Historia de una escalera (1949), por Antonio Buero Vallejo

Cuando Historia de una escalera se estrenó en Madrid allá por 1949, el teatro español volvió a asomarse a la realidad tras un lapso relativamente largo de silencio. El autor de esta hazaña, Antonio Buero Vallejo, retrató en este su segundo libreto (el primero fue En la ardiente oscuridad) las míseras condiciones vitales de la posguerra. El escenario usado, un cuarto piso de una “modesta casa de vecindad” donde conviven, no sin roces y rencores sempiternos, varias familias de poco nivel adquisitivo que se sienten constreñidas, socioeconómicamente hablando, a estar “subiendo y bajando la escalera, una escalera que no conduce a ningún sitio”.

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En una entrevista realizada por Joaquín Soler, presentador del mítico A fondo, Buero Vallejo reconoció ser un escritor al que no le gusta escribir. Nacido en Guadalajara en 1916, su madre era una “madre en el anticuado pero muy verdadero significado de la palabra”, es decir, una mujer dedicada en exclusiva a sus hijos; mientras que su padre era un militar interesado tanto por la pintura como por la literatura. Así, Buero conoció en la infancia el placer tanto de pintar como de crear historias (su padre, que también le llevaba al teatro, le había comprado un teatrillo de juguete). Como un niño cualquiera, el futuro dramaturgo también recordaba con buenos ojos otras vicisitudes de su infancia, como pueden ser el enamorarse por primera vez o el jugar con los amigos a policías y ladrones por la capital alcarreña, un juego que el escritor calificaba de “infinito, casi borgiano”.

Al estallar la Guerra Civil, Buero quiso alistarse como voluntario en el bando republicano, y si bien no pudo en este primer momento por no tener la edad suficiente, posteriormente sí que participó en el conflicto, incluso en combate, pues el futuro dramaturgo entendió que “era mi deber”. Su padre, leal al otro bando, murió fusilado durante la guerra. Por su parte, el hijo dio a parar a un campo de prisioneros, donde un “santo” le salvó la vida al compartir su manta con él las noches de frío.

Al acabar la guerra, Buero pasaría seis años y medio en prisión. Primero condenado a muerte, luego a perpetua, durante los primeros meses su estancia en la cárcel fue un verdadero infierno, atormentado constantemente por la duda de si él sería el siguiente al que se llevarían los guardias. Sin embargo, el futuro dramaturgo recordaba esta experiencia como algo extremadamente duro, sí, pero también como algo sumamente trascendental y aleccionador. Asimismo, durante esta época reprodujo en un retrato al poeta Miguel Hernández, siendo esta su obra pictórica más conocida.

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Tras conmutarse su condena, Buero comenzó a escribir teatro. Aparece así en 1946 En la ardiente oscuridad, una obra de carácter simbolista que traslada la tara de los ciegos a toda la humanidad. Tres años después, publicará la que es su obra más conocida: Historia de una escalera, por la que gana el Premio Lope de Vega (ya anciano, Buero también recibiría el Premio Cervantes). Otras de sus obras más importantes son Hoy es fiesta y El Tragaluz. Asimismo, el dramaturgo se casó con Victoria Rodríguez, actriz que interpretaría muchas de sus obras.

Entre sus autores favoritos, Buero citaba a dos compatriotas: Valle-Inclán y Cervantes. Su obra teatral va desde el ya citado simbolismo a la representación histórica pasando por una dramatización de lo cotidiano que no evita la crítica social y política. En estas últimas obras, algunos críticos han querido ver, no con poca razón, referencias al neorrealismo italiano, ya que presenta temas similares de forma similar. Otros, por el contrario, han tachado su vida y obra de posibilista. El propio autor, por su parte, se consideraba a sí mismo reformador, si bien no rupturista, y de su ideología política cabe decir que opinaba que el mejor modelo posible sería una federación socialista de carácter global. En el año 2000, a los 81 años, el alcarreño moría de un paro cardiaco en Madrid.

Historia de una Escalera, la obra que hoy analizamos, arranca con una cita del bíblico Miqueas: “Porque el hijo deshonra al padre, la hija se levanta contra la madre, la nuera contra la suegra; y los enemigos del hombre son los de su casa”. De la última parte de esta frase, cabe decir que los pisos son casas donde la verdadera familia es un conjunto de familias, a las cual vemos mutar en esta obra a lo largo del tiempo. El resto de la componente se mantiene en su sentido clásico: los hijos sufren los actos de sus padres, y estos sobrellevan los errores de sus hijos.

