Una visita a la ópera: El pintor, por Albert Boadella y Juan J. Colomer.

La figura del dramaturgo Albert Boadella (1943, Barcelona) suele asociarse al escándalo y a la provocación. Ya lo decían los surrealistas: ambos son métodos sin parangón para atraer al público, e incluso desde las filas de esta vanguardia se añadía que había que enfurecer y desorientar al espectador para que la obra fuese realmente buena. Pero hay que distinguir dos tipos de escándalos: el que se consigue diciendo verdades incómodas que no quieren ser oídas y, por el contrario, aquel que se logra a base de proferir sandeces e improperios que, como es lógico, enervan a quien los oye. En la humilde opinión de un servidor, este último es el caso de El pintor, la última obra de Boadella.

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Albert Boadella

Esta ópera, basada en un libreto del propio Boadella y cuya música corresponde al compositor valenciano Juan J. Colomer (1966), busca desmontar el mito de Picasso, mito que Boadella considera excesivo y alejado de la realidad. Y es que el dramaturgo barcelonés es de la opinión de que el pintor malagueño, en vez de seguir profundizando su genio (si bien no niega que lo tuviera, especialmente en sus primeras pinturas), optó en vida por comercializarse, es decir, que priorizó el “oro y la fama” ante el talento y la expresión genuina.

Para Boadella (en primera plana desde que se proclamara unilateralmente el presidente de Tabarnia desde su autoexilio en Madrid), tres cuartas partes de la obra del malagueño son una “auténtica mierda”. Por ejemplo, tacha al Guernica de “garabatos”, de mero “grafiti” sólo importante desde el punto de vista político, que no artístico. Pero, al menos en mi opinión, es precisamente la propia denuncia del fascismo y sus malas artes en España que es el cuadro, lo que incomoda a Boadella y le impide reconocer en este cuadro una obra de arte brillante y fundamental en la historia del arte más allá de su importancia política, que no es poca. Además, como si fuese imposible hacer arte comprometido de calidad.

guernika

En El pintor, Picasso, llamado “Macho Pintor” e interpretado a las mil maravillas por Alejandro del Cerro, se nos presenta como un hombre que vende su alma al Diablo para escapar del frío y la miseria de París. Durante la obra, Mefistófeles acorta su nombre a Mefis; lo cual, además de no hacer gracia alguna, me parece una cutrez de proporciones védicas. Sea como sea, el pacto al que llegan “Mefis” y Picasso es el siguiente: el primero le proporcionará riqueza y renombre al segundo, mientras este contribuirá a generar el caos en el mundo del arte y, especialmente, será una pieza fundamental de cara a destruir la belleza clásica. Todo ello hará que Picasso se convierta en el “Atila de la pintura”, pues “el arte no volvió a crecer donde pisó”.

Esta frase anterior sólo puede ser cierta para quien piensa que el arte, y la cultura en general, se encuentran en plena e irrefrenable decadencia. Pese a que es esta una opinión respetable, como todas, no es coherente si la profiere la misma persona que considera a Salvador Dalí “un mito que corresponde a la realidad”. Y es que para Boadella, tal como ha dicho en más de una entrevista, palabras como modernidad o vanguardia no son sino vocablos vacíos que no suelen significar nada. De ahí que considere al Museo Reina Sofía como una especie de “tanatorio de las artes” en dónde prima el dinero y no el talento. Sin embargo, parece olvidársele el mote del propio Dalí: Avida Dollars.

Está claro que la mayoría de la obra de Picasso no cumple con el canon de belleza clásica, que el malagueño era un hombre eminentemente misógino y que muchas de sus últimas obras no responden a pulso creativo alguno, sino al afán de ganar más y más dinero y prestigio, pero…. ¿Realmente es todo esto un síntoma de la decadencia del arte? De ser así, se puede argumentar que el arte está en decadencia desde la Ilíada. Y es que, ¿Acaso el presidente de Tabarnia es de la opinión de que han de respetarse las normas de la poética de Aristóteles para crear una obra teatral o una novela?

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Pablo Picasso

Igualmente, durante la visualización de esta opera me asaltó una duda que la misma no pudo solucionar ¿Por qué cojones el cubismo es un invento diabólico? ¿Por qué también es “Mefis” quien le lleva de cama en cama y le alista en las filas del comunismo? Y es que la tesis de esta obra, respetable y polémica a la par, tiene en su representación una lógica nula y una ideología muy concreta.

En lo que respecta a la música, cabe destacar que si Boadella piensa que el arte cubista, conceptual, abstracto… es en su mayoría basura, debería reconocer que no puede dársele otro calificativo al acompañamiento musical de esta obra, estridente a más no poder y sin armonía o belleza alguna. Por el contrario, la llamativa y moderna puesta en escena sí que es tremendamente interesante, lo mismo que ocurre con la coreografía, que corrió a cargo de Blanca Li.

Relacionado con lo anterior, también cabe destacar el enorme componente sexual que tiene esta obra, que cuenta incluso con un desnudo integral de su solista femenina, y con una veintena de danzarines masculinos y femeninos muy ligeros de ropa. Sin embargo, para alguien “moderno” como el que suscribe, es sintomático de mal gusto y, especialmente, de alejamiento para con los tiempos que corren, el final de la obra, donde suena RAP (erreapé) del casposo mientras coristas y bailarines llevan ropa ancha a más no poder y gorras planas puestas lateralmente.

descarga

Para quien esté interesado en ver esta obra, cabe decir que estará en cartel los días 8, 10 y 11 de febrero en el Teatro de Canal, Madrid. Sin embargo, es prácticamente imposible conseguir entradas. Sea como sea, si esta ópera es capaz de desmontar un mito será el del propio Boadella.

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