El cine negro y su arquetipo: El halcón maltés

El halcón maltés de John Huston, estrenada allá por 1941, se ha erigido por méritos propios en la ópera prima del llamado cine negro. Sus rápidos diálogos, tan caóticos como realistas; el uso magnifico que hace de la iluminación y del posicionamiento de la cámara; la perfecta comunión en pantalla del elenco -brillantemente elegido- de actores; la creación de unos personajes completamente alejados de modelos maniqueos y simplistas; el nacimiento de Humprey Bogart como estrella…Todo ello ha contribuido a forjar el mito que rodea esta película. Y es que, tres cuartos de siglo después de su estreno, su influencia sigue siendo palpable en las obras del género.

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La película está basada en la homónima novela de Dashiell Hammett (novela que, por su calidad, ya recomendamos por estos lares). A este respecto cabe destacar que, para escribir esta obra, Hammett se sirvió de sus propias experiencias como detective privado, trabajo que desempeñó, al menos hasta que la tuberculosis le obligó a abandonar las calles por el mundo de las letras, en la ciudad de Baltimore. Hammett es autor a su vez, entre otras muchas novelas y relatos detectivescos, de La llave de cristal, obra que también ha sido llevado a la gran pantalla en múltiples ocasiones.

Cabe destacar, asimismo, que antes de que Huston se hiciera con el proyecto, la Warner Brothers ya había realizado dos adaptaciones de El halcón maltés. Sin embargo, por unas cosas o por otras, ambas fracasaron tanto en taquilla (pese a que una de ellas contaba con Bette Davis en el papel protagonista femenino) como a ojos de la crítica. Por ello, ahora parece extraño, por mucho que resultara finalmente ser un acierto, la decisión de la productora de volver a realizar el proyecto.

La dirección de la película recayó sobre un primerizo John Huston (La jungla de asfalto, La reina de África, El honor de los Prizzi), quien se había introducido en la industria cinematográfica escribiendo guiones. Su decisión de mantenerse, dentro de lo posible, fiel a lo retratado en la novela, dio como resultado una película clave en la historia del séptimo arte que, además, fue candidata a tres premios Óscar, incluyendo mejor película. Pronto dio paso a una nueva forma de contar historias con una cámara. Pero, ¿a qué nos referimos con cine negro?  Trataremos de explicarlo a través de su arquetipo.

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La trama de una novela policíaca o de una historieta de detectives; el tratamiento de la luz del expresionismo alemán; la amoralidad del gánster de la Ley Seca; el marco de la urbe industrial y despersonalizada; la decadencia de los valores en una sociedad corrupta y cobarde… a todo esto refiere y alude el cine negro, cuya esencia es amalgama de todo lo anterior, si bien el todo es aquí más (e, incluso, diferente) que la suma de sus partes.

En primer lugar, como ocurre en la novela policíaca, en el cine negro suele aparecer como columna vertebral del relato un crimen, normalmente un asesinato. Sin embargo, los delitos aquí no enfrentan a buenos y a malos, sino a distintos actores con determinados intereses o a personas que, pese a no desearlo, se han visto involucrados en el asunto. Comparando esto con la versión de Huston de la novela de Hammett, vemos como la trama se vertebra aquí en torno a la búsqueda avariciosa de una estatuilla de un halcón de incalculable valor por la que no pocos de sus protagonistas están dispuestos a matar. Al final de la película, Bogart, parafraseando a Shakespeare, dice que la estatuilla está hecha “del material del que están hechos los sueños”.

Específicamente, las obras del cine negro suelen recurrir a la figura del detective para su papel protagonista. Como no podría ser de otro modo, este es el caso de El halcón maltes. Interpretado por Humprey Bogart (cuya carrera relanzó esta película, ya que hasta entonces sólo había conseguido papeles secundarios, normalmente como “el malo” de la película), el detective Sam Spade, de dudosa moral, se enfrenta contra todos, incluido él mismo, en esta obra. Asimismo, que el papel recayera en Bogart también se debe a una bendita casualidad, ya que lo consiguió debido a que la estrella del momento, George Raft (Con faldas y a lo loco, Scarface), rechazó participar en el proyecto. Por otra parte, cabe destacar que Bogart no se parece nada al Space que retrata Hammett en su novela, pues este se nos presenta como alto y rubio.

