La vuelta al día en ochenta mundos (1967), por Julio Cortázar y Julio Silva.

La genuina noción que de lo real y lo fantástico poseía Julio Cortázar (1914-1984), una de las plumas más originales del último siglo, sirve, a grandes rasgos, para introducir y condensar su tan extensa como brillante obra literaria. Allá por 1977, en una entrevista con el mítico Joaquín Soler, el escritor argentino afirmaba que “lo fantástico y lo real se entrecruzan cotidianamente” sin que sea posible diferenciar claramente lo que es realidad y lo que es fantasía en la vida de uno.

No existe mejor ejemplo de esta creencia, de esta especie de confusión maravillosa, que la propia obra de Cortázar. Y es que en ella vemos cómo la cotidianeidad, sin que apenas nos demos cuenta, sin que apenas nos extrañemos de ello, da paso a una nueva capa, que cabe incluso tildar de “surrealidad”, que transciende a la realidad impuesta como única y verdadera por el realismo positivista. Por lo tanto, no es del todo descabellado emparentar el proceder literario de Cortázar tanto con el surrealismo de Bretón y compañía como con el realismo mágico de autores como Márquez o Juan Rulfo, entre otros.

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Junto a lo anterior, lo que hace obligatorio visitar al menos una vez en vida el mundo literario creado por Cortázar, así como lo que convierte a este escritor en único en la historia de la literatura, es su inconfundible estilo narrativo. Él mismo afirmaba que este, lejos de responder a principios clasistas como el de la métrica o la rima, buscaba ser el homólogo del swing en el jazz. Igualmente, cultismos y vulgarismos, en su mayoría de origen lunfardo, tienen cabida en su obra, adaptándose al texto con singular maestría, sin hacer que el lector piense ni en excesos ni en defectos, sino más bien en un lenguaje cuidadosamente labrado.

Ya en un plano más personal, sus inquietudes y aficiones, como pueden ser la música y el boxeo, la astrología y la mitología griega; salpican y vertebran gran parte de su obra escrita, que va de la novela al cuento, de la poesía al collage difícilmente clasificable. Igualmente, especialmente en la segunda mitad de su vida, es imposible hablar de Cortázar sin mentar su afinidad con los movimientos de izquierdas y su rechazo al imperialismo yanqui.

Y es que el escritor era de la opinión de que “la humanidad empezará verdaderamente a merecer su nombre el día en que haya cesado la explotación del hombre por el hombre”. Por otro lado, como curiosidad, cabe decir que el escuchar de su propia boca, entre bocanada y bocanada de humo, alguno de sus cuentos, es una auténtica maravilla, debido a su tan característico como embriagador acento franco-argentino.

Julio Cortázar nació en Bruselas allá por 1914, justo cuando las tropas alemanas entraban en Bélgica en el contexto de la Primera Guerra Mundial. Como buena parte de los argentinos en aquella época, tenía antepasados europeos, en su caso franceses, alemanes y vascos. En consonancia con esto, el propio escritor defendió en vida el mestizaje como forma de acabar con aquestos patrioterismos que tanto repudiaba. Él, por su parte, más allá de argentino, se consideraba latinoamericano. Asimismo, cabe decir que poco antes de morir decidió nacionalizarse francés como repulsa a la dictadura militar argentina.

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Su infancia transcurrió en Banfield; que, si bien inicialmente era un pueblo, acabó convirtiéndose en un barrio al ser absorbido por la urbe de Buenos Aires, ciudad tan presente en la obra de este escritor, y quizá el amor más perenne de su vida. Ya a los 9 años (tres años después de ese trauma que fue para el niño que su padre, al que nunca volvió a ver, abandonara el hogar sin mediar palabra), Cortázar escribía su primera novela, mientras que sus incursiones en el mundo de la poesía se remontan aún más lejos en la infancia. Introvertido, poco amigo de la masa, un médico llegó a incluso a prohibirle la lectura, si bien su madre, una mujer “culta” y cariñosa, le levantó este veto al ver al niño sufrir.

