Matar a un ruiseñor (1962), por Robert Mulligan

El pronto éxito que tuvo Matar a un ruiseñor, la novela de Harper Lee, motivó que los estudios Universal decidieran llevar a la gran pantalla esta obra tan sólo dos años después que su aparición en las librerías, allá por 1960. La película, dirigida por Robert Mulligan y protagonizada por Gregory Peck y Mary Badham, respondió en taquilla y gustó a la crítica. Hoy, libro y filme, merecen indistintamente el apelativo de clásicos, pero por motivos bien distintos.

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Matar a un ruiseñor en cuanto historia es, ante todo, una denuncia de los prejuicios en general y del racismo en particular. Y es que, ante un mundo en el que la justicia no es igual para todos y en el que la valía de la palabra depende del color de quien la dice, no cabe sino el rechazo y la confrontación. Marco Aurelio escribió una vez, hace casi dos mil años, que se dan situaciones en las que no hacer nada es ser parte del problema. Por suerte, pese a que no sea la tónica, a veces surgen héroes que, como Atticus Finch (Gregory Peck), anteponen el deber y la moral al bienestar personal y al convencionalismo y actúan contra lo que consideran una injusticia.

Es importante destacar que esta ficción tiene su origen en la vida real. Galardona con el Premio Pullitzer de 1960, esta historia posee una fuerte componente autobiográfica, pues la ficticia Maycomb en la que trascurre esta obra está basada en Monroeville, Alabama, dónde naciera su autora en 1926. Igualmente, el personaje de Atticus tiene su fuente de inspiración en el propio padre de la autora, quien también tuviera que defender a un hombre de color de acusaciones infundadas, caso que a Lee le marcaría para siempre.

Consecuentemente, Scout (Mary Badham), la narradora de esta historia, no es sino la niña que fue Lee. Sumergida de lleno, como decía Juan Ramón Jiménez, en la “isla” de la infancia, Scout, acompañada de su hermano Jem y de su amigo Dill (quien se cree que sería a su vez el escritor Truman Capote, amigo de la autora), choca contra una realidad que no entiende, contra unos prejuicios que, al no habérselos inculcado Atticus, no son los suyos. Además, ella misma ve cómo la sociedad la ataca por no ser un hombre blanco. En su caso, ella es una niña que odia los vestidos, no tiene miedo a pelearse y se escupe en las heridas, y que, sobretodo, no quiere para sí ese papel encorsetado que la sociedad le reserva. Y ello le trae problemas en la escuela, en las relaciones sociales…

En lo que respecta a la película, ya en sus créditos iniciales se comienza a apreciar la calidad de su fotografía y el magistral uso que en ella se hace del blanco y negro. Aún conociendo la historia, por lo tanto, es recomendable visionar la película por su belleza visual. En un año, 1962, en la que la competencia en los Oscar fue durísima (con películas como la mastodóntica Lawrence de Arabia, la bellísima Días de vino y rosas o la soberbia ¿Qué fue de Baby Jane?), la cinta de Robert Mulligan consiguió alzarse con tres estatuillas de las diez nominaciones que tuvo.

Junto a mejor dirección artística y mejor guión adaptado, encarnar a Atticus le valió a Gregory Peck el reconocimiento a mejor actor, premio que la Academia sólo le otorgó en esta ocasión, pese a su dilatada y solvente carrera y haber sido nominado en otras cuatro ocasiones. Entre otras, destaca su aparición en filmes como Horizontes de Grandeza, Las Nieves del Kilimanjaro, El despertar o El cabo del miedo, así como que volvería a aparecer en el remake que de esta última película hizo Scorsese décadas más tarde.

Como curiosidad cinéfila, cabe decir que Matar a un ruiseñor fue la primera aparición en la gran pantalla de Robert Duvall (más conocido por interpretar a Tom Hagen, el abogado de la familia Corleone). Eso si, en su papel de Boo, el “incomprendido-maniático” al que la sociedad teme y aparta, está prácticamente irreconocible. Para realizar este papel, Duvall se destiñó el pelo y se mantuvo alejado del sol durante una semana.

Para dar por finalizada esta entrada, me gustaría retrotraerme al principio de la misma, cuando decía que libro y película son a día de hoy auténticos clásicos, pero por motivos distintos. Y es que, mientras que el libro se ha ganado ese apelativo por su sencillez estilística y por la utilización que de esta historia se ha hecho en las escuelas; el filme, por su parte, merece el apelativo única y exclusivamente por su brillante fotografía y por la actuación de Peck. Desgraciadamente, a día de hoy, al cine norteamericano parece quedarle lejos esa manera de contar historias.

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