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En la interpretación de Bogart destaca su voz natural, rápida, eminentemente nasal, su cara chupada de tipo duro… Su personaje, Sam Spade, es un detective que, si bien se rige por un código de conducta eminentemente personal, no puede definirse como el “bueno” del relato. Y es que esta cualidad no la poseen ninguno de sus personajes. Como prueba de esta falta de personajes intachables, cabe destacar que Spade se involucra inicialmente en el caso del halcón por dos motivos: por dinero y por la belleza de su cliente, la joven Brigid O’Shaugnessy (interpretada brillantemente por la oscarizada Mary Astor, de la que se recuerda más su convulsa vida emocional que su profesionalidad), que, a su vez, encarna en esta obra a la femme fatale que miente constantemente a Spade, al cual intenta manipular con su innegable belleza física.

Asimismo, cabe destacar la interpretación de los actores Sydney Greenstreet (un sesentón actor de teatro que, por primera vez ante las cámaras, tenía miedo de hacer el ridículo) y el polifacético Peter Lorre (protagonista de la brillante M, el vampiro de Düsseldorf). Ambos sobresalen en esta película por su impecable actuación. Grenstreet, que interpreta al “mafioso” Gutman, por su portento físico y Lorre, que interpreta al polifacético Joel Cairo (en el libro, este personaje es homosexual, si bien la censura de la época impidió que esto apareciera en la película salvo de forma encubierta), por su aire afeminado . Ambos, junto a Bogart, volvieron a aparecer juntos en varias películas de la Warner.

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Volviendo a las principales características del cine negro, a todos los personajes de este relato les rodea el mismo mundo hostil, petrificado en forma de callejones siniestros a altas horas de la noche, de donde los humanos parecen emerger de su propia sombra. Asimismo, el “caso” que se narra en este estilo de obras no suele concluir satisfactoriamente con el ingreso en prisión del criminal pues, aunque esto último ocurra, sigue primando la visión pesimista que, al menos como norma, suele impregnar todas las obras de este género. Y es que en el cine negro los criminales no se enfrentan a una sociedad justa y bondadosa, sino a un mundo en decadencia donde la moral no es algo claramente delimitado, sino una línea porosa y relativa.

Las influencias del expresionismo alemán en el cine negro saltan a los ojos en cualquier buena película del género, especialmente si está está rodada en blanco y negro. Y es que no sólo algunos expresionistas (como pueden ser Erich von Stroheim o Fritz Lang) hicieron posteriormente películas que suelen calificarse como cine negro , sino que sus técnicas y recursos a la hora de grabar la escena son prácticamente las mismos (iluminar interiores y exteriores sin artificiosos focos, buscar el predominio de las sombras en pantalla, la idea de colocar la cámara por debajo del pecho de los actores, no iluminar los rostros de los mismos “a lo estrella”…), obviando, por la sujeción del cine negro al “realismo”, el uso de las sombras de geometría imposible del que sirven las películas expresionistas con marcado afán estético, como puede ser El gabinete del doctor Caligari. Sea como sea, en ocasiones, como ocurre en la formidable película de Fritz Lang M, el vampiro de Düsseldorf, es prácticamente imposible clasificar una obra en tan sólo uno de estos dos géneros. 

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Así, en El halcón maltés es tan apreciable como elogiable la iluminación realista, sombría, tanto de la ciudad de San Francisco como de sus interiores, siempre cargados de humo. Asimismo, se recurre constantemente a los contrastes de luz para hacer emerger de las sombras a los personajes, que se enmarcan en composiciones eminentemente asimétricas y vistas desde ángulos inusuales en la industria hollywoodense de la época, como pueden ser los ya citados planos bajos.

Por último (si no has visto la película es el momento de dejar de leer), destaca por su calidad la secuencia final, que ocupa aproximadamente un tercio del metraje. Y es que, tras todos los vaivenes de la trama, Spade decide enviar a la cárcel a la femme fatale por haber matado a su compañero, con cuya mujer Spade mantenía una aventura amorosa. Antes de que la policía se lleve a la mujer, Spade, impasible, le dice: “si eres buena chica, saldrás dentro de veinte años. Te estaré esperando. Si te ahorcan, siempre te recordaré”. Como resumen de toda la obra baste esta frase. Y es que en ella se ve que su protagonista, pese a poseer un código de conducta (el vengar a su compañero), no es alguien eminentemente moral (si no no se habría acostado con la mujer del mismo) y, ni mucho menos, un héroe romántico al uso.

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