Tras tener que abandonar los estudios universitarios acuciado por la falta de dinero, motivo que le llevó también a ejercer de profesor, el joven Cortázar comienza a pensar más seriamente en dedicarse al quehacer literario por completo. Sin embargo, pese a que escribe y escribe, considera que todavía su estilo no está pulido. Consecuentemente, decide no publicar las dos novelas que escribió en su juventud, que son Divertimento y Examen, fechadas en 1949, y que vieron luz póstumamente. Su novela de infancia, desaparecida, tampoco fue publicada.

Sin embargo, ese mismo año Cortázar publica finalmente su primera obra, un poema épico, titulado Los Reyes, en el que el argentino reinterpreta el mito del laberinto y el minotauro para mostrarnos a este último como al incomprendido, al poeta, al ser extraño que la sociedad aparta y encierra en un laberinto-manicomio; mientras que Teseo pasaría de héroe a “perfecto fascista”, es decir, a aquel individuo que no duda en matar para complacer al rey Minos y mantener el orden en la sociedad.

Tras esta obra, aparecerá en 1951 Bestiario, su primer libro de cuentos y donde aparecen ya auténticas obras maestras, como pueden ser La casa tomada (ejemplo paradigmático del proceder surrealista de Cortázar, pues tomó el argumento para este cuento de un sueño) o Circe. A este respecto, cabe destacar que el propio Cortázar se consideraba a sí mismo más cuentista que novelista. Por mentar tan sólo algunos, otros de sus libros de cuentos más conocidos son Las armas secretas (El perseguidor), Todos los fuegos el fuego (La autopista del Sur), Historias de cronopios y de famas y Final del juego (Continuidad de los parques, Axolotl).

También en 1951, ya con el dictador Perón en el poder en Argentina, Cortázar decide emigrar a Europa, en concreto a París, si bien, más que un “exilio”, el escritor aduce a que realizó este viaje porque “me dio la santa gana”. Una vez establecido en el viejo continente, aparece la que será su primera novela publicada, Los Premios, obra magistral pese a su escasa repercusión. En ella, la metaliteratura y el lenguaje en general tienen un papel fundamental. Además, “nadie sabe que había en la popa de ese barco, yo tampoco”.

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En 1963 Cortázar salta al panorama literario internacional con la aparición de la que es su novela más conocida: Rayuela. En ella, Cortázar condensa “la experiencia de toda una vida y la tentativa de llevarla a la escritura”. Asimismo, es un libro que reclama del lector un papel más activo que el mero leer, incluso dotándole la posibilidad de realizar su lectura de varias formas, pues Rayuela no tiene por qué tener siempre su inicio en su primer capítulo. Otra novela suya, 62: Modelo para armar, tiene su origen precisamente en el capítulo 62 de Rayuela, y su carácter es aún más experimental que la primera.

Ya en 1967 aparece la obra de la que hablamos hoy: La vuelta al día en ochenta mundos, obra que, al igual que Último round (1967), el escritor argentino definía como “libro almanaque”, pues es un auténtico pastiche creado a partir de la acumulación de “papeles sueltos”, y cuya elaboración responde a un impulso creativo que puede ser emparentado con el infantil deseo de jugar, de experimentar. Y es que en esta obra “todo participa de esa respiración de la esponja en la que continuamente entran y salen peces de recuerdo, alianzas fulminantes de tiempos y estados y materias que la seriedad, esa señora demasiado escuchada, considera inconciliables”.

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Por último, antes de entrar en materia, cabe citar dos de sus obras de corte político-social: Fantomas (1975), una especie de tebeo que fue todo un éxito en México, y El libro de Manuel (1973), que Cortázar consideraba como la peor obra que había publicado jamás, si bien con el dinero recaudado de los derechos de autor ayudó a los presos políticos de varios países latinoamericanos. Igualmente, además de trabajar para la Unesco, Cortázar formó parte del jurado del Tribunal Russell-Sartre, quien encontrara culpable al ejército de Estados Unidos de “bombardear objetivos civiles de forma deliberada, sistemática y a gran escala” y otras violaciones a los derechos humanos en el contexto de la Guerra de Vietnam. Tras tan extensa obra, escribiendo hasta prácticamente el final de sus días, Cortázar, enfermo de leucemia, dejaba este mundo en París allá por 1984.

