El olvido de sí (2013), por Pablo D´Ors.

Que un sacerdote católico español sea un superventas en pleno siglo XXI es, cuanto menos, un fenómeno curioso. Este éxito es aún más interesante cuando uno descubre que sus libros no le han hecho famoso por contener despropósitos como que los homosexuales pecan contra la naturaleza al darse por culo o que la mujer debe someterse al marido por su inferioridad natural. Nada de eso. Y es que la prosa de Pablo D´Ors (1963) se caracteriza por una fuerte componente espiritual que debe mucho a la literatura mística y ascética, entre otros, de San Juan de la Cruz o Santa Teresa de Jesús, donde difícilmente puede encontrar uno rastro de odio al diferente.

De orígenes madrileños, nieto del ilustre escritor Eugenio D´Ors (uno de los máximos integrantes del Novecentismo), Pablo se decantó por estudiar teología sin olvidar nunca sus afanes literarios, que se remontan a su infancia. Prueba de ello, su tesis doctoral versó sobre la teopoética o la poesía inspirada en experiencias religiosas. Más recientemente, la coexistencia en su interior de un sacerdote y un literato ha adquirido un cariz institucional, ya que el Papa Francisco lo designó como Consejero Cultural del Vaticano, labor que el madrileño desempeña en la actualidad. Asimismo, Pablo es el fundador de una “red de meditadores” llamada Amigos del Desierto, a la cual pueden acudir todos los interesados en el arte de meditar independientemente de sus creencias religiosas, y cuyas bases teóricas tienen mucho que ver con El olvido de sí, el libro que hoy analizamos.

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Pablo D´Ors

Sin embargo, antes de empezar a hablar de la obra que nos atañe, cabe destacar que la visión que tiene Pablo D´Ors sobre Dios se aleja bastante del catolicismo ciego (en cuanto dogmático e inmutable) que ve en la tradición un verdadero tótem que merece adoración y respeto absolutos, ya que el pensamiento del madrileño, por el contrario, recoge sin considerarlo una herejía conceptos extraídos del Islam, el Budismo, el arte y técnicas de meditación Zen, etc… Este eclecticismo (así como otras vicisitudes como el tachar el rito de la eucaristía de algo atávico que necesita renovarse si quiere sobrevivir) le ha valido al sacerdote español la crítica y el repudio por parte del ala más conservadora de la Iglesia Española.

Pese a que D´Ors lleva publicando libros desde principios de siglo (el último, Entusiasmo, salió a la luz en 2017)  cabe destacar que se le conoce principalmente por ser el autor de la llamada Trilogía del Silencio. La novela El amigo del desierto, publicada por Anagrama en 2013, es la obertura esta saga. Tras ella, en 2012 (Siruela), apareció Biografía del silencio, ensayo sobre el arte de meditar que ha vendido más de 100.000 ejemplares desde su aparición. Por último, D´Ors cerró este tríptico en 2013 con la autobiografía ficticia El olvido de sí (Pre-textos).

Antes de que se acuse a la venerable institución (a quién pretendemos engañar…) de El Cenicero de Ideas de construir la casa por el tejado y spoilear a diestro y siniestro, cabe decir que, si bien las tres obras que conforman esta trilogía confluyen en torno a la idea de que lo extraordinario se encuentra en lo cotidiano (es decir, al alcance de todos) y que es gracias al silencio como podemos llegar a descubrir esto, los libros que la forman constituyen una saga temática, que no secuencial; por lo que, al menos de momento, pueden enfundar su revólver. Prueba de ello, he de reconocer que un servidor ha leído solamente el último de estos libros, si bien pretendo llenar este vacío próximamente…(lo dejaba en un punto sin más, así queda como melancólico y como de mentirijilla)

El Olvido de sí, como hemos dicho, está escrito en la forma de una autobiografía ficticia, ya que su autor es Pablo D´Ors y no el místico francés Charles Foucauld (1858-1916), su protagonista. A estos efectos, es importante remarcar que la brillante inmersión historiográfica realizada por D´Ors para documentarse sobre la figura de Foucauld se vio enormemente facilitada por la conservación de la tan extensa como variada obra escrita del propio Foucauld, de la cual hablaremos brevemente a lo largo de esta entrada.

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Estatua de Foucauld

Más allá de que ambos sean sacerdotes y escritores, D´Ors está muy influenciado por el pensamiento del francés, hasta el punto de considerar a este “padre del desierto” como uno de sus mentores y referentes principales junto al sacerdote Elmar Salmann. Asimismo, en un plano estrictamente literario, el escritor madrileño es un asiduo de lector de autores como Milan Kundera, Thomas Mann o, especialmente, Franz Kafka, a quien el madrileño considera “el escritor espiritual por excelencia”, tal y como afirmó en una entrevista con Sánchez Dragó.

