Madrid 2035

I

Esta ciudad es un agujero negro, el retrete de un bar de la carretera comarcal de Albacete. Nada ni nadie es capaz de preocuparse por los demás, la amargura anidó en los pechos de la gente hace mucho tiempo. Tanto que ya no recuerdo cómo era la vida antes, en mi niñez. Tal vez todo fue tan gradual que no nos dimos cuenta. Tal vez todo era así, de manera soterrada, y solo el tiempo fue necesario para que aflorase el verdadero rostro de la humanidad.

La vida en Madrid en los últimos dieciséis años no ha sido fácil. Cuando Esperanza Aguirre llegó a la alcaldía en 2019, tras formar su propio partido, el Partido Capitalino Esperancista (PCE), derogó todas las medidas que pretendían frenar el auge de la contaminación. Esto permitió a los coches diésel circular con normalidad por la Gran Vía, que fue rápidamente despeatonalizada, privatizó BiciMad, para que fuese más eficiente, y convirtió a la boina, en una astuta operación de marketing, en seña de identidad de la ciudad, compartiendo el puesto con el bocata de calamares de la Plaza Mayor.

El resultado: una ciudad que es una mezcla entre Blade Runner (1982), el cine negro de los años 40 y, bueno… Madrid siempre tuvo algo de ciudad distópica. Este ambiente turbio, sórdido, en el que el humo recubre los cielos e, incluso, los vagones del Metro debido al reglamento ANM 2020\54, gracias al cual se permite fumar en vagones de Metro, vagones de Cercanías, centros comerciales, bares, restaurantes, cafeterías, escuelas públicas, centros de la tercera edad y cualquier otro centro o establecimiento que quiera fomentar el consumo de tabaco (rellenando para eso el formulario J-6K), cuyo uso y producción es “uno de los motores de la industria fitosanitaria española”, según afirmó Carlos Mendieta, concejal de Salud y Tabacaleras, vía Instagram.

La cara B de este deterioro a nivel medioambiental fue la llegada de artistas de renombre, que veían en la capital española un malditismo postapocalíptico que encajaba muy bien con su pretendida bohemia. Esta afluencia de artistas de todo el globo no solo revitalizó el tejido artístico de Madrid, sino que permitió a periodistas culturales, como es mi caso, tener trabajo diario en mi ardua labor de freelance. Debido a que ser periodista en 2035 es lo mismo que tener un blog, complemento mis labores para diversos medios digitales siendo detective privado y coleccionista de sellos, lo que me genera más ingresos, aunque sean formas de ganarse la vida que plantean diversas cuestiones éticas, ya que, como es el caso de esta historia, muchas veces mis trabajos se entrelazan.

II

Encendí mi Marlboro Light sabor quínoa y el humo azul revoloteó por la habitación. Gotas de luz entraban a través de los agujeros de la persiana. Una luz que no provenía del cielo, ya que hacía semanas que los rayos solares no alumbraban la ciudad debido a la gran masa de polución, sino de un anuncio de neón del Cirque du Soleil, lo que no deja de ser irónico, se mire por donde se mire.

Un correo en mi bandeja de spam -nunca se sabe, es conveniente revisar- anunciaba la llegada a Madrid de Gian Piero Gasperinni, el artista plástico de doce años que había revolucionado la pintura post-youtuber. Esta corriente se basa en los postulados de Walter Benjamin, que, conscientes de la pérdida de aura de las obras de arte, de su valor irrepetible, de su capacidad de despertar la parte metafísica de la existencia, deciden idear un nuevo movimiento para llevar todavía más allá el estado de la cuestión.

Con este firme propósito, lo que hacen los miembros de la pintura post-youtuber es realizar sus obras en Paint y guardarlas en PDF, luego diseñan una lista de correos electrónicos al azar, como podrían ser laura.perez@gmail.com, franciscodeasis666@yahoo.es, beyonce@beyonce.com o laciendetetas@hotmail.com  -esta parte del proceso creativo ha sido utilizada en muchas ocasiones con fines políticos y reivindicativos, lo que ha sido criticado por la rama más ortodoxa del movimiento, que se autocalifica en su manifiesto fundacional como ácrata, ya que la política “es un coñazo xd”, según la transcripción literal- y envían su obra a los susodichos. Lo que subyace a este proceso no es solo la instantaneidad de la obra, sino también la posibilidad de la pérdida del yo en el ciberespacio. Además, se pone fin a la reproductibilidad técnica de la que hablaba Walter Benjamin, ya que en 2035 un archivo PDF es inexpugnable y se elimina una vez se cierra por primera vez. El PDF, por tanto, se vale del aquí y ahora.

