Tratado sobre el Pedo, por Anónimo.

Este opúsculo, introducido en España por la editorial Arias Montano, apareció a principios del siglo pasado en Francia. Su autoría, lo mismo que la del Lazarillo de Tormes o Las mil y una noches, continúa siendo una incógnita. Sin embargo, pese a que no se le pueda poner fechas ni un rostro a este pensamiento, sí que es posible hacernos una idea de la personalidad de su autor al leerlo. Y es que el libreto tiene tiznes autobiográficos como el que sigue: “recibir un flato en la mano y a continuación aproximar la nariz a esta para calibrar su gusto y especie. Conozco a alguien para quien no existe mayor deleite: ese soy yo”.

ped

Ese misterioso amante de los pedos, presuntamente francés, no quiso firmar su obra, que tanto debe al método científico. Sea él quien sea, no es, ni de lejos, el primer argonauta literario en abordar esta gaseosa materia. Pondremos como antecedentes dos obras gestadas en la Península Ibérica: El arte de tirarse pedos o Manual del artillero socarrón, de Salvador Dalí; y el mítico Gracias y desgracias del ojo del culo, de Quevedo (el rey por excelencia de lo escatológico). Asimismo, también conviene recuperar del inconsciente colectivo la leyenda popular franco-española (que yo sepa) de que con un pedo puede uno expulsar al mismísimo Diablo.

La obra que nos atañe arranca con un reproche del autor a la sociedad de la época en su conjunto, pues, como ya se verá, este es un libro de pretensiones didácticas, moralizantes. Así, el autor nos interpela al decirnos que “es vergonzoso, lector, que desde que os tiráis pedos, no sepáis todavía como lo hacéis ni cómo debierais hacerlo”. Para rellenar este vacío, el francés construirá todo un sistema de categorías, causas y, sobretodo, consecuencias para ayudar al lector profundizar en la materia y conocerse más a sí mismo.

El pedo existe principalmente porque procura “la salud del cuerpo deseada por la naturaleza”. Sin peernos moriríamos, literalmente. El pedo expulsado libera, expurga, mientras que la costumbre antinatural de retener pedos por decoro o vergüenza puede llegar a provocar que el sujeto se vuelva “hipocondriaco, melancólico, famélico y maniático”. Asimismo, este gas, al salir finalmente con o sin la voluntad de su gestor, acaba oliendo. Y el pedo que huele es mal pedo, pues es la pestilencia lo que ofende, por ser de mal gusto, como es consabido. Sin embargo, el pedo “es arte por su sonido”. La diferencia entre algo bello y algo cutre y maloliente es, consecuentemente, dejarlo escapar “deliberadamente y a tiempo”, lo que impide que se forme el olor. Asimismo, con la práctica, dice el autor, el sujeto puede llegar a componer una cantata digna de Johann Sebastian Bach.

Lo primero y casi último que hay que decir de este libro es que el lenguaje empleado en él se aleja, en la medida de lo posible, de lo procaz y de lo ordinario para generar contraste, produciendo el deseado efecto cómico, magistralmente conseguido. Y es que desarrollar el tema de los vientos fatuos sirviéndose de cultismos y latinajos sacados, entre otros, de Horacio, Homero o Aristófanes provoca en el lector ataques de risa tan irracionales como placenteros.

Para terminar, el autor cierra la obra describiendo alguno (como el pedo de albañil) de los 62 tipos de pedos que tiene catalogados, y lo hace atendiendo principalmente al sonido, si bien hay que tener en cuenta muchos más factores. Sea como sea, el autor engloba todos estos en tres categorías principales (vocales, mudos y escandalosos), si bien, como posee una personalidad para nada dogmática, acepta la posibilidad de que sea posible cuantificar este fenómeno con otros sistemas de medida como “zancadas, kilos, pintas o hectáreas”. Tras leerse apenas 50 páginas, y habiendo aprendido mucho sobre el arte de peerse, el lector, por su parte, abandona esta obra con una sonrisa infantil pero verdadera en la cara. Ha perdido una hora, sí, pero será más espontaneo con el ano.

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