Crítica de madre!, de Darren Aronofsky (2017)

madre! es una de esas películas que provoca que la sala de cine se trufe de innumerables resoplidos, recolocaciones de nalgas constantes en las butacas y salida taciturna de la proyección. Para enfrentarse a la última película de Darren Aronofsky hay que ser consciente de que no es un producto comercial al uso, a pesar de que el reparto insinúe lo contrario.

La narración gira sobre un matrimonio, sin nombre conocido, que vive en una casa en medio del campo. Ella (Jennifer Lawrence) se esfuerza en restaurar la vivienda, mientras que él (Javier Bardem) es un escritor que intenta volver a crear. La rutina se quiebra a los pocos minutos de comenzar la obra, cuando él permite que unos completos desconocidos (Ed Harris, Michelle Pfeiffer) se queden a vivir en la casa.

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Este pretexto parece el de un thriller psicológico o el de una cinta de terror, pero la evolución demuestra que madre! es un proyecto bastante diferente a lo usual en el mercado actual, más en el norteamericano, ya que se puede entender como una analogía de corte experimental sobre la creación artística.

Buscar el significado de madre! me parece ridículo, pretencioso y no más que mera elucubración, pero qué demonios. Para entender la cinta creo que hay que conocer la obra del director, ya que sus trabajos pretéritos (La fuente de la vida, Pi, fe en el caos) han sido, en ocasiones, vilipendiados. Un riesgo al que se expone cualquier artista.

Porque madre! va sobre la creación, de vida, de arte, del dolor que supone, de las frustraciones, del miedo a exponer los sentimientos a los desconocidos, que entran en tu casa, te juzgan, te destrozan y se van al acabar la fiesta. Y cuando se acaba de crear, cuando el fuego destruye todo, el artista debe rebuscar entre sus tripas para volver a crear vida, arte.

Aunque esto no sean, como ya he dicho, más que cavilaciones, la pareja protagonista (bastante solvente, al igual que Harris y Pfeiffer) se entiende como una dicotomía del artista en una casa que puede ser entendida como su obra. Ella sería la necesidad de crear vida, inherente al artista o a la madre según los preceptos clásicos, él la necesidad de exhibición, de recibir la palmada en la espalda. Atributo que no se puede desligar de los creadores.

Si bien soportar la película para espectadores acostumbrados a otras narrativas puede ser costoso, la plasmación de la historia también se sale de los cauces tradicionales y juega con tres planos gran parte del metraje: un primer (o primerísimo) plano de Jennifer Lawrence, un plano de su nuca -digno de Jean-Luc Godardy otro subjetivo, menos utilizado que los dos anteriores. Genera Aronofsky tal desasosiego gracias a la escasa visión de lo que ocurre en torno a la protagonista, que el espectador medio sentirá un temor grotesco, cual perro pavloviano, al escuchar su nombre desde ahora.

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