La sonrisa al pie de la escala (1948), por Henry Miller.

La sonrisa al pie de la escala huye de lo que un lector esperaría de una obra de Henry Miller. Se trata de un cuento hecho por encargo para ser el acompañante de una serie de ilustraciones sobre el mundo circense del pintor Fernand Léger, pero los sentimientos del autor se introducen en la obra y deja de ser un complemento para pasar a ser el auténtico protagonista.

Más que un cuento como tal, hay quien considera esta obra a medio camino entre un poema en prosa y una novela corta. En ella, Miller afirma que la escribió de forma cercana a la escritura automática surrealista, si bien es cierto que a su vez comenta: “¡Que nadie piense que se trata de una historia elaborada! Lo he contado simplemente como lo sentí, como se me reveló punto por punto. Es mía y no lo es. No cabe duda de que es la historia más extraña que he escrito hasta ahora. No es un documento surrealista, en modo alguno”. En esta se nos plasman muchos de los miedos y preocupaciones que lo asolaban, así como preguntas metafísicas y existenciales sobre su faceta de escritor mundialmente conocido y controvertido y así como sobre su faceta de hombre.

perro ladrandoa la luna
Perro ladrando a la Luna

La obra no nos dice mucho estilísticamente. Es de una escritura y una estructura más bien simplonas, pero recuerda al Fausto de Goethe, en el sentido de que el valor de la obra no radica en lo que está escrito, sino en el mensaje que el autor trata de transmitir. Si bien el Fausto es mucho más enigmático, en la obra que nos atañe, Miller se declara como “buscador de la verdad”, lo que vemos plasmado en Augusto, un payaso circense que es una estrella gracias a su larga trayectoria y a su famoso número de la escala y la luna.

Augusto no es un payaso normal. Es un hombre que siente gozo al causar en su público risas y llantos, y sueña con provocar las máximas sensaciones en los asistentes a sus funciones, los cuales le adoran. Es un hombre convertido en payaso realizando una continua e inefable búsqueda de la verdad.

El cuento está narrado en tercera persona y, a pesar de la controversia que suscitan las obras de Miller, aparentemente autobiográficas y siendo esto rechazado por muchos de sus amigos y conocidos que aparecen en sus obras, La Sonrisa al pie de la escala es una obra simbólica en la que realmente vemos plasmados pensamientos, sentimientos y preocupaciones del autor.

Augusto, el payaso sobre el que gira toda la obra, muestra la preocupación de Miller por el ser y el hombre: “después de una actuación la foca sigue siendo foca y el caballo sigue siendo caballo” por lo que él sentía que para llegar a la perfección en sus actuaciones se había de convertir en algo más que un hombre que hace de payaso, dado que quería dar a sus espectadores “un júbilo imperecedero”. Esta búsqueda se convirtió en una obsesión para Augusto, y llegó al punto de acabar con el payaso despedido y vagabundeando en búsqueda de lo único que le quedaba: él mismo, su propio yo.

Tras unos sueños reveladores y pensamientos angustiosos, el payaso topó con un circo que resultó ser su antigua compañía. En esta le acogieron y le recibieron, conscientes de los éxitos que había cosechado y la mala situación que atravesaba, pero Augusto se negaba a volver a su puesto de trabajo anterior. Quería ser uno más. Y se puso al servicio del Circo. Limpiaba caballos y elefantes, montaba escenarios y carpas… hacía lo que le fuere encomendado. Y se sentía completo.  Hasta que el payaso Antoine cayó enfermo y nuestro protagonista se vio obligado a reemplazarle. Un Augusto feliz se convirtió en lo que era realmente: un Augusto payaso. Un Augusto hecho un ser con la cara pintada al cual “ni sus amigos conocían, pues la fama había hecho de él un ser solitario”.

Entonces es cuando Augusto elaboró un plan: ocuparía la vacante del payaso Antoine y haría la mejor representación de su vida para dar a este un hueco en el estrellato y hacerle mundialmente famoso. La función fue un éxito. Ovaciones cerradas, aplausos ensordecedores, portadas en los diarios, fama para Antoine… Pero este era desconocedor de la idea de augusto y murió de pena sabedor de su fracaso.

Esto le valió a Augusto para dar un paso más en su autoconocimiento. No quería dar a Antoine un futuro mejor, sino ser él mismo: un payaso. “Su felicidad era infundada”, anhelaba ser sí  mismo. Y se decidió a recomenzar, ya no como un payaso cualquiera, sino como Augusto. “Un payaso solo es feliz cuando es alguien más y no quiero ser nadie más que yo mismo”.

De esta forma Augusto “partió una vez más hacia el mundo, pero esta vez hacia sus mismas entrañas”. Pero una vez más se dio cuenta de que esto no es lo que quería. Vio que partiendo no iba a ser feliz, pues necesitaba unas comodidades de las que había tenido siempre, las cuales no estaba dispuesto a rechazar, además de advertir que ser un payaso no le excluía de ser él mismo dado que él era eso: un payaso. “Lo que diferencia a los hombres de todo lo demás eran la risa y las lágrimas”. Y pocas personas podían saber más que él de estas dos cosas.

El final del cuento está escrito con una clara intención de hacer que Augusto pase a una vida mejor, pero casualmente Miller decide que alcance esto mediante la muerte. Esto nos es explicado en el epílogo. Lo que no nos explica el autor es lo incisivo que se muestra ante las dificultades de Augusto con el autoconocimiento, esa mezcla de la persona con el personaje, esa cuesta arriba que puede llegar a suponer la fama. Y es ahí donde entrevemos las dificultades de Henry Miller para lidiar con su fama y su controversia.

En el epílogo, Miller confiesa que escribió el libro sin darse cuenta y que a posteriori supo por qué lo había hecho. Por ejemplo, la escala es influencia de una obra de Miró, Perro ladrando a la Luna, la cual, recuerda el autor, es la primera obra del artista que vio en su vida. Más allá de las influencias, en el epílogo se nos abre un abanico de conocimiento ante el pensamiento de Henry Miller. El autor nos abre su corazón y deja a las claras las intenciones que ha tenido al hacer esta obra y los resultados. Nos confiesa sus intenciones y las razones que le han llevado a elegir un payaso y a que la historia se desarrolle de la forma que lo hace.

Nos deja interesantes reflexiones que se asemejan al “yo soy yo y mi circunstancia” de Ortega y Gasset: “Todo nos ha sido dado (…) solo se trata de abrir nuestros ojos, nuestros corazones, para hacernos uno con lo que es”. Las reflexiones que hace Miller sobre los estados de ánimo como la tristeza y la alegría junto con la excepcionalidad del hombre en el reino animal.

Este cuento le valió a Henry Miller para conocerse un poco más. Tal y como afirma en el epílogo, escribiendo esta novelita recordó que de pequeño quería ser un payaso, que siempre le habían atraído y que sus amigos de la juventud le “consideraban como una especie de payaso”. Y es que para Miller “un payaso es un poeta en acción. Es la historia que representa”.

La profundidad de la obra se nos explica en el epílogo, y parece que Henry Miller nos pusiera a prueba a la hora de leer el libro: primero has de leer la alegoría de sus pensamientos para luego leerlos directamente y evaluarte en función de lo que hayas sacado en claro.

“La alegría es como un río: fluye sin cesar (…) éste es el mensaje que el payaso trata de transmitirnos, que debemos participar a través del incesante flujo y el incesante movimiento, que no debemos pararnos a reflexionar ni a comparar ni a analizar ni a poseer, sino fluir, fluir siempre, interminablemente, como la música”

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