Leaving Las Vegas, la de Nicolas Cage (7,3 en FilmAffinity)

Aquel caluroso mes de agosto todo cambió. La vida era mucho más sencilla en esa época: Café Quijano era el grupo del momento y Votamicuerpo hacía las veces de Tinder. Cuando Alberto me ofreció pasar dos semanas en Las Vegas con él no dudé ni un solo instante.

Luego me enteré de que se refería a Las Vegas (Nevada), no a Las Vegas (Cáceres), pero los billetes ya estaban comprados. Los que han estado en Las Vegas (Nevada) sabrán que una persona con cierta tendencia a la ludopatía, como es mi caso, será bastante permeable a los estímulos que ofrece la ciudad.

Perdí todos mis ahorros en apenas quince minutos. Ni siquiera había salido del aeropuerto y ya estaba arruinado. Alberto y yo decidimos emprender la búsqueda de un motel barato en el que pasar las casi dos semanas –he restado el primer cuarto de hora– que nos quedaban por delante. Pagando él, claro está.

Para resarcirle, ya que sentía cierta culpabilidad por el mal comienzo de nuestra aventura, decidí preparar su cena favorita: sushi. Pero como he mencionado, la tragaperras del aeropuerto de Las Vegas (Nevada) había consumido mis exiguos ahorros.

No me amedrentó la pobreza y salí a buscar soluciones. Cuando digo soluciones digo los alimentos necesarios. Y cuando digo buscar, digo robar. La suerte me volvía a sonreír, ya que pude arramplar con un poco de pescado y algo de arroz que habían dejado en la parte trasera de un restaurante. Subrayo que en Las Vegas (Nevada) hace bastante calor en agosto.

Alberto estuvo encantado con el gesto y alabó mi maestría culinaria, dejando a un lado el berrinche por la pérdida de nuestro efectivo. Pero pronto se puso cetrino y su alegría tornó en pesadumbre.

–No me importaría morir en Venecia –susurró con los ojos vidriosos.

–Pero qué mierda es esa, no tiene ningún puto sentido. Parece que no sabías como colar esa frase para acabar el relato –le espeté, traspasando así la fina barrera de la metanarración.

Alberto murió. Intoxicación alimenticia decretó el doctor. Y fue en ese momento, mientras sostenía su mano, ya tiesa y helada, cuando comprendí que a la persona a la que más he amado nunca ha sido a Alberto, Alberto Díaz, DNI 09067743-A, de amor y de artroscopia.

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