El surrealismo según André Breton.

 

El calificativo de “surrealista” suele emplearse para etiquetar toda obra que parezca a simple vista absurda. Pero, siendo estrictos, nada más lejos de la realidad. Si el artista no recoge en su obra nada del mundo de los sueños, pasajes que todo ser humano está obligado a visitar cuando su conciencia vigilante se desconecta, no debería ser llamada así. Si el creador no intenta comunicarse con su inconsciente en el proceso, tampoco estaría bien aplicado el término; si no remite siquiera a lo irracional, menos. Esta categorización, férrea y sin fisuras, es solamente permeable para un caso. Y es que, pese a que no respeta ninguna de las reglas del surrealismo (o, quizá, precisamente por ello), aquella anciana con bigote daliniano que APM? viralizó en su momento es SURREALISTA en todas sus letras.

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Bromas aparte (aunque sin humor no cabe hablar aquí de nada), el surrealismo entendido como movimiento artístico consciente de su condición surgió en el París de los años veinte. El propio concepto había sido inventado poco antes, en 1917, por el poeta Guillaume Apollinaire. Sin embargo, su máximo ideólogo, quien fuera consagrado por algunos como el “Papa del surrealismo” (además de otros apelativos, menos amables, como “inquisidor” o incluso “faisán”), fue el francés André Breton, nacido en 1896. Fue este ilustre poeta quien reunió en torno a su figura a la tan heterogénea como brillante camada surrealista. Fue él quien se sintió con la autoridad moral de expulsar sin reparos de la misma a más de un miembro díscolo, como pasó con Antonin Artaud o Salvador Dalí, a quién Breton motejó Avida Dollars. Fue, en definitiva, quien, en tres manifiestos, elaboró las bases teóricas de este movimiento.

Breton, además de poeta, fue ensayista. Tanto dentro como fuera del plano estrictamente literario, una de sus principales influencias fue el excocainómano Sigmund Freud, sin cuyos escritos quedaría el surrealismo desnudo, como comentaremos más adelante. El Papa Breton también escribió una novela, Nadja, así como estructuró y comentó una Antología del humor negro (en la que aparecen fragmentos de autores de la altura de Swift, Carroll o Poe). Su fuerte personalidad, su afiliación al Partido Comunista, sus gustos literarios y sus tan imaginativas como sagradas reglas dieron forma al surrealismo en sus distintas etapas. Su surrealismo es el oficial; el de sus detractores, sectas de menor o mayor importancia.

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André Breton

Los manifiestos surrealistas, firmados por él en 1924, 1930 y 1942 (el último con el ingenioso nombre de “prolegómenos a un tercer manifiesto surrealista o no”) son una prueba fehaciente de cómo el grupo, y especialmente el propio Breton, va modificando su pensamiento a lo largo del tiempo. Así, mientras que el primero es más bien la base teórica del todo el movimiento (dónde Breton define que entiende por surrealismo, así como sus principales métodos y objetivos), el segundo está prácticamente dedicado en exclusiva a unir la causa surrealista con la marxista, así como a expurgar a aquellos que, según Breton, se han apartado del recto camino que todo surrealista que valga el apelativo debe recorrer. Por último, en el tercer manifiesto, que cuenta apenas con un par de páginas, el poeta recorre de una mirada su paso por el movimiento y elucubra para él una solución de futuro.

-El primer manifiesto surrealista.

Entonces, dirán algunos, ¿qué cojones es el surrealismo? Una vez se hayan moderado los blasfemos a base de azotes, hagamos como dijo Breton y “definámoslo de una vez para siempre”. Surrealismo es el “automatismo psíquico puro por cuyo medio se intenta expresar tanto verbalmente como por escrito o de cualquier otro modo el funcionamiento real del pensamiento. Dictado del pensamiento, con exclusión de todo control ejercido por la razón y al margen de cualquier preocupación estética o moral”. Asimismo, también cabe destacar que el surrealismo, según Breton, “se basa en la creencia en la realidad superior de ciertas formas de asociación que habían sido desestimadas, en la omnipotencia del sueño, en la actividad desinteresada del pensamiento”.

Como ya hemos dicho, Freud es el padre del Papa. Breton, además de devorar su obra, trabajó en un manicomio, por lo que conoció a la locura en sus más acabadas perfecciones. Tras ello, el poeta trasladó las ideas del creador del psicoanálisis al plano artístico. Asimismo, al austriaco el francés le agradece el haber “sacado a la luz” al inconsciente, “una parte del mundo mental -en mi opinión la más importante- a la que todos aparentaban quitar importancia”.