Al igual que ocurre con la vida de Foucauld, el libro tiene su punto de no retorno en la conversión al cristianismo del mismo, mientras que el clímax de esta vida-obra sería su “noche más oscura” y su núcleo los pensamientos derivados del postrer estado de revelación alcanzado por el francés.  En este punto cabe destacar que, más que una novela histórica, El olvido de sí es un libro con fines evangelizadores, o incluso una hagiografía. Y es que, mediante la narración de la vida y pensamiento de su protagonista, D´Ors busca llevar al redil cristiano al lector, es decir, hacerle escuchar la llamada de Dios mediante la participación del recorrido espiritual de este personaje histórico a la par que afirma que la única felicidad deseable es la derivada de la comunión con Dios. Por ello, este libro tiene buena parte de sus cimientos en la idea de que es imposible ser ateo o inmoral y tener la conciencia tranquila a la par que una existencia plena.

Así, el libro arranca presentando a Foucauld en su infancia. Nacido en el seno de una familia aristocrática, huérfano de padre y madre, el joven vizconde troca prontamente el catolicismo familiar por el laicismo propugnado por la Ilustración, cuyas ideas toma finalmente como propias tras la lectura de autores, hoy llamados clásicos, como Montaigne o Rabelais. Además, “consideraba que la fe que se profesaba en religiones tan diversas del planeta era el mejor signo de la estupidez y condenación de todas ellas”. Por otra parte, retrotrayéndose hacia el pasado, Foucauld nos advierte que “nada hay tan peligroso como un mal libro que bajo formas bellas y retórica, arrastra al alma a paisajes de dónde más tarde le será muy difícil salir”.

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Foucauld de niño

Poco después de este cambio, el primero de los muchos que se nos narran en esta obra, el joven aristócrata ingresa en una academia militar, dónde lleva una vida disoluta que no le reporta felicidad o tranquilidad interna alguna. Decadentista (“no sabía lo que sería de mí ni me importaba”), Foucauld deja pasar los días gastando su renta familiar en alcohol, prostitutas y partidas de cartas.  Y es que “preferimos llenarnos de basura antes que estar vacíos”. Por estos y otros motivos semejantes, como pueden ser la pereza, el egoísmo o el haber presentado a una meretriz como si fuera su mujer, el joven es finalmente expulsado de la institución.

A la par que esto, su conciencia comienza a ser  “un doloroso vacío” que no para de martirizarle. Debido principalmente a esta comezón y a la creencia de que “sólo llegaría a ser alguien si los demás lo reconocían”, Foucauld se enrola en el ejército francés y viaja al continente africano. Una vez en él, disfrazado de judío errante para evitar represalias de los foráneos contrarios a la ocupación francesa, el joven soldado es mandado a explorar el Magreb más inhóspito. Es en esta tierra en la que descubre el Islam. El contacto con la religión de Mahoma es lo que hace que el joven aventurero pase de querer ensanchar su mundo a querer ensanchar su espíritu.

Su trabajo como explorador le reporta fama y reconocimientos varios a su vuelta a Francia, donde escribe un libro, el primero de los que escribió en vida, sobre sus experiencias, y en el cual incluye mapas de regiones que no habían sido cartografiadas hasta entonces. De la desidia posterior a este hecho, pues Foucauld sigue sin sentirse para nada satisfecho consigo mismo, pasa a acercarse de nuevo a la religión como forma de encontrar su camino en la vida.  Esta vez, sin embargo, decide estudiar el catolicismo. Su primera oración adulta es la siguiente: “Señor, si existes, haz que te conozca”.

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Foucauld

Llegamos aquí al punto de no retorno en la vida de Foucauld. Y es que “tan pronto como supe que había un Dios, decidí vivir para él”; pues, “si se descubre lo absoluto, ¿puede uno conformarse con lo relativo?”. El drástico cambio operado en él sólo puede explicarse, más allá del lógico temor a la muerte y la necesidad de encontrar un orden en el caos que nos rodea (si bien D´Ors no recoge estos u otros motivos semejantes entre los posibles), a que “el hombre que fui había muerto”.

Poco después de su conversión, Foucauld viaja a territorio otomano (actual Turquía) para formar parte de la orden de los trapenses. Bajo su influencia se convierte en un “fanático de la obediencia”. Sin embargo, la austeridad de la vida monacal no le parece suficiente, pues entiende que el “fracaso social” es necesario para seguir a Cristo, ya que “ningún éxito en el mundo conduce a él” (idea que D´Ors también ha expuesto como suya más de una vez). Además, “nadie sospecha de la libertad que puede esconderse tras unos cuantos harapos”. Por ello, es liberado de sus votos monásticos y viaja a Palestina con el objeto de convertirse en ermitaño.

Una vez asentado en Tierra Santa, Foucauld dedica su vida a orar y ayunar en busca de una experiencia directa con Dios. Y es que piensa que estos dos actos permiten dominar los deseos y, aunque puede parecer contradictorio, conseguir la liberación que es someterse a la voluntad divina. Estos actos son, a su vez, necesarios para alejarse del mundanal ruido y acercarse a lo que realmente es uno mismo. Junto a ellos, Foucauld afirma que es necesario el trabajo físico (él ayuda en el huerto de un convento), ya que entiende que permanecer ocioso es lo más alejado que existe a la vida espiritual. Del mismo modo, estas actividades deben complementarse con el amor hacia el prójimo, especialmente hacia el desfavorecido.

