Crítica de Silencio (2016), de Martin Scorsese

La relación del cine de Martin Scorsese con la religión católica nace en Malas calles (1973), cinta con marcado carácter autobiográfico. Harvey Keitel asevera que Los pecados no se redimen en la Iglesia. Se redimen en las calles, se redimen en casa. Lo demás son chorradas y tú lo sabes”, siendo esta la primera muestra de las dudas teológicas que asaltan al director italoamericano.

La infancia de Scorsese se desarrolló en las calles de Nueva York, lo que le mostró la dicotomía entre lo correcto -lo que dicta la fe- y lo incorrecto. Su filmografía muestra cómo los sujetos que desafían la moral imperante, los grandes antihéroes de sus películas -también conocidos como mafiosos-, son los que poseen un estatus económico y social más elevado. Y renunciar a esa elevada posición social, de fácil acceso para los carentes de escrúpulos, es casi imposible.

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Las incógnitas que asaltan a Scorsese se materializan en Silencio (2016) de una manera más directa. La última película del director neoyorquino es la plasmación de la duda que nace ante la incomparecencia de Dios. Pero no es la primera vez que Scorsese narra un episodio que tenga relación directa con la Iglesia.

La necesidad de expresar su visión del catolicismo en la gran pantalla supuso la realización de La última tentación de Cristo (1988), obra duramente criticada en su estreno. Así, descubrimos que el cine de Martin Scorsese no trata en exclusiva de carismáticos gángsters, sino que el espacio para la cuestión teológica es otro de los temas sobre los que gira su obra.

Acostumbrados al ritmo metanfetamínico de las cintas más conocidas de Scorsese, los espectadores que quieran encontrar algo parecido en Silencio se irán escaldados. Esta es una película más pausada e intimista en la que se encadenan los monólogos interiores utilizando para ello la voz en off, con la intención de que los protagonistas confiesen sus inquietudes.

El guión está construido partiendo de la novela homónima de Shusaku Endo, adaptación que Martin Scorsese ha estado intentando filmar durante décadas. La premisa de la obra es la incursión en el Japón del siglo XVII de dos jóvenes jesuitas japoneses (Andrew Garfield y Adam Driver) para descubrir si su maestro, el padre Ferreira (Liam Neeson), ha apostatado, como aseguran los últimos testimonios.

El escenario que presenta ese Japón es desolador para los cristianos, que no solo son perseguidos y obligados a renunciar a su fe, sino también torturados de manera cruel e inhumana por las autoridades niponas. El motivo de esa actitud hacia el cristianismo es que el Japón de esa época decidió cerrar filas ante la llegada de las potencias occidentales, tanto de manera comercial como culturalmente. Se veía en la llegada de los extranjeros la pérdida de la autonomía nacional.

La persecución que viven los pocos cristianos que todavía resisten en el país es simbolizada por la niebla perenne, que inunda la pantalla. Una niebla que cubre el paisaje, evitando que la luz alumbre sus vidas. La primera parte de la cinta, en la que se muestran los impresionantes exteriores y cómo los sacerdotes conocen la situación de los cristianos japoneses, es la más interesante a nivel estético y narrativo.

El discurrir de la cinta sirve para hacer florecer las dudas de los dos jesuitas, que no comprenden el porqué del silencio de Dios ante el dolor al que son sometidos los humildes campesinos que han acogido el catolicismo como religión. Los rezos y las súplicas solo son ratificados por más sufrimiento. Esta duda lleva hasta el extremo su fe, provocando el derrumbe de los preceptos a los que han consagrado su vida.

El final es resuelto de manera pacata, siendo el silencio utilizado para ratificar las creencias de los protagonistas. Un giro que solo sirve para refrendarse a sí mismo y que perpetúa la constante necesidad cristiana de vivir por y para el dolor. Aun así, el valor histórico y artístico -este es inherente a una película de Scorsese- es innegable.

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