Volviendo a la obra que nos atañe, La vuelta al día en ochenta mundos, cabe decir que es una obra de Julios. Y es que, escrita por Julio Cortázar a partir de la deformación del título de una de las novelas de aventuras más conocidas de Julio Verne, el apartado visual de la obra (diseño, intercalación de fotografías, dibujos propios…), muy importante en el trascurso de la misma, corrió a cargo del pintor y escultor Julio Silva (1930), amigo de Cortázar. Por lo tanto,“aquí hay un Julio que nos mira desde un daguerrotipo, me temo que algo socarronamente, un Julio que escribe y pasa a limpio papeles y papeles, y un Julio que con todo eso organiza cada página armado de una paciencia que no le impide de cuando en cuando un rotundo carajo dirigido a su tocayo más inmediato”.

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Julio Silva

En lo que respecta a su contenido, el libro no podría ser más heterogéneo: Pequeños relatos fantásticos sobre cómo, por ejemplo, destruir ciudades disparando a las nubes flechas petrificadoras; retazos de corte autobiográfico de su autor que nos participan de su día a día; críticas de jazz y narraciones de combates pugilísticos, dos de sus mayores pasiones; poemas en francés propios o de autores predilectos; recortes de trabajos hechos para la Unesco; y, en definitiva, el más ecléctico compendio de pensamientos sobre literatura, pintura, filosofía, política…

De forma paralela, son muchos los nombres, normalmente reverenciados, que aparecen en esta obra. En el plano literario, tienen cabida personajes conocidos por todos, como Borges, “maestro de una generación” que la crítica literaria llamaría “boom latinoamericano”; Edgar Allan Poe, cuya prosa completa tradujo Cortázar al castellano; o el ya citado Julio Verne, una de las lecturas más recurrentes de Cortázar, especialmente en su juventud. Junto a estos referentes aparecen citas a otros autores más alejados del mass media, como puede ser Raymond Roussel o José Lezama Lima, autor de Paradiso, novela que Cortázar consideraba obra maestra de la literatura universal.

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Julio Verne

Del mundo musical, Cortázar menta, entre otras, la obra de Charlie Parker, Thelonious Monk, Iannis Xenakis y, especialmente, Louis Armstrong, a quien el argentino consideraba “uno de mis dioses” y uno de los mayores cronopios que jamás han existido. Asimismo, Cortázar ya había utilizado la figura de Charlie Parker, si bien un tanto deformada, en uno de sus cuentos más conocidos: El perseguidor.

Por último, en el apartado plástico aparecen reproducidas piezas de Marcel Duchamp, de Max Ernst, del dibujante prácticamente olvidado en la actualidad Adolf Wölfli… Asimismo, aparece una reconstrucción de la máquina RAYUEL-O-MATIC, ideada por el patafísico Juan Esteban Fassio para leer Rayuela mecánicamente, proyecto que ahora ha sido trasladado a la WWW aquí.

En definitiva, esta obra es un viaje ameno alrededor del mundo que es y que creó Cortázar: sus influencias, sus preocupaciones, sus manías, sus trabajos… Consecuentemente, si bien es sumamente entretenida, especialmente en su apartado visual, esta obra no es recomendable sino para los que conozcan y gusten de la prosa del argentino, ya que acercarse a este escritor empezando por esta obra hará que esta última pierda buena parte de su encanto. Además, como ya hemos visto y reincidiremos en el próximo párrafo, es aconsejable tener alguna idea acerca de los cronopios, si bien nadie puede afirmar con seguridad conocer a la perfección a estos seres creados por Cortázar, para entender alguna de las autoreferencias que el argentino cuela en este libro.

Para terminar esta entrada, cabe decir que el titulo, una clara deformación, como ya hemos dicho, de La vuelta al mundo en ochenta de días de Julio Verne, tiene, a su vez, un significado que nos es revelado por el propio Cortázar. Y es que “este día tiene ochenta mundos, la cifra es para entenderse y porque le gustaba a mi tocayo,pero a lo mejor ayer eran cinco y esta tarde ciento veinte, nadie puede saber cuantos mundos hay en el día de un cronopio o un poeta”. Este libro, por lo tanto, nos acerca a algunos de los principales mundos que poblaban el universo cotidiano de este brillante autor incapaz de deslindar fantasía y realidad.

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Tumba de Cortázar, cuyo diseño corrió a cargo de su amigo y tocayo Julio Silva
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