Así, el objetivo máximo del surrealismo fue el determinar el punto en el que “la vida y la muerte, lo real y lo imaginario, lo pasado y lo futuro, lo comunicable y lo incomunicable, lo alto y lo bajo, dejan de ser percibidos como contradictorios”. Esa realidad, si se consiguiese llegar hasta ella, sería algo más que la propia realidad, es decir, que sería una especie de superrealidad. “A su conquista me encamino, seguro de no lograrla, pero con la suficiente indiferencia hacia mi muerte como para calcular un poco el placer de tal posesión”.

Cuadro de Max Ernst

El principal instrumento o método creativo que poseyó el surrealismo en sus orígenes fue la llamada escritura automática, que fue inventada por el propio Breton y por Philippe Soupault, por aquel entonces amigo suyo (luego fue expulsado, como tantos otros, por sus desavenencias con el Pontífice), en una obra poética cuya autoría corresponde a ambos: Los campos magnéticos. Tal y como aparece en el manifiesto, este método es “un monólogo de elocución lo más rápido posible, sobre el cual el espíritu crítico del sujeto no pudiera dirigir ningún juicio”, es decir, una especie de “pensamiento parlante”. Pretende, por lo tanto, coger el arte de su fuente de la propia fuente eliminando al intermediario, que de creador pasa a ser más bien un oráculo (“receptores pasivos de múltiples ecos”) que tan sólo retransmite lo que su interior alberga. Se busca, en definitiva, saltarse el filtro racional del sujeto.

En el primer manifiesto, Breton también dedica unas páginas a elaborar una lista de los que considera precursores del surrealismo o aun surrealistas antes del surrealismo. Por ejemplo, afirma que Victor Hugo es “surrealista cuando no es estúpido”. Por su parte, el surrealismo de Charles Baudelaire (el poeta maldito por excelencia) atañe a la moral; el de Rimbaud (el creador de la alquimia del verbo) es su propia vida; el del Marqués de Sade, como su nombre indica, es su sadismo. Asimismo, el Pontífice también ve elementos surrealistas en la obra, entre otros, de Shakespeare y Dante. Sea como sea, entre los precursores de este movimiento hay un nombre que, por su importancia, merece un aparte: El Conde de Lautréamont.

De Isidore Ducasse, quien firmó Los Cantos de Maldoror con el seudónimo de Conde De Lautréamont, apenas se sabe nada salvo que fue un joven uruguayo que acabó, tras escribir esta su única obra, suicidándose en París. Los Cantos , en los que abundan elementos sádicos y las más extrañas metamorfosis, están escritos con un estilo genuino de inefable belleza, siendo su argumento la lucha de este antihéroe (Maldoror) contra el hombre y el Creador, a los que ha declarado una guerra eterna y sin cuartel. Por todo ello, absténganse de leerlo tanto las almas puras como las puritanas.

Isidore Ducasse

 

Por su parte, Breton dice de Ducasse que es el único hombre que quizá merezca ser objeto de culto por parte de los surrealistas, pues no ha dejado “rastro equívoco” alguno en “su paso por el mundo”. Posteriormente, el Papa del surrealismo llegaría a decir que era imposible atacarle a él sin atacar primero a estos Cantos, siendo estos, al menos a su juicio, “inatacables”. Por todo ello, se llegó a decir que Ducasse, muerto mucho antes de que los surrealistas aparecieran en la faz de la tierra, fue su Mesías particular.

-El segundo manifiesto surrealista.

En esta obra, como ya hemos comentado, Breton lleva a cabo dos cuestiones fundamentalmente: el aunar el movimiento que lidera con la causa marxista y el expulsar del grupo, exponiendo sus motivos, a antiguos miembros que han defraudado su confianza. Asimismo, continúa aquí su método de la escritura automática, al que se suman ahora otros métodos puramente surrealistas como los relatos de sueños, los cadáveres exquisitos o el propio escándalo, que era la actividad política por excelencia del surrealismo. A estos instrumentos creativos faltaría sumarle el ideado por Salvador Dalí para la pintura: el método paranoico-crítico.

