Moksha (1977), por Aldous Huxley.

Bajo el título de Moksha, se publicó en 1977 un compendio de artículos, cartas, fragmentos de ensayos, novelas… cuyo denominador común es el recoger el pensamiento de Aldous Huxley (1894-1963) en lo concerniente a uno de los temas que más interesó al británico en vida: la psicodelia. Este libro, publicado catorce años después de la muerte de su autor, debe su nombre a un concepto hindú (religión con la que estaba muy familiarizado el escritor), mediante el cual se hace referencia a la liberación del ser humano de las ataduras del karma y de la realidad ilusoria del día a día.

Igualmente, Moksha fue a su vez el nombre que Huxley confirió a la droga que tanta importancia tiene en el desarrollo de la última novela que escribió el británico en vida, La Isla, dónde describe a una sociedad utópica en la que el consumo ritual de esta sustancia tiene un papel fundamental. Y es que para Huxley las drogas no son sino “los venenos deliciosos mediante los cuales los hombres han construido, en pleno mundo hostil, sus efímeros y precarios paraísos”.

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Aldous Huxley nació en un pequeño pueblo de Inglaterra allá por 1894 en el seno de una familia de intelectuales. Ya su abuelo paterno, conocido como El bulldog de Darwin” por la defensa a ultranza que hacía de la teoría de la evolución, fue una eminencia en el campo de la biología. Igualmente, su hermano Julian pergeñó, entre otros, conceptos tan importantes en la actualidad como el de transhumanismo; mientras que uno de sus hermanastros, Andrew, fue galardonado con un premio Nobel en Medicina.

Hombre de letras pero docto en ciencia, Huxley dedicó su vida al arte de escribir y al conocimiento en general. Dentro de su obra, destacan novelas como el distópico Un mundo feliz (su libro más conocido), Contrapunto o la ya citada La Isla; así como los ensayos Cielo e Infierno y La filosofía perenne, por citar tan sólo algunos. El misticismo y la experiencia religiosa en su más amplio término, la psicología en su extensión, el arte en sus más variopintas expresiones y la incógnita que es siempre el futuro fueron algunas de sus principales preocupaciones, si bien su abanico de conocimientos era tan amplio que llegó a tocar temas tan dispares como pueden ser la parapsicología (telepatía, psi…), la demografía o, lo que nos atañe más directamente, la psicodelia. Y es que “el mundo es más extraño y complejo de lo que solemos pensar”.

La vida y obra de Huxley tuvo un punto de no retorno en 1953, cuando decidió probar la mescalina, experiencia que recogió en su libro Las puertas de la percepción (frase, por su parte, extraída de un poema de William Blake, y popularizada por el grupo The Doors). Pese a que incluso el doctor que le administró esta droga, Humphry Osmond, tenía miedo de “convertirme en el hombre que había hecho enloquecer a Aldous Huxley” y el británico, por su parte, temía “desintegrarme bajo la presión de una realidad más descomunal que la que podía soportar una mente acostumbrada a pasar la mayor parte del tiempo en un confortable mundo de símbolos”, finalmente la experiencia fue satisfactoria y, especialmente, altamente instructiva, pues planteó a su inteligencia “todo tipo de interrogantes en los campos de la estética, la religión, la teoría del conocimiento…”.

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Tras probar en otra ocasión la mescalina, Huxley llegaría a afirmar que esta experiencia le había proporcionado “la comprensión, no el conocimiento -porque no fue algo ni verbal ni abstracto-, sino la conciencia directa, total, desde dentro, por así decirlo, del Amor como hecho cósmico primordial y fundamental”.  Sus puertas de la percepción se habían abierto dejando pasar más luz de la que permiten habitualmente.

Y es que lo que llamamos realidad no es, para el británico, sino “una tajada del hecho total que nuestro arsenal biológico, nuestra herencia lingüística y nuestras convenciones sociales de intelecto y sentimiento nos permiten captar”. Paralelo a lo anterior, sustancias como el LSD o la mescalina permiten conocer un poquito más acerca del mundo que nos rodea y del mundo que somos,  si bien cabe reconocer que estas sustancias “no nos prestan muchos servicios en cuanto criaturas que debemos sobrevivir y competir, pero que puede resultarnos inmensamente útil en la medida en que somos criaturas capaces y ávidas de conocimiento”.

Por otro lado, Huxley aseguraba que el consumo de drogas se remonta a los mismos inicios del ser humano (llega a afirmar que “había drogadictos mucho antes de que hubiese labradores”). Su consumo, a grandes rasgos, puede explicarse afirmando que, más allá de sus utilidades médicas, estas sustancias son capaces de proporcionar a sus consumidores “unas vacaciones fuera del espacio, fuera del tiempo”, es decir, que les permiten alejarse de la “generalmente tediosa y a menudo muy desagradable” realidad que les es dada.

