Deudas pendientes

Stuart Bablinsky tenía las manos empapadas en sudor. Era consciente de que el estreno de su tercer largometraje sería decisivo para su carrera. Medios especializados, como El Heraldo de Aranjuez, hablaban de esta fecha como “la posible consolidación del gran referente del cine social europeo”.

Sus dos cintas anteriores —la controvertida La señora Doubtfire vs. Superman y la oscarizada El Padrino 4: La venganza de Fredo— contaban con el refrendo del público. El marcado cariz social de sus anteriores películas, combinado con la capacidad de crear fotogramas que permanecerán grabados en la retina para toda la vida y bastantes explosiones, había atraído la atención del respetable.

La calidad de su obra, sumado a su vitriólico discurso anticapitalista, su incontestable labor para luchar contra el cambio climático, sus habituales salidas de tono -“Spielberg es un sionista y me debe 1.250 bitcoins”, declaró a criticasdecine.blogspot.es- y sus más de dos millones de seguidores en Instagram situaban a Bablinsky como el enfant terrible del cine contemporáneo.

A apenas unos minutos para que las luces se apagasen, Bablinsky no se sacaba de la cabeza que su tercer film, La extraordinaria historia de Mutombo Pérez, el hombre que olía a orín, era demasiado arriesgado. Los 348 minutos que duraba la obra, grabada íntegramente con el dispositivo de la cámara Nikon de su madre tapado, eran un canto a la necesidad de galvanizar la industria del cine, anquilosada todavía en la obligatoriedad de la imagen, como ocurría a finales del siglo XIX.

Más de un siglo de vida era suficiente como para modernizar la técnica de un arte, pensaba Bablinsky. ¿Acaso Picasso pintó Las señoritas de Avignon en las cuevas de Altamira? No. Lo hizo en un burdel. Pero sabía que el público todavía no estaba preparado para semejante avance. El miedo a la incomprensión le atenazaba. Exigió a sus conocidos que le dejasen tranquilo durante los días previos al estreno. Mientras que con su agente había sido tajante: “Cierra por fuera y tira la llave. Si la obra gusta, derriba la puerta. Pero si no convence deberé encerrar mi vergüenza para la eternidad en este camerino”. Los dueños de los Cines Hernangómez y Asociados negaron al joven director sus deseos de permanecer encerrado para siempre ahí.

Para paliar los nervios, caminaba en círculos dentro de la habitación que había elegido como posible sarcófago en vida. Su incomunicación con el mundo era total. Desinstaladas todas las aplicaciones de su teléfono, solo podía esperar a que llegase el fin de su criatura y que el público que había asistido al estreno, cual emperador romano, decidiese la posición de su pulgar. Like o dislike.

Como un aldabonazo llegó una notificación a su smartphone, guardado en el bolsillo derecho de su pantalón. La vibración producida no podía ser un WhatsApp, tampoco un mensaje a ninguna a sus redes sociales. Su teléfono, cuyo coste estaba fijado en los 1.250 bitcoins, no tenía ninguna utilidad tras la minuciosa eliminación de las apps. Bablinsky dudó sobre si revisar su móvil, pero supuso que había sido producto de su imaginación. Otra vibración.

Extrajo el teléfono de su bolsillo. Quedaban dos minutos para el inicio de La extraordinaria historia de Mutombo Pérez, el hombre que olía a orín, por lo que no podía ser una crítica a su trabajo. Además, se aburría tras treinta minutos encerrado en el camerino. Desbloqueó la pantalla. Dos SMS. No había caído en esa posibilidad.

El primero de los anacrónicos mensajes decía “Dnd tas???”. Bablinsky pensó que algún octogenario senil se habría equivocado al marcar el teléfono, que no estaba registrado en su agenda. Pero al leer el segundo se dio cuenta de que no era un error “Toy sperant. Vns ya?? K tng que ir a Klyaya”.

El rostro de Stuart Bablinsky tornó en blanco. Cogió apresuradamente sus enseres personales, pero era consciente de que no podría salir por la puerta. La única vía de escape era la ventana. Por suerte, estaba en una planta baja y era fácil salir del camerino, solo hacía falta levantar la ventana agarrando su parte inferior; una vez levantada pasar una pierna al exterior y, acto seguido, la otra extremidad.

Corrió por anchas avenidas y estrechas callejuelas, olvidando por completo el estreno de su obra. Su destino parecía ser uno de esos barrios residenciales de gente acomodada, en los que los habitantes de los domicilios han reprimido sus sentimientos durante tantos años que la única vía que encuentran para expresarse de manera saludable es mediante la escritura de largos textos en Facebook, que no lee nadie, o bien apuntándose a cursillos de cocina.

Paró ante una casa de dos plantas con un Opel Corsa de color cereza aparcado en la rampa de entrada al garaje. Caminó los escasos metros que separaban la primera verja, que no tenía llave, de la puerta principal de la casa. Pulsó el timbre, con las manos llenas de sudor, pero ya no por los nervios del estreno, y dejó su huella marcada por la humedad mientras el “dong” posterior al “ding” desaparecía en un último estertor.

Una señora en pijama, pero con una sombra de ojos color azul turquesa abrió la puerta. Su rostro se iluminó con una sonrisa diabólica.

— Hola, querido. Ya creía que no vendrías.

Stuart Bablinsky rebuscó en el fondo de su mochila con el rostro compungido durante unos largos segundos. Por fin encontró lo que buscaba. Entregó a la mujer una bolsa negra, acolchada, antes de que esta dijese:

— Menos mal que me has traído la cámara, porque mañana tenemos la boda de tu primo Rafa, que quiero hacer fotos de los novios, y tenemos que ir ahora a casa de la yaya para traerla aquí y ya a la vuelta nos vamos a la cama directos, que tenemos que ir los tres mañana a Salamanca, ya se podrían casar más cerca, pero tu tía, La Juani, insistió que Salamanca, Salamanca, pues todos a Salamanca. Bueno, hijo, ¿qué tal lo de la película? ¿No era hoy?

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