Crítica de El hilo invisible, de Paul Thomas Anderson (2018)

Paul Thomas Anderson ha sido uno de los pocos directores estadounidenses contemporáneos que se ha labrado una carrera de auteur, que ha contado historias propias, con personalidad reconocible. Para ello ha escrito los libretos de sus películas, siguiendo así esa máxima de Akira Kurosawa que decía que «un director debe trabajar en sus propios guiones o no obtendrá el mismo placer al rodarlos».

Sus obras, ocho largometrajes tras El hilo invisible y varios cortos, habían estado siempre situadas en su país. Hasta esta última cinta. PTA, acrónimo por el que es conocido el director, se traslada al Londres de los años 50 para contar una historia sobre el mundo de la moda, protagonizada por Daniel Day-Lewis (Reynolds Woodcock), con el que ya trabajó en Pozos de ambición (2007).

Junto a los hermanos Coen, Anderson había sido uno de los grandes retratistas de la sociedad norteamericana de las últimas décadas. No el Estados Unidos proteico, vitalista y triunfador que se ha publicitado siempre. Porque el american way of life murió hace tiempo. Y directores como Anderson han sido los que se lo han mostrado al mundo.

el hilo invisible

En Magnolia (1999) o Boogie Nights (1997) narraba esa cara B del país, con todas sus vergüenzas, traumas y miserias. Por eso sorprende que decida trasladarse fuera de Estados Unidos -tal vez necesitado de un cambio de aires- para contar una historia que, por universal y ambiciosa, es todo y nada.

En El hilo invisible se habla del genio creador, representado por el tres veces ganador del Oscar Daniel Day-Lewis -nadie mejor para ese papel-, que encarna a un diseñador exitoso, imbuido en su rutina y aclamado por su talento. Esta carrera exitosa y esta vida en la que predomina un orden metódico, digno de convento de clausura, empieza a tambalearse tras conocer a Alma, que pasará a ser su amante y fuente de inspiración.

Pero Anderson también habla del amor tortuoso, dependiente. Esta relación será la causa de que ambos protagonistas sufran y duden constantemente; pero la necesidad de estar con el otro, siendo conscientes de lo pernicioso de su vínculo, acaba siendo la causa de su dicha.

La relación de poder que se establece, en la que en un principio él sería el sujeto dominante gracias a su estatus socioeconómico, acaba transmutando, siendo ella la que se sitúe por encima. Si en un principio ese poder se ve cuando él la usa como modelo, la historia acaba con ella como enfermera-madre.

Esta idea del poder en las relaciones, habitual en las artes, fue trabajada con el mayor acierto posible por el cineasta sueco Ingmar Bergman en Persona (1966). Anderson trata de hacer una exposición sobre estas dinámicas en las relaciones, pero su óptica coloca a la mujer como la otredad, ya que la única forma que tiene que dominar es mediante la enfermedad o el engaño de su pareja.

La historia de este modisto es contada con elegancia visual, pero la temática y la geografía llevan a pensar en la estética de melodramas británicos de la BBC o series de la realeza. No se encuentra el sello macarra de Anderson, y lo compensa con voluptuosidad y belleza que parecen prestadas. El hilo invisible busca la grandeza, porque los personajes de Paul Thomas Anderson lo hacen. Y el talento de PTA no se discute. Pero hasta los genios pueden dar una mala puntada.

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