Del primer al segundo acto Buero, coloca una elipsis de diez años. Al tercero le separan del segundo otros veinte. Por lo tanto, algunos personajes mueren, mientras que otros nacen; unos se enamoran, mientras que otros se ven atrapados en un matrimonio sin pasión, siquiera cariño; unos ven pasar los años sin posibilidad de cambiar de vida, mientras que otros imaginan futuros felices mientras fuman sus primeros pitillos a escondidas en el rellano de la escalera, al igual que hicieron sus padres…

Quizá los principales protagonistas del relato, si bien Historia de una escalera es una obra eminentemente coral, sean Fernando y Urbano, que funcionan durante el relato como una especie de antítesis (de ahí que algunos críticos, sin mucho fundamento en mi opinión, hayan querido ver una alusión a la reciente Guerra Civil). El primero de ellos, Fernando, es un apuesto intelectual que cree en la meritocracia (“yo sé que puedo subir, y subiré sólo”), mientras que Urbano es un proletario en toda regla que cree que “los pobres diablos como nosotros nunca lograremos mejorar de vida sin la ayuda mutua. Y eso es el sindicato. ¡Solidaridad!”. Al final de la obra, ninguna de las dos opciones ha conseguido alzar a una posición mejor a estos dos amigos, que al final acabarán enfrentados.

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A la hora de casarse, ambos no pueden ser tampoco más diferentes. Fernando, que estaba enamorado de Carmina, se casa finalmente con Elvira por dinero, la cual, por contrapartida, acaba odiando a su marido, pues sabe por qué se casó con ella, así como se siente estafada por Fernando, ya que esté la prometió mejorar de vida. Por su parte, Urbano se casa con Carmina, a la cual amaba, prometiéndola amor y sustento, así como, al igual que Fernando, una mejora de las condiciones de vida (“ya sé que no soy más que un obrero, pero subiré por ti”) que no llega a cumplirse. Al final, Urbano le pregunta a Carmina “¿Por qué te casaste conmigo si no me querías?”, respondiéndole ella que “no te engañé; tú te empeñaste”. Son, en su resultado final, dos matrimonios sin amor.

Sin embargo, ambas parejas tienen hijos. Y el destino ha querido que Fernandito y Carmina junior se enamoren, un amor que no gusta, ni mucho menos, a ninguno de los cuatro progenitores. Y es que “entre esa familia y la nuestra no puede haber noviazgos”, le dice Fernando a su hijo, quien no quiere saber nada de “vuestros rencores y vuestros viejos prejuicios”.

En el final de la obra vemos como la historia de los padres se repite en sus hijos. Fernando padre y Carmina, la esposa de Urbano, antiguos enamorados, ven como sus respectivos hijos hablan cogidos de la mano en el rellano de la escalera, planeando un futuro común. Ellos, pese a que finalmente no llegaron a emparejarse, habían protagonizado en su momento una escena idéntica. Y es que el monólogo que Fernandito le suelta a Carmena hija es prácticamente idéntico al que hizo en su día su padre, quien también prometió empezar siendo delineante, para acabar siendo arquitecto y así poder abandonar el bloque. El final abierto de la obra hace que el espectador (o lector) se quede con una pregunta rondando la mente: ¿acabará este amor, como el de los padres, frustrado por el entorno hostil y las decisiones matrimoniales utilitaristas?

Antes de acabar esta entrada, quisiera destacar de entre el resto de personajes a Paca, madre de Urbano. Es esta una mujer de lo más extrovertido, cuyo principal atributo es el desparpajo, lo que la convierte en un ser entrañable y eminentemente cómico. Al principio, la vemos quejarse de la subida de la luz, pedir sal a la vecina, hablar de sexo sin pudor… (y, consecuentemente, escandalizar al resto de vecinas). En el tercer acto es ya una pobre anciana que siente que “soy un estorbo, pues no quiero serlo, demontres”.  Y pese a que llega a decir que “no me muero ni con polvorones”, también deja ver su temor a la muerte.

En definitiva, Historia de una escalera, una de las representaciones más repetidas de los últimos tiempos, mezcla brillantemente la penuria económica con el deseo de ascensión; el sentimiento del amor con el desgaste que produce en él el paso de los años; el idealismo con el muro de la realidad… todo ello enmarcado en una escalera que actúa las veces de cárcel y de laberinto borgiano, pues, como ya hemos dicho, “no conduce a ningún sitio”.

 

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