Las hormigas (1949), por Boris Vian.

“Llegamos esta mañana y no hemos sido muy bien recibidos, pues en la playa no había nadie a no ser montones de individuos muertos y montones de pedazos de individuos, tanques y camiones destrozados. Llegaban balas de todas partes, y a mí no me gusta tal desorden así porque sí. Saltamos al agua, pero era más profunda de lo que parecía, y resbalé sobre una lata de conservas. Al muchacho que estaba justo detrás de mí le ha arrancado las tres cuartas partes de la cara el proyectil que llegaba en ese momento, y yo he guardado la lata como recuerdo. He recogido los pedazos de su cara en mi casco y se los he entregado, y él ha partido a hacerse curar. Pero ha debido equivocarse de dirección, porque se ha adentrado en el agua hasta que le ha faltado pie, y no creo que pudiera ver lo suficientemente por el fondo para no perderse”.

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Este fragmento pertenece al arranque del primero de los once relatos breves que componen Las Hormigas, cuyo título comparte. Muestra de la personalidad y más que notable ingenio que poseía su autor, el francés Boris Vian (1920-1959), es su capacidad para hacer de un tema tan serio como es el desembarco de Normandía una mofa continua en este relato. Y es que, mientras que otros autores muestran este acontecimiento como un hecho épico (con banderas americanas ondeando al final de Salvar al soldado Ryan) o algo dramático-existencialista (véase, si bien es otra batalla la que narra, La delgada línea roja), la pluma de Vian nos muestra a soldados, hormigas, representando un espectáculo dantesco. A pesar todas sus diferencias, esta forma de narrar el conflicto bélico como algo absurdo aparece también en cineastas como Stanley Kubrick (Teléfono Rojo) o Woody Allen (Amor y muerte).

Pese a lo que pueda parecer a simple vista, este primer relato posee una innegable componente antibelicista. Sin embargo, Vian no intenta rechazar la guerra por el camino de la razón o el humanitarismo, sino que simplemente nos muestra la idiotez que es darse muerte los unos a los otros en una playa. Además, cabe destacar que el compendio de estos relatos, publicados en 1949, fue escrito entre 1944 y 1947, por lo que la devastación provocado por la WWII era aún visible, especialmente en Francia. Sin embargo, a Boris Vian no debió de preocuparle mucho (si acaso al contrario) que sus compatriotas pudiesen tacharle de antipatriota, situación que se volvió a producir cuando publicó, en plena Guerra de Argelia, su canción protesta “El desertor”, que elogiaba este estilo de conducta.

Antes de hablar un poco de la vida de este autor, cabe destacar que el protagonista de este primer relato es un claro ejemplo del personaje alelado, cómico sin quererlo, característico de la prosa de Boris Vian. Como muestra de ello, en pleno fuego cruzado, el protagonista coge la radio y pide a sus superiores que manden lo más rápido posible apoyo aéreo, pues se están quedando sin cigarrillos. Asimismo, al final del relato, el susodicho se queda plantado encima de una mina que acaba de pisar. En vez de esperar un rescate, decide cambiar de pierna “porque estoy harto de la guerra y porque me están dando calambres”. Y es que el humor negro de Vian está compuesto por casquería, irreverencia y altas dosis de absurdo, sin olvidar algún que otro chiste sexual, ligeramente velado o no.

Borís Vian dedicó los 39 años que le tocaron vivir a un gran abanico de profesiones. Obviando su titulación como ingeniero, se le recuerda especialmente por sus obras literarias, su virtuosismo con la trompeta a la hora de tocar jazz y por publicar buena parte de su obra artística bajo heterónimos. Aunque menos reconocido por ello, también fue periodista, actor, traductor… En lo que respecta a su obra escrita, destaca su proceder surrealista en La espuma de los días y su novela negra Escupiré sobre vuestra tumba (censurada inicialmente en múltiples países tras su publicación). Precisamente, como si el final absurdo de una de sus novelas se tratase, Vian murió de un ataque al corazón cuando asistía de incógnito al preestreno de la adaptación de esta novela.

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Respecto a la obra que nos atañe, no es cuestión de desgranar aquí los diez relatos restantes que componen Las hormigas (y es que, además de aburrir al lector, podríamos buscarnos problemas con la SGAE). Por lo tanto, del conjunto sólo diremos que es bastante heterogéneo, ya que abarca desde la ya citada parodia antibelicista a la “road-movie” más tierna pasando por la historia de un gato que, además de hablar, participó en la resistencia francesa contra los nazis, si bien durante el relato se ve al gato bastante desmejorado, ya que tiene un claro problema con alcohol. Así, tan sólo dejaremos caer alguno de las escenas o detalles que más nos han llamado la atención de este libro, como el ya citado gato.

Por ejemplo, empecemos describiendo la enfermedad que sufre el pobre músico de flautín agreste que protagoniza El cangrejo: “la cabeza se le había alargado en un solo sentido, sin que el cerebro hubiese seguido esa tendencia. Así, poco a poco, y en el vacío que se le había formado, se le fueron introduciendo cuerpos extraños, pensamientos parasitarios y, más fluido e invasor, un dolor en forma de lentejas semejante a ácido bórico rallado”. Por culpa de esta rara enfermedad, el músico ya no lo es, ya que le han despedido. Lo único que tiene para subsistir es su propio sudor, que vende al panadero de abajo. Finalmente, tras cortarse la cabeza, se nos hace raro que muera por ponerla a hervir.

Por su conjunción de humor y crítica social, si bien se hace un tanto pesado de leer, destaca también el relato titulado los Discípulos Aplicados, que gira en torno a la figura de dos nuevos gendarmes más que dispuestos a repartir porrazos entre la población, especialmente entre aquellos con poco nivel adquisitivo. Relacionado con esto, cabe destacar que en varios de estos relatos se repite la figura del patrón tacaño que espera gratitud por parte del trabajador explotado, así como se suceden innumerables profesiones absurdas y diversas tretas mercantiles, como puede servir de ejemplo la subir en exceso la calefacción de los trenes para que la gente se constipe y tenga que comprar pañuelos en la tienda de la esquina.

Para dar por finalizada esta entrada, utilizaremos de broche el inicio del relato titulado El Fontanero. Y es que cuando el profesional llama a la puerta del protagonista de este relato (en cuya casa trabajará 49 horas seguidas, desmayo incluido), este empieza a pensar quien podrá ser. Así, el protagonista descarta que sea su mujer, pues a esas horas suele quedar a escondidas con su amante. Asimismo, “tampoco se trataba de mi tío, puesto que acababa de morir dos años antes. El perro acostumbraba a tocar dos veces y, en cuanto a mí, disponía de llave”. El humor no decrece a lo largo del relato. Quienes no lo hayan leído… ¡háganlo o créanme!

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