Poluciones nocturnas los martes y jueves

—Tío, anoche tuve un sueño… ¡Qué sueño! De los que dan que pensar —dijo L., que solía contar sus devaneos nocturnos a K. cada mañana, mientras descargaban palés de bollería industrial de la marca blanca Hermanos Hernangómez y Asociados.

—¿Poluciones nocturnas? —preguntó K., que sabía bastante sobre las poluciones nocturnas de L. y de los consecuentes viajes a la lavandería.

—No —contestó L. —Desde que tomo Ritalin mis poluciones nocturnas se han reducido un 67%, mientras que mi capacidad de atención se ha disparado un nada desdeñable 12%. Aunque sí es cierto que el tema del sueño era de índole amatoria. Durante mi trayecto onírico me liaba con una mujer que se parecía a Rachel McAdams en El diario de Noah, película coprotagonizada por un solvente Ryan Gosling.

—¿Entonces no hubo poluciones? —inquirió K.

—De repente, empezaba a llover y sonaba una música de fondo, algo así como si Robert Johnson versionase un tema de Nicki Minaj. Una mezcla entre blues, jazz y la música vacua que triunfa en las listas de éxitos, todo empaquetado para que sonase mainstream pero pareciese contracultural.

—Creo que escuché esa canción el otro día —mintió K., cuyos conocimientos musicales eran más amplios cuando tocaba hablar del reggaetón clásico de principios de siglo.

—Pero entonces, cuando creía que el encuentro amatorio se resolvería de manera satisfactoria para ambas partes, se producía un mediocre plot twist y me encontraba en una estación abarrotada diciendo adiós con la mano.

—Elipsis temporal —dedujo K., conocedor de la escasa variedad narrativa por la que estaban pasando los sueños de L..

—Efectivamente. En el andén me despedía de la chica, siendo este un momento determinante para mi gestación como individuo, ya que el desgarro emocional que me producía la separación era similar al que sentí cuando rompían Cabano y La Yoli de Física o Química (episodio 4, segunda temporada).

—Ya — dijo K., perpetuando así la existencia de la función fática del lenguaje.

—Tras la ruptura yo decidía dar un vuelco a mi vida e intentaba cumplir con mi auténtico sueño laboral: ser friegaplatos en el 100 Montaditos.

—¿Tu sueño laboral dentro de un sueño? Tiene miga la cosa —afirmó K., cuyas intervenciones me hacen pensar, desde la perspectiva de narrador omnisciente, que su personaje ralentiza el relato y que no debía haber optado por el diálogo constante.

—Luego me levanté del sueño, empapado en sudor, y, mira, K., que he decidido dejar de descargar palés de bollería industrial de la marca blanca Hermanos Hernangómez y Asociados y dedicarme a fregar platos en el 100 Montaditos.

—¿Diríase que ese sueño actuó como una epifanía? —quiso saber K..

—Es innegable.

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