Igualmente, el británico afirmó que el consumo de drogas ha estado correlacionado en muchas ocasiones con los más dispares movimientos religiosos aparecidos a lo largo de la historia. Muchos son los ejemplos de ello. El soma citado en el Rig Veda; el consumo de kykeon (una especie de LSD de fabricación atávica) en los misterios eleusinos; el vino como la sangre de Cristo; los más recientes suicidios colectivos perpetrados en algunas sectas OVNI como la denominada Heaven’s Gate…

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Lo común a todas estas, como dice el propio Huxley, es que “en todas las tradiciones uno encuentra descripciones del paraíso, de la edad de oro, de la vida futura, y si las coteja con las descripciones de la experiencia visionaria, ya sea espontánea o inducida, comprueba que son exactamente iguales, que el mundo descrito en la religión popular, esos otros mundos, son simplemente descripciones de experiencias visionarias que los hombres han proyectado del interior al universo”.

Asimismo, cabe decir que Huxley, al contrario que la mayoría de partidarios del movimiento hippie (entre otros, Huxley mantuvo una estrecha relación con Tim Leary), no abogaba por publicitar excesivamente las drogas, al menos hasta que se supiese más de ellas, sino creía que era conveniente mantener este tema en  “la relativa intimidad de las publicaciones eruditas y en la decorosa oscuridad de los libros y artículos moderadamente cultos”. Vamos, lo contrario a VICE.

Por lo tanto, el británico creía que era necesaria más y más investigación al respecto, cuyo objeto principal sería conseguir drogas capaces de remplazar al alcohol y al tabaco sin ser tan dañinas para el individuo y la sociedad. En este punto, cabe remarcar que, según cifras de la OMS, mientras que el alcohol mata a unas 3,3 millones de personas al año y las muertas asociadas al tabaco ascienden a los 7 millones, las defunciones provocadas por el resto de drogas anualmente serían drásticamente inferiores, unas 200.000 al año. Sea como sea, esto puede deberse a que, como afirman organismos como la ONU, el consumo de estas drogas legales está mucho más extendido entre la población mundial.

Igualmente, Huxley era claramente contrario a la prohibición de las drogas, pues consideraba que “lo único que justificaría la prohibición sería el éxito. Pero no tiene éxito y, dada la naturaleza de las cosas, tampoco puede tenerlo”. El paso del tiempo no ha podido darle menos la razón, pues, pese la innumerables operaciones policiales llevadas a cabo en el último siglo, el problema de la droga subsiste y no tiene pinta de decrecer próximamente. Sin embargo, el escritor tampoco se decantaba por una legalización inmediata, sino en buscar un sustituto a todas las drogas, un sustituto “eficiente pero sano” que permita la evasión pero no provoque tantos costes fisiológicos y sociales como lo hacen la gran mayoría de sustancias de la farmacopea actual.

Y esta droga perfecta, si bien con matices, no es sino la ya citada Moksha que aparece en La Isla, una droga, muy parecida a la mescalina, que no provoca resacas, que no genera adicción, que permiten al individuo transcender a la par que no le desarraiga de su existencia cotidiana y del seno social en el que vive…

De forma radicalemte opuesta, en su novela Un mundo feliz aparece el llamado soma, sustancia que posee “todas las virtudes del cristianismo y del alcohol, y ninguno de sus defectos”, pero que era una claro instrumento de gobierno que permitía tener a la población del lugar en un “estado de subyugación permanente y voluntario”. Algo similar puede afirmarse a día de hoy con las happy pills, cuyos efectos tanto se parecen a los del soma.

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Como aparece en esta novela, Huxley temía que los poderes públicos despóticos se sirviesen de sustancias como la escopolamina (a.k.a burundanga) u otras drogas para convertir al ciudadano en un ser sin voluntad alguna. El británico ve que existen muchos incentivos para ello, pues controlar a la población por esta vía es mucho más eficiente que el atávico uso del terror, “un método muy antieconómico, estúpido e ineficiente para controlar a la gente”. A este respecto, cabe destacar que creía que el futuro político se asemejaría más a la distopía creada por Orwell en 1984 que a su propio Un mundo feliz.

Antes de dar por finalizada esta entrada, es ineludible mentar la muerte de este magnífico escritor, acaecida el 22 de noviembre de 1963, curiosamente el mismo día que asesinaron a J.F Kennedy. Y es que Huxley, terminal por culpa de un cáncer de laringe, deseó dejar este mundo bajo los efectos del LSD. Según su segunda esposa, Laura, “Aldous murió como vivió, haciendo todo lo posible por desarrollar plenamente en sí mismo una de las virtudes esenciales que recomendaba a los demás: la conciencia”.

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