Alegres pillastres sufren la visita de un caballo

vab

Tras derrapar en la coronilla de mi secretario, un calvo mal situado en el alfeizar, un caballo al galope irrumpe en mi sala de estar un jueves a las seis de la tarde. Porta una escopeta, cara de pocos amigos (aunque los caballos no sociabilizan de media) y unas pezuñas salvajes a modo de herraduras. Entre encía y resoplido, una brizna de cebada recién cortada sube y baja apuntando a los presentes, que somos yo y un burro llamado Jenaro, así como como mi mesilla de noche, Collins. El caballo me encañona mientras con una de sus patas libres comienza a registrarme, sustrayéndome mi preciada Magnun y un cigarrillo. A Jenaro le coge el mechero y un mechón antes de abofetearle la cara; mientras que a la mesilla, por contrapartida, le da una coz. Tras soltar la primera bocanada de humo, asevera que no está para juegos, por lo que vuelvo a pasarle el mando a Jenaro, quien apaga la consola y deja el mando encima de la consola en la que también reposa la consola. Es un caballo y tiene el mono, y sabe que nosotros andamos en el ajo. Fucking whistlers. Rechazo la mayor asegurando que mi madre sólo me deja comprar jaco los jueves, que no tengo nada salvo en vena, y que eso de traficar es peligroso a no ser que seas de la DEA. Contrariado, dispara contra la pared (dando al retrato al óleo de mi tío Isidro, industrial y proxeneta), y si no me abrió en canal allí mismo fue porque le convencí de que sería raro que fuésemos del mismo grupo sanguíneo. Jenaro, por su parte, se excusó diciendo que tenía que ir al lavabo, y como el podenco no le dejó ni irse ni darse las largas, acabó siniestro contra mi alfombra, ligeramente patinada con una capa de su propia mierda, pues Jenaró dio rienda suelta a su contención antes de caer al suelo de una disuasión en forma de culatazo. La mesilla, por su parte, todavía no se había recuperado del primer golpe, por lo que los subsiguientes le dolerían mañana o cuando despertase. Me quedé, por tanto, solo ante un caballo armado hasta los dientes (la susodicha brizna podría metérseme en un ojo y andar bizqueando toda la vida). Ajeno a mi pavor, el caballo, negro, gris y marrón, me preguntó de nuevo dónde tenía guardado el material. Los vecinos de abajo iban a quejarse con razón si seguía dando coces. Pensé que era una lástima que hubiesen muerto el año pasado durante la ventisca de garbanzos, pues si estuviesen vivos podrían echarme una mano. Como si de un Dios no imaginario se tratase, un coro angelical en forma de timbre fue la respuesta a mi plegaria. “Ostia puta joder” dijo el caballo. Jenaro le pidió un poco de respeto y volvió a caer inconsciente en la mierda. Yo me tapé la nariz por el olor y el caballo hizo lo propio con mi boca para que no dijese nada. Recuerdo que su pezuña sabía a albóndiga. Ajeno a mi sentido del gusto, él rechinó emulando un carraspeo humano y preguntó: “¿Quién va?”. “La Paqui”, respondió la susodicha. Mujeres. Siempre llevan falda cuando el suelo está mojado. El caballo la preguntó que qué quería. Ella respondió que pillar y ser actriz, si bien todas las propuestas serias que le había hecho hasta ahora la industria eran indecentes. El caballo me dedicó una sonrisa cargada de maldad y sarro antes de despacharla diciendo que no había nada, que el narcotráfico se había acabado desde que De Gaulle había llegado a la Moncloa, si bien la tranquilizó asegurándola que él también había hecho porno, y que no era para tanto. Por tanto, ella se fue una vez que, aun sin querer, me hubo delatado. En cuanto a mí, el caballo comenzó a torturarme. Primero me obligó a ver Piratas del Caribe 4 en versión original. Luego me hizo beber dos cervezas y me negó la tercera. Estaba yo apunto de pedir un tiro por misericordia cuando Jenaro recobró en sí vocalizando un reguero de sangre y media docena de premolares. El caballo le metió la escopeta en la boca y me preguntó por última vez dónde estaba escondida la manduca. Jenaro, adelantándose, le dijo que si estaba escondida iba a ser difícil encontrarla, si bien apenas se le entendió, pues en ese momento grité yo a ambos, ya que acababan de manchar mi salón de la más variopinta muestra de casquería intracraneal, si bien Jenaro, fuera de sí de muerto que estaba, ya no atendía a razones, y es bien sabido que los caballos detestan el diálogo. Tras este giró en los acontecimientos (si mi padre, Christopher Nolan, pudiese verme…) el caballo volvió a apuntarme. “Última oportunidad”, dijo. He aquí, ante la tiniebla de una muerte rápida, que decidí decirle toda la verdad y dar por concluido el entuerto. Como no quería herir sus sentimientos, ya que no todos los días se conoce al asesino de tu mejor amigo, le insté a se sentará primero. Una vez lo conseguí, le dije que la droga era él, que de equino tenía la ketamina usada como adulterante, pero que él era caballo sinónimo de heroína y no un cuadrúpedo. Al principio no quiso creerme. Me dijo que recordaba haber ganado el derby de Glasgow. Yo le hice considerar que ese recuerdo se lo hubiese implantado la industria del huevo. Anonadado, dejó caer el arma sobre el cadáver de Jenaro antes de romper a llorar. Le traje un pañuelo y, silenciosamente, recogí el arma. Mientras él se sonaba la mocada haciendo un ruido de estrépito, yo acabé de rematar a Jenaro por si acaso estaba medio muerto y volvía a la vida en forma de personaje de una serie de fantasmas en la FOX. Luego apunté al caballo y le obligue a verse a sí mismo como droga, lo cual conseguí con sorprendente facilidad. Al final, salió de allí dentro de un paquete bajo el brazo de la Paqui, que se había quedado en mi portal rascándose y hablando sola. Por mi parte, yo dejé el negocio en busca de emociones más fuertes vendiendo pólizas de seguros dentales a viejos. Como me temía, el espectro de Jenaro vino a verme a increparme que no hubiese esparcido sus cenizas en Moguer. Suerte que Collins, mi mesilla de noche, estaba allí para convencerle de que Jenaro no era un nombre para un burro, y mucho menos para un fantasma. Al final, Jenaro volvió a ser mi amigo de siempre: un adolescente muerto de sobredosis en mi casa. Para concluir la historia, le enterré en el jardín del descampado de enfrente. Ya apenas nos vemos.

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