uruguayos pero ascendencia francesa, bajo el seudónimo de Conde de Lautréamont este prácticamente desconocido autor escribió Los cantos de Maldoror. La obra de Ducasse, según Breton, brilla “con un resplandor incomparable; son la expresión de una revelación total que parece ir más allá de las posibilidades humanas”. Y es que, plagados de elementos sádicos y las más extrañas metamorfosis, Los Cantos son una oda al mal e, igualmente, una declaración de guerra “eterna y sin cuartel” de su protagonista, el antiheroe Maldoror, tanto contra Dios como contra el resto de seres humanos.

Pese a lo que pueda parecer a simple vista, Los Cantos, a pesar de su contenido macabro, diabólico, están escritos con un estilo de inefable belleza. Por todo ello, Ducasse se convirtió en una especie de Dios para los surrealistas, especialmente para Breton. Y es que el poeta francés era de la opinión de que era imposible atacar al surrealismo sin atacar primero a Los Cantos, siendo estos “inatacables”.

Isidore Ducasse

-Alfred Jarry (1873-1907): Junto a su obra teatral Ubú Rey, en la que Jarry atacó con autentico furor al poder en general y a la tiranía ególatra en particular, a este autor se le recuerda principalmente por ser el inventor del término patafísica (a la cual definió como la “ciencia de las soluciones imaginarias que otorga simbólicamente a las delineaciones de los cuerpos las propiedades de los objetos descritas por su virtualidad”) y por su propia extravagancia.

Muestra de lo anterior es que su último deseo en vida fuera pedir un mondadientes. Igualmente, Jarry tenía por costumbre ir acompañado de su revolver por las calles de París, calles que no pocas veces le vieron bajo los efectos del alcohol. De ahí que Breton dijera cómicamente que “Jarry es surrealista en la absenta”. Sea como sea, en su obra el humor se entrecruza con lo grotesco y el absurdo, lo que ha justificado que algunos críticos vean en Jarry un precursor tanto del surrealismo como, especialmente, del teatro del absurdo de Ionesco, Beckett (aquí hemos hablado de su Esperando a Godot), Artaud y compañía.

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Alfred Jarry

A modo de conclusión, cabe decir que la Antología del humor negro es un ameno paseo en torno a las filias de Breton, quien fuera llamado el Papa del surrealismo. Y es que este libro nos participa de alguno de sus autores favoritos, a los cuales el poeta francés introduce breve pero magistralmente. Asimismo, los fragmentos literarios por él escogidos cumplen en su gran mayoría el objetivo encomendado: provocar una sonrisa, culpable en ocasiones, en el lector.

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