Toallitas húmedas, frescor democrático

Germán Ruiz de Urbina, sociólogo y autor de Defecar en la Francia revolucionaria

La Historia está plagada de actos de barbarie que se perpetúan por el simple hecho de ser tradiciones. Atavismos defendidos -pero indefendibles- que la perspectiva del tiempo aclara, definiendo sus contornos, dejándolos prístinos. Ningún campo ni materia está libre de la mancha del pecado. Y la higiene, la más escatológica en concreto, es clara muestra del cerrazón que oscurece la capacidad cognitiva, dejándonos indefensos ante los actos colectivos más deshonrosos y arcaicos.

No hablo de restregar hojas caducifolias -castaño de indias, roble o estoico chopo- por nuestras nalgas. Ni siquiera de dañar la apertura rectal con una piedra, supongamos que roma y carente de aristas, como las personalidades más simplonas. Hablo de subsanar la parda mancha que se extiende con áspero papel, en ocasiones de doble capa –tercera, cuarta, quinta, hasta donde la tecnología pueda- existiendo alternativas como son las toallitas húmedas, epítome del avance científico y de las bondades que alberga el corazón humano.

Existen todavía ciertas reticencias en el campo político para impulsar la llegada de las toallitas democráticas a todos los hogares. Conocidos grupos de influencia que pretenden conservar su estatus a costa de lijar el ano del ciudadano, ya no solo su bolsillo. La pedagogía es un factor determinante para que se produzca el avance saludable de la sociedad. Los medios de comunicación, voceros de las élites, son conscientes de la amenaza de las nuevas ideas, pero la verdad nunca ha tenido miedo a derribar los cimientos carcomidos si eso supone la mejora del sistema fitosanitario.

Uno de los argumentos esgrimidos por los toalliters, o, como también nos denominamos, Defensores de la Equidad en el Wc (DEW), se entronca dentro de la tradición estructuralismo psicoanal del Birmingham College. Como Oswald Stinkison II afirma en su obra La doble imposición. Cómo las elites perpetúan su poder gracias a la limpieza de ano “La limpieza de nuestro orificio más íntimo es una imposición de individualidad. Si el hombre acostumbraba a pensar en sus defecaciones como un acto colectivo, e incluso de celebración, como ocurre todavía con algunas tribus nómadas del África septentrional, la construcción de la narrativa burguesa, originada en los últimos latidos del siglo XVIII, ha colocado un filtro de negatividad sobre el noble acto de cagar”. Pasamos por tanto de una sociedad colectivo-anal al homo detritus, lo que supone una pérdida de capacidad asociativa, además de la eliminación de la socialización por medio de comentarios jocosos sobre el olor o la textura de nuestras deposiciones.

¿Por qué nos recluimos en un pequeño cuarto, en ocasiones sin ventanas, para jiñar? ¿Por qué somos obligados a lacerar nuestro recto con ásperas lijas? Tal es la brutalidad a la que se ven sometidos los culos contemporáneos que se les engaña con anestesiastes anuncios en los que la población es feliz tras pasar un afiliado cacho de papel-cuchilla por su delicado ano. La cordura dice que no poder sentarse durante minutos tras restregar un grueso papel por una zona tan delicada es negativo. La ciencia también. Un reciente estudio del Departamento de Analogía de la Universidad de Cartagena de Indias confirma que el papel higiénico puede causar dolores de cabeza, malestar físico y aumenta el riesgo de herpes vaginal.

A pesar de que poco a poco, pasito a pasito, se abre la puerta a que las toallitas húmedas sean el método de limpieza anal más utilizado, todavía no se han aventado las pestilentes sábanas de la ignorancia. Una nueva corriente trata de imponer la solución no en la herramienta, sino en el medio. Como si se pudiese acabar con la pobreza con un sistema fiscal progresivo y no creando nuevos impuestos medioambientales. La corriente de la que hablo, como ya sabrán, son los defensores de retretes que disparan brutales chorros contra el ano, como si fuese posible limpiar la compuerta del alma por abrasión, géiseres que alimentan la inequidad y el buen gusto. Querido amigo nipón, usted se ha quedado en la fase anal.

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