Decidí acudir a ver la performance de Gian Piero Gasperinni -un recital de poesía en bable y el estreno de la última película dirigida por Stuart Bablinsky, La extraordinaria historia de Mutombo Pérez, el hombre que olía a orín, eran lo único reseñable- para realizar mi pieza de freelance diaria, que sería pagada convenientemente con una alta dosis de renombre. Me lancé al Metro a pesar de que era hora punta, pero caminar más de treinta minutos al aire libre en Madrid era tan perjudicial para los pulmones como fumarse un paquete de tabaco al día. Y yo ya me fumaba uno.

Me escabullí de la boca de metro como pude, apartando con un amable codazo en los morros a un voluntario de una oenegé a favor de nosequé en la Cataluña septentrional y, con el rostro embozado con una gruesa bufanda, para no inhalar el pútrido aire madrileño, entré en la sala de exposiciones, que no era más que la casa en la que se alojaba con sus padres el joven prodigio Gian Piero Gasperinni.

III

La casa de los Gasperinni tenía más de un centenar de personas esperando que Il Bambino d’oro, como se llamaba su canal de YouTube y como era conocido su alter ego digital, empezase su actuación -la crítica especializada achacaba a este movimiento haberse valido de la vacua popularidad de los youtubers de moda, como ElRubius, Luis Díaz o Mario Vargas Llosa, para que sus postulados arraigasen en la población-, que sería visionada por millones de personas en el directo de su canal.

—Antes de empezar —arrancó Gian Piero Gasperinni Sr., patriarca de la familia y acusado de vivir a costa de su hijo constantemente —, quiero mostraros mi última adquisición.

En sus manos portaba un álbum de sellos antiguo, que exhibía ufano. Cuando empezó a hablar del elevado precio del ejemplar y de la dificultad y peculiaridad de algunos de los ejemplares de la colección –este ejercicio de autocomplacencia era habitual en las muestras de su hijo, utilizadas por el líder del clan para mostrar sus riquezas y, en contadas ocasiones, su labor de mecenazgo-, las luces se vinieron abajo y segundos después volvieron a encenderse.

El cabeza de familia de los Gasperinni yacía con un puñal adosado entre el omoplato izquierdo y la séptima costilla, bañado en sangre, sobre una alfombra persa de seda. Sin el álbum de sellos a la vista. Y es aquí donde mis tres oficios se entrelazan.

IV

¿Quién asesinó a Gian Piero Gasperinni Sr.? ¿Cuál es el motivo del crimen? ¿Tal vez sea la lucha de egos que existe en las altas esferas del mundo de la cultura, que dinamita la posibilidad de crear y relacionarse de manera saludable con otros artistas, utilizando el pretexto del álbum de sellos para actuar? ¿O sería el valioso álbum de sellos el motivo por el que se cometió tan ignominioso acto? ¿Acaso fui yo, periodista freelance, perseguido por las facturas y la precariedad, el autor de este crimen y escribo estas líneas para tener una coartada cuando las autoridades vengan en mi búsqueda? ¿Acaso soy yo el único consciente del valor real de los sellos y ahogado por la vida de periodista cultural, preso en una ciudad moribunda, mezquina, que saca lo peor de nuestros corazones, me lancé a cometer un crimen que me perseguirá toda mi vida? ¿Fui yo el que incrustó un afilado cuchillo en la espalda del padre, habiendo bajado previamente los plomos que se encontraban en el pasillo de entrada de la casa, tras coger el pérfido instrumento de la cocina? ¿Pero no es el recurso de bajar los plomos demasiado vulgar y simplón? ¿No es digno de una novela de detectives barata? ¿Es un recurso decente para acabar una historia que había ido evolucionando de tal manera que no se podía cerrar? ¿Cómo se llegó ahí? ¿Fue culpa de una idea previa que obligó a encorsetar al demiurgo que escribe a estas líneas a seguir adelante, a pesar de estar seguro de que lo que escribía no tenía ni pies ni cabeza? ¿Puede que paulatinamente haya vuelto a utilizar el recurso de la metanarración, de manera tan gradual y sibilina que nadie esperaba su presencia? Y lo que es más importante, ¿por qué no utilizarlo si ya está todo escrito y la narración convencional tiene siglos de historia? ¿Qué pretende contar el escritor medio con su narrativa en primera, segunda, tercera o, en un alarde de creatividad, varias de estas personas que no esté ya sobado por otras miles de imaginaciones? ¿Quién puede encontrar un tema que no haya sido manido por innumerables mentes y reflejado en innumerables páginas a lo largo de los años, mentes más preclaras y que llegaron antes? ¿Acaso no se ha hablado ya suficiente sobre el amor, la muerte, la familia, la amistad, la guerra, la locura, el sexo, el futuro, el pasado, el presente, el miedo a lo desconocido, lo bello de lo conocido, el hombre, la humanidad, Dios, la nada, todo, tú, yo? ¿Quién cojones eres tú para escribir? Calla y enciende la tele.

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