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Señora con el bigote y rostro de Salvador Dalí

En lo que respecta al escándalo, cabe destacar que los surrealistas entendieron que este era su deber para con la sociedad. “La aprobación del público debe rehuírse por encima de todo. Hay que impedir la entrada del público si se quiere evitar la confusión. Agrego que es necesario mantenerlo enfurecido a la puerta mediante un sistema de desafíos y provocaciones”. Y es que, para sacar a los individuos de su letargo, el escándalo se les antojaba a los surrealistas como una herramienta fundamental que, como es sabido, no dudaron en usar a la más mínima ocasión. Como dijo Breton, “el acto surrealista más simple consiste en salir a la calle empuñando revólveres y tirar sobre la multitud al azar cuantas veces sea posible. Quien no ha tenido, siquiera una vez, deseos de acabar de ese modo con el pequeño sistema de envilecimiento y cretinización en vigor tiene su lugar señalado en esa multitud, con su vientre a la altura del tiro”.

Veamos ahora como Breton empieza su purga. Entre todos los expulsados, quizá el caso que más llame la atención sea el de Robert Desnos. En el primer manifiesto, Desnoes es quién, según el Papa, está “más próximo a la verdad surrealista” de todo el grupo. En el segundo, Breton lo ataca y lo expulsa. Algo similar ocurre con Artaud o su amigo Soupault, entre otros. Dalí (quién hubiera hecho, junto a Buñuel, la primera película surrealista de la historia) sufrirá el mismo destino.

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Película de Luis Buñuel y Salvador Dalí considerada como la primera película surrealista de la historia.

Breton, que luego se arrepintió tanto de haber expulsado a algunos como de no haber hecho lo propio con otros, dijo que “todos nuestros antiguos colaboradores que se proclaman desengañados del surrealismo fueron excluidos por nosotros sin una sola excepción”. Sea como sea, como advertirá en el tercer manifiesto, “las medidas tomadas para preservar la integridad dentro de este movimiento —consideradas por lo general como excesivamente severas— no tornaron, sin embargo, imposible el testimonio falso y rencoroso de un Aragon, ni la impostura de género picaresco del neo-falangista-mesa de noche Avida Dollars”.

En el segundo manifiesto, la crítica a la sociedad de consumo que ya aparecía en el primero se transforma en una radical “adhesión al principio del materialismo histórico”. Y es que “el surrealismo se considera indisolublemente ligado […] a la marcha del pensamiento marxista”, pues Breton considera que para la liberación del hombre y de su espíritu es necesario primero que se lleve a cabo una revolución proletaria. Su postura a este respecto se iría atenuando con el paso del tiempo.

-Prolegómenos a un tercer manifiesto del surrealismo o no.

Breton, en este el último manifiesto del surrealismo oficial, recorre su paso por el movimiento. Según él, “el surrealismo está muy lejos, hoy, de poder justificar todo lo que se emprende en su nombre”. Y es que “al cabo de veinte años me veo en la obligación, como en la hora de mi juventud, de pronunciarme en contra de todo conformismo, y de aludir especialmente, al decir esto, a determinado conformismo surrealista”. Con esta idea Breton alude al poco esfuerzo que les cuesta crear, independientemente de la calidad del resultado final, a los imitadores de los surrealistas.

Por último, el futuro también tiene un hueco en estas páginas. Entre otras cuestiones, Breton consideraba absolutamente necesario acabar con cuestiones como “la explotación del hombre por el hombre” y “la explotación del hombre por el pretendido Dios, de absurdo e irritante recuerdo”, así como también ve urgencia en revisar las relaciones entre el hombre y la mujer. Y es que para Breton “nada de lo establecido y decretado por el hombre puede considerarse definitivo e intangible, y menos aún llegar a convertirse en objeto de un culto si éste impone el renunciamiento en favor de una preexistente voluntad divinizada. Estas reservas no deben, por supuesto, causar perjuicios a las formas lúcidas de dependencia y de estima voluntarias”, como pueden ser las propias reglas que Breton elaboró para el surrealismo.

Para concluir, vista la figura del Pontífice, es conveniente rescatar algunos de los nombres más importantes de este clero surrealista, sectarios incluidos. Y es que, mientras que el primer manifiesto lo firman lo que serían los fundadores de la Santa Iglesia Surrealista, apenas un par de años más tarde muchos de estos nombres ya no pertenecían al movimiento, mientras que nuevos curas se irían sumando a sus filas. Por ello, destacaré aquí, fueran expulsados posteriormente o no, pertenecieran a sus filas desde el principio o desde nunca, a sus integrantes más famosos, como pueden ser Louis Aragon, René Crevel, Robert Desnos, René Magritte, Max Ernst, Tristan Tzara, Paul Éluard, Benjamín Péret, Roger Vitrac, Antonin Artaud o los españoles Pablo Picasso,Luis Buñuel y Salvador Dalí.

 

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André Breton
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