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Foucauld

Por otra parte, como han afirmado muchos autores antes que yo (como pueden ser William James, Aldous Huxley o, más recientemente, Antonio Escohotado), actividades como la meditación, el ayuno, la ingesta de sustancias psicoactivas o incluso la autoflagelación y el deporte permiten modificar temporalmente la química de un individuo y, lo que es más relevante, hacen más posible la aparición de experiencias místicas, que suelen tacharse de mera intoxicación o locura por quienes rechazan el carácter transcendental de estas vivencias. En su caso, en un momento de suma debilidad física, con apenas fuerzas para sostenerse, Foucauld llega a ver el rostro de Jesús en el de todos los lugareños.

De vuelta en Francia, Foucauld, tras ser ordenado sacerdote, no puede parar quieto. Por ello, decide viajar con el ejército francés a Argelia, donde construye una pequeña capilla. Más allá de extender el cristianismo, el francés quiere civilizar y ayudar a sus habitantes. Sin embargo, estos no ven con buenos ojos la presencia del sacerdote en su territorio. Como es normal, le asocian con los soldados. Quizá por ello, su capilla es asaltada en varias ocasiones. Finalmente, completamente sólo y enfermo, llega su “noche más oscura”, es decir, el momento en el que sus creencias se tambalean y entra en una crisis de fe. Al igual que Jesucristo en el Monte de los Olivos, Foucauld siente que Dios le ha abandonado.

La superación de esta fase (incluso los lugareños comienzan a ser sus amigos al ver que es incluso más pobre que ellos) conduce a Foucauld a un estado de “revelación”, un estado que no es alcanzable mediante el esfuerzo, sino mediante valores tan pregonados por la religión católica como la gracia y la compasión. Y es que se había perdido incluso a sí mismo, se había olvidado de quien era y, así, estando completamente vacío, es cuando Dios actúa en él llenándole, inundándole con su luz. El místico comienza a ver a Dios en todos los seres de la Creación, es más, lo ve incluso en todos los objetos que usa, llegando a la conclusión de que “la felicidad es vivir bendiciendo el presente”, es decir, “no imaginar el futuro y no llorar por el pasado”, por lo que uno debe concentrarse constantemente y amorosamente en lo que está haciendo, aunque sea el más nimio acto cotidiano. Por ello, el mayor enemigo del hombre es la dispersión.

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Foucauld ya anciano

Antes de su etapa definitiva como ermitaño, Foucauld se juntó a una tribu tuareg, con la que convivió durante un tiempo, y de cuya lengua realizó el primer diccionario y la primera gramática de su historia. Fruto de la afectuosa relación que mantuvo con este pueblo, así como por el estudio que en su juventud había realizado sobre el Islam, Foucauld propone hermanar la religión cristiana con la musulmana. En un intento de facilitar esto, creó el «rosario del amor», que podía ser recitado tanto por los musulmanes como por los cristianos. Además, aunque crea que una religión es más verdadera que otra, siente que Dios, al ser bondad pura, es incapaz de condenar a las personas de buen corazón, independientemente de su religión (algo que también comparte, al menos a grandes rasgos, D´Ors).

Pese a lo dicho en el párrafo anterior, cabe destacar que, por contrapartida, en el libro se aprecia cierto patriotismo beligerante en la persona de Foucauld en ciertos momentos, especialmente cuando afirma que ve como una especie de cruzada la guerra contra los alemanes. Finalmente, el místico francés fue fusilado por una banda de ladrones. Sea como sea,  de cara a aquellos a los que esta entrada les ha abierto el apetito, no me es oneroso afirmar que el libro de D´Ors o , por lo que veo, incluso la propia Wikipedia ofrecen un resumen mucho más extenso y profesional de su vida y obra que el aquí presente. Del mismo modo, sobrepasa los objetivos de esta reseña el realizar una comparación de los datos, un tanto dispares, que sobre Foucauld aparecen en estas dos fuentes.

Para dar por finalizada esta entrada, hablemos un poco del estilo literario del libro. Guste o no, la prosa de D´Ors destaca por servirse de un lenguaje sencillo nada ampuloso o artificial. Más allá de alguna de parte de la vestimenta de un sacerdote, no se necesita diccionario. Por ello, y por el propio interés que tiene la vida y el ecléctico pensamiento de Foucauld, El olvido de sí se hace ameno de leer. Por el contario, quizá lo único que se le pueda objetar en esta materia a este libro es que en ocasiones no consigue transmitir el mensaje que quiere, si no que reproduce más bien frases aparentemente profundas y bellas pero completamente vacías e insulsas al estilo de las que recorren los tablones más cursis de Facebook. Sin embargo, por fortuna, esta no